24.9.12

Blinding light

Esto de vivir solo fue una cosa de esperarlo uno o dos años y que finalmente se dé; cuando se dio fue lo más feliz de mi vida por tres o cuatro semanas hasta que me acostumbré y me pareció natural. (Todo, al acostumbrarse, se vuelve natural. Razón por la cual Foucault alega que mucho de lo que decimos no es sino construcción histórica y percibirlo como natural es erróneo y nos lleva a estancarnos). No es natural. Ahora lo veo que estoy de nuevo en mi tierra, ya va la tercera vez; no podría (está a medio camino entre capricho y verdadera imposibilidad) sacrificar por nada en el mundo la libertad que tengo allá, que existe no sólo en los aspectos más adolescentes del término sino también como libertad sumamente responsable que otorga el hecho de tener que encontrarse siendo uno mismo en una ciudad donde, forzosamente, no se es nadie sino uno mismo, sin el bagaje gigantesco del pasado.
Todo esto muy idealmente lejos de la holgazanería y la inercia, que son las peores enemigas de una persona que se está formando. La inercia nos lleva por definición al estado en el que empezamos, que también, por definición, es cero. Acá reside una de las importancias en empezar a vivir en otra ciudad nueva: el pasado es experiencia, es herramienta, y tiene función residual. Se conocen los caminos del pasado, pero se están conociendo más caminos del futuro, que no son los mismos pero se intuyen por lo que uno ya tiene aprendido. La libertad responsable significa que, dado el hecho de tener todos los caminos a disposición de uno se elige el que mejor nos identifica. En el mejor de los casos, sin una represión exterior que nos indique cuáles son los más prudentes, FUERA de toda excusa de represión que enarbole la bandera de la moral.
Hoy pensaba que estoy rodeado, pero no tanto como quisiera, de gente auténtica: esa gente que sin mentirse a sí misma se muestra tal cual es y no trata de esconder lo que le gusta ser, por más mal visto que sea. Como un drogadicto que no esconde sus jeringas; como un cura fuera de la Orden, que encontró a Dios en una montaña vestido de civil y de la mano con su esposa. Por supuesto, dicen que son los menos. Me hacen pensar que el secreto para ser uno mismo es hundirse en un charco de lodo, uno solo, pero hundirse hasta la cabeza. Y en caso de que uno tema ahogarse, contaba Alfred Jarry que para él un ahogado es una persona con un estilo de vida diferente al nuestro, sólo que no le dejamos estar bajo el agua el tiempo suficiente. Nada que haya entrado a nuestra vida hace poco puede ser permanente o enteramente cierto; regar aparte de sembrar (no quiero sonar como Osho) es también a mi parecer importante.
Mucha gente se olvida o pierde las ganas de regarse, sorda al llamado que viene desde el interior de uno. Van quedando en el camino. Un camino que no es una carrera laboral o académica; estándares inventados por gente que no son nosotros y por lo tanto no pueden, nunca podrán, saber lo que nos conviene. El camino es personal y se puede caminar todo el tiempo, pero no se camina todo el tiempo. Yo prefiero pensar que no estoy dejando de caminar porque no es hora de dejar de caminar: no quiero hoy, como nadie quiere al principio, convertirme, deliberadamente, en un idiota.

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