2.8.12

Me ataron, pero no me pueden romper

Ya había expresado mi ¿amor? por una banda que se llama Morphine hace un par de meses. Amor es bastante ambiguo. Por decirlo sencillamente, me gusta mucho escucharla en ciertos momentos de humor especial. Como dicen que los gatos no se encariñan con las personas, sino con los lugares, la banda de Sandman se encariña también con ciertos lugares. Lugares que guardo más que nada en el recuerdo; hablando tanto de Córdoba como de Corrientes. Hay que saber elegir bien cuál es el momento preciso para cada cosa, y más todavía en lo que concierne a música. Sólo a veces no es tan importante el momento como el lugar, que da lugar al momento y no al revés.
El otro día iba caminando por la Chacabuco, una avenida ancha con balcones a los dos lados; hoy la vi desde arriba donde se hace todo lo ancha que quiere y para abajo se veía el descampado de asfalto que terminaba en un gigantesco edificio gris. Iba escuchando música en shuffle y de repente se calla Oscar Alemán y comienza un ritmo regular de batería electrónica y una línea de bajo interesante aunque no llamativa, lo que quiere decir que se mantenía dentro de las funciones de la convención. Luego un saxo, cuidado. Por último, una línea de una guitarra tan colorida que parecía la intro de los Sims vacaciones, es decir, con el eco y todo, en el mejor de los casos el lector comprenderá la diferencia. Nada indicaba que podía ser Mark Sandman y no se me cruzó en ningún momento; después de un rato comenzó a cantar una voz barítona: pero si era él, el Hombre de Arena, murmurando una frasecita, callándose por un compás, murmurando lo mismo, callándose por un compás, y murmurándola más rápido. A la frasecita no la entendí; en el momento pensé que no significaba nada. En ese momento iba con una caja enorme y rosada que tenía una torta adentro; malabareando para que no se me caiga nada, ni la tarjeta de colectivo, ni los puchos, ni el celular, ni el papelito con las direcciones, y principalmente la caja con la torta protegida por un plato y un molde. Y la Chacabuco un martes a las seis de la tarde, cuando ya está por oscurecer en cualquier momento, no es el lugar más desierto de Córdoba: esa vereda es la aorta de las necesidades móviles de todos los cordobeses que, en un momento dado, se aunan en el objetivo de llegar a sus casas preferentemente rápido. Creo haber presenciado un robo también, porque había una señora llorando parada junto a un puesto de diarios con las manos puestas en la nada de los que se comieron un arrebato; yo con la torta en la mano, aunque me hubieran apuntado con una metralleta, no hubiera podido hacer mucho. Y la torta respondía a un deber más bien moral. Entonces iba como un poco nervioso. Apenas podía sostener mi pucho, pero lo necesitaba para caminar como un rengo necesita su muleta; como podía equilibraba mi caja sobre la mano derecha. En el colectivo que tuve que tomar después la cosa fue mucho más fácil, y eso que iba lleno hasta las bolas; figúrense la situación. Comienza, como una burla, esta línea de bajo optimista, la batería electrónica, la guitarra con eco colorido como el rastro de una estrella fugaz, coloreado con esos líquidos que usan las reposteras para decorar las tortas, o esas anilinas de los versados en moda.

No supe el nombre de la canción hasta el día siguiente, cuando me propuse encontrarla cueste lo que cueste y entré a reproducir las 33 canciones, una por una, del disco Sandbox de Mark Sandman como solista, editado en el año 2004, cinco años después de su muerte: un disco, dicen, capaz de generar estados de felicidad muy grandes. Es un disco multifacético, con grupos de canciones muy bien compuestas que se juntan de a cinco o de a seis aparentemente respondiendo a impulsos creativos de Sandman que se daban por etapas y su capacidad de ordenarse según el capricho o no del editor. De cualquier manera es en general muy logrado, aunque no me gusten todas las canciones. Espero haber podido señalar que esta canción me gustó mucho y si hubiera alguna con la cual estoy obsesionado ahora mismo, sería ésta; son esas canciones que te alegran con sólo escucharlas. De las 33 canciones, esta está en el número 31; entonces tardé bastante en encontrarla, mientras dejé el disco reproduciéndose a la vez que leía sin mucho interés el Lazarillo de Tormes. Descubrí en buena hora que la frasecita que murmura Sandman no significa precisamente nada; el nombre de la canción está en ella, y la canción se llama "They Bent Me". Es una letra tan optimista que no puede menos que alegrarte, conjugándose bien al resto de la canción; no como esas canciones deprimentes disfrazadas de la combinación de acordes mayores más alegre posible, con el motivo efímero de dar luz a paradojas.
Paso a recomendarles fervientemente el disco, citando a la canción aquí como para que tengan un adelanto; el Sandbox es para aquellos que se quedaron con ganas de escuchar Morphine después de haberse bajado todos los discos. Indudablemente, la innovación de la banda nacía en Mark aunque cada uno haya puesto su grano de arena. El hecho de que él, ya solo, conociera la fórmula para crear ese ambiente especial de toda la banda (pasando a destacar lo metafísico más que lo técnico), me parece prueba suficiente.
El estribillo reza:
"They bent me, but they can only bend me
they can never break me,
they bent me, but they can only bend me,
they can never break me."

No hay comentarios:

Publicar un comentario