18.9.12

La vida mental

La vida de un hombre (regular, aburrida sobre todo los días de lluvia) tiene una parte importantísima de ensueño; no sé qué sería de esa gente que no la tiene. Probablemente el hombre más rico del mundo sueñe, también, con vivir en una galaxia lejana... tan altas son las metas a las que llegó sin probablemente haber aspirado a ellas nunca. Mi ensueño es bien simple: es una serie de imágenes inconexas, sonidos y olores. Django Reinhardt, bombones de licor, y el sol pegando en una biblioteca. Por lo que leo a veces, mucha gente tuvo el mismo sueño que yo, y no me molesta, porque es mío también como el de toda esa gente (porque dicen que todos somos uno) y es sabido que cuando mucha gente desea lo mismo el universo, que no es hostil, se lo hace mucho más fácil.
Está lloviendo y mi vida es aburrida y regular especialmente hoy. Me debato si ir o no a la clase de gramática, o si salir de casa o no, o si agarrar los libros siquiera o seguir durmiendo hecho un capullo violeta en la cama del living, la única que subsiste. Pero no, me parece haber llegado a la determinación de que voy a ir a la universidad pero no voy a ir a clases. Está tan lindo para quedarse dentro y el olor a tierra mojada como que me llama, constantemente, por mi nombre, y a los gritos (cosa que suena inverosímil pero es, y alguno de ustedes que esté leyendo este blog, probablemente con lluvia, tendría que salir a buscar la tierra que habla; no es difícil encontrarla y basta sólo verla para probar que el enunciado es cierto en alguno de los niveles sobre los que la verdad opera).
Escribo esta entrada porque estoy escuchando Django Reinhardt aunque no tenga bombones de licor y el sol no pegue en mi biblioteca. Una sola siesta en un piso casi vacío de un edificio céntrico que da a una calle cuestarriba (donde yo, ni mi gato, contamos en realidad como personas o entes) es suficiente excusa para escuchar también a Django Reinhardt. Mucha gente tiene el delirio de vivir en otra época; creo que esto es perfectamente posible, porque en realidad dicen que no hay épocas. Lo que hay que aguantarse, eso sí, es la cara que ponen los empleados de la municipalidad cuando uno va a pagar los impuestos, o la cajera del supermercado cuando ve que uno no compra más que velas o verduras. Esas son las anécdotas propias de un esquizofrénico, que les contará a sus hijos cuando las bombas alumbren Londres en la Segunda Guerra Mundial. Por otra parte, qué hay para perder: los viejos también leyeron a Cocteau y a Mallarmé y pueden considerarse igualmente locos que nosotros. La cosa no pasa por ahí. Django Reinhardt y volver a las épocas donde existió, tan milagrosamente para Oscar y la Tierra, es encontrar la paz interior fuera de las épocas donde el ruido y la limpieza devoradoramente obsesiva (que roza la impersonalidad) han hecho olvidar a los soñadores de que todavía puede poseerse un pedacito de Tierra, para el cual hay que luchar toda la vida, dicen, pero que al final de la vida será enteramente suyo: "llevar adelante un hogar", y sentarse en el porche del mismo (o en su sillón favorito, o probablemente en el piso, porque todo se ajustará a las preferencias que uno tenga a la hora de amoblarlo) y escuchar Django Reinhardt, the Cure, Ramón Ayala; y no hable probablemente de un piso cedido por alguna autoridad inmobiliaria que vende y compra pisos como si fueran panes calientes allende los cepos cambiarios y todas las limitaciones que el Gran Nosotros puedan imponerle. Cada uno tiene que encontrarse su pedazo de tierra, así sea en su mente, para vivir en paz con uno mismo. Mi pedazo de tierra está musicalizado por Django (pero depende del día) y es donde yo, permanentemente o cuando lo recuerdo, sueño conmigo mismo siendo libre y descansando de una lucha vital, encarnizada y cansadora por esa libertad que me miente con palabras dulces que me la merezco y siempre me la he merecido.

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