29.9.12

De motivaciones

Bueno, uno busca una excusa, en distintos lugares ("el estilo de un autor es su manifestación individual de su modo de ver la vida, en todas las partes intencionales de la obra"). Borges busca su motivación en una biblioteca oscura, Cortázar en ese imaginario París que los periodistas tildan de adolescente. Da gusto leer a Verne y a su tanteo decimonónico de lo imposible o a Twain y la simpleza de los niños de pueblo; y yendo un poco más a lo general, también podemos hablar de todas las personas en el mundo que en algún momento de su vida tuvieron algo para decir.
Yo quisiera tener algo para decir; no sé si lo tengo, pero lo vislumbro (borroso como se vislumbra al principio) cada vez que de la cabeza quiero extraer dos o tres cosas, amasarlas como se amasa una pizza y extenderlas a través de cinco o seis párrafos que ensayan guardar una coherencia que permita apreciar que fueron escritos de una sola vez.
Mi motivación está allá afuera, la mayoría de las veces. Un breve racconto por lo que acostumbraba escribir (el nuevo mundo de un advenedizo al llegar a una ciudad nueva, completamente solo, donde forzosamente puede uno descubrir sus múltiples caras), pondrá de manifiesto esto que Bajtin llamó estilo. La ciudad, sus cosas nuevas, sus cosas viejas, la sensación de absoluto. La sensación de "todos somos uno", esa apreciación sintácticamente armada pero que uno siente (vale decir, siente su sentido) en determinados momentos cortísimos como un orgasmo. Una lucecita que se prende, se apaga, se prende por unos segundos y queda apagada hasta otra esporádica Navidad, pero dejan ese recuerdo indeleble; todos, al final de cuentas, somos uno. La vida no es más corta o más larga que un chiste si uno olvida de repente sus recuerdos.

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