2.9.12

"La elección no es el conjunto de electores."

Algo de todo esto que dijo Julio (en una carta que transcribí en su cumpleaños, encontrada dando vueltas por la web y quizás cien por cien apócrifa -poco importa en cuanto es una verdadera obra de arte. Res ipsa loquitur) me hace inferir que se trataba de un hombre muy sabio. Pero quizás quiero decir un hombre de una profunda capacidad de autorreflexión. Sólo por esta carta podemos darnos cuenta que tenía gran conciencia de su realidad y de sus compatriotas, los conocía bien, conocía bien sus intenciones y acciones en cuanto a la cultura y conocía la manera de revertir este desdén general por lo que él llama las fuentes de la vida; desdén sujeto a debate, pero por esto mismo incapaz de ser negado.
París es la fuente de muchas cosas. A sus escasos 40 años (escasos para mucha gente, pero más que suficientes para Julio) él fue capaz de tomar la determinación final de dar un quiebre a su vida, extendiendo unas vacaciones de seis meses a lo largo de todo lo que quedó de su vida hasta 1984. Sabia (o profundamente autorreflexiva) decisión según se pudo ver después, con todo el rollo político que sus posturas acarrearon y que los que le sobrevivieron (salvo Borges, que por su disentimiento eligió no entrar en detalles) le elogiarían. Pero no sólo eso. Cortar con una vida de continuo conformismo dado, según sus palabras, en mensualidades; optar por vivir, más allá de intentar imaginarse, en la fuente misma del espíritu que él recibió a través del contacto parcial y manoseado de los textos traídos allende el Atlántico por manos de otros, es una decisión que rehuye a uno creer que fue efectivamente tomada a los cuarenta años, cuando los argentinos conocemos tantos viejos que se arrepienten, a los ochenta, de inacción juvenil, cuando los tiempos y la energía supieron estar tan a disposición de uno.
"La seriedad es el resultado de una hiperestimación del tiempo", recuerdo siempre. Y es cierto: en la inmortalidad puede no haber necesidad de seriedad; en tanto también se corresponde, según Cocteau (autor que caló profundo en Cortázar) a tomarse en serio también la tierra. Pero esta decisión tan radical no puede ser menos que un fruto de una gran estimación a la vida y al espacio, y a la oportunidad dorada (que acaso todos tengamos y muy pocos sepamos asir) de elegir el hogar espiritual de uno: ese estudio tenuemente iluminado donde somos felices estirándonos, como en una cama de dos plazas, los brazos larguísimos (en Julio lo eran) de los entusiasmos que más hondamente nos caracterizan como individuos.

(Ahora creo entender lo que es "una lectura",
y también por qué cambia cada vez.)

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