8.9.12

Carta neocordobesa a la madre

Mamá:

Antes que nada agradezco tu predisposición luchadora (tan importante para mí) de velar por mi autosuperación, que en mi vanidad infinita calculo mi cualidad más ostensible; los dos sabemos lo bien que me hizo venir acá pese a las condiciones confusas en las que se dio, tanto desde el punto de vista académico como laboral, espiritual, afectivo, y todos esos nombres que uno quiera poner a lo mismo.
Sin embargo no dejan de repetirse, inundadas por el piso, las dos problemáticas ridículas que no nos tomamos el tiempo de resolver debido al atropello de la rutina, el aburrimiento y la inercia:
1. lo ridículo que es todo este lujo para mí solo, que podría de hecho vivir cargando con muchísimo menos
2. lo ridículamente alto que es el precio en dinero por cargar con este excedente que es ridículamente innecesario.
Te digo inundadas por el piso porque me acaba de pasar que después de no haber dormido por casi dos días enteros llego a mi casa a las ocho y media de la mañana con un humor excepcional y al entrar me topo con un charco de agua gigantesco de una gotera enorme que viene no sé de dónde diablos y no quiere parar; sumado a un gato expropiado de su naturaleza de gato (silvestre, indómita, aventurera) paseándose por las alacenas y quejándose a maullidos de no poder caminar por toda el agua que le es desagradable. Una postal de todo lo artificial y embobante de nuestras vidas tornándose finalmente a andar para la mierda.
Te repito: estas (y no digo "las" para ahorrarme el tintecito filosófico) posesiones materiales me parecen innecesarias. Hasta se me ocurre pensar que sólo podrían parecerles severamente necesarias a un alma podrida con corazón de viejo; es sabido que los niños tienen dos juguetes favoritos que guardan con especial celo en detrimento de los otros, novísimos y brillantes, que sus padres insisten en regalarles para los cumpleaños. Así me siento yo ahora: un niño aburridísimo en un departamento inundado de agua y de regalos hermosos, caros, pesados y torpes, que acaban por romperse solos y ser reemplazados por otros previo pago de cantidades fabulosas.
"Las posesiones terminan por poseernos". Con el debido respeto, mamá, mis posesiones no sólo me poseyeron; me sodomizaron. No me culpes por querer dejar todo, pagando un precio apenas más elevado que la locura que estamos pagando mensualmente por mantener este circo. Sumado a la culpabilidad de ese dinero (que es un bien siempre preciado) visto invertido en cosas superfluas, también sucede que estas cosas superfluas están, poco a poco y granito a granito, inflándome reverendamente los huevos izquierdo y derecho en análoga proporción. Hagamos algo antes de que salga en bolas a la calle pensando que estamos así de la ciudad está así de loca como mi propia casa.
Te quiero mucho,

Cristobal

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