20.8.12

Hoy aprendí ladrillos

Hundirnos hasta las rodillas en el barro, sea cual sea el color del barro
a todo o nada. Es la pelea. Hoy descubro que no tengo imaginación
que no es lo mío imaginar cabañas y arroyos, y mañana caminaré por el sendero
que me queda libre, así no sea el más transitado o el menos, sino simplemente el indicado.
¿Y cómo sé que es el indicado?
El mundo es una construcción semiótica. Todo es signo,
todo es significado. La emoción que siento al ver gente que sabe lo que hace
y sabe hacerlo bien, es una construcción semiótica;
significa. Y significa que eso es lo que quiero,
que eso es lo que me conmueve, que ése es el charco del lodo en el cual
quiero bañarme hasta las rodillas, sea donde sea que eso me lleve.
Y es un camino largo y en realidad, no sé si hay caminos paralelos
si uno se condena a eso una vez y de por vida
y en adelante todo es obstinación y desmesura
por querer mantener, caprichosamente, una decisión nimia
efectuada a la edad de diecinueve años;
no sé. Pero lo que falta a este mundo
a mi parecer, es gente que por el cielo quiera pasar por el infierno
que quiera efectivamente SER algo, y no tenga miedo de afrontar
las decisiones que son las definitivas, porque ya he descubierto que en el mundo
poquísimas cosas son irreversibles, porque las reversibles
son también las más mundanas
las más comunes
y por tanto las más numerosas.
El sendero poco transitado está lleno de cosas que no son mundanas
que obedecen a un destino que, como sabemos,
es irreversible, es inexorable, es implacable
es corrosivo, invasivo,  definitivo.
Determinante.
La gente que tiene miedo a su destino es especialista en mantenerse
toda su vida tambaleando entre el sendero seguro
y los dos o tres senderos-alternativa
sobre los cuales puedan tranquilamente ir a tomarse una cerveza
con sus amigos del secundario, que conocen hace ya treinta años.
Así uno envejece sin hundirse, sin elevarse,
sin preocuparse demasiado, sin involucrarse en uno mismo
sin obedecer a una obsesión profunda
la más instintiva y humana de las emociones que alguna vez surgieron
en una cabeza atisbada de sensaciones del mundo;
ignorándola deliberadamente por temor a que sea la equivocada.
Pero, ¿qué fue lo real? ¿Qué fue lo acertado?
Una vida de mesura
pero mesura cobarde. No mesura prudente.
Es que el mundo está lleno de signos que nos definen con totalidad
por ser nosotros vinos añejados en el barril que forma
la bóveda celeste. Y nos conoce porque nos crió y nos define.
La emoción que nos evocan los hechos del mundo
tanto los sucedidos como los productos como las creaciones
(dadas en la observación del mundo y en su eco,
que queremos llamar imaginación
que es nuestro mundo interior, cada uno matizado como cada uno es matizado)
son nuestros significados.
La cuestión está en interpretarlos
asirlos,
pensar que en ellos está marcado el sendero que seguimos
ya sin miedo, porque es un sendero que construimos
y en la amnesia de nuestro nacimiento y nuestros diecinueve años de idiotez
no nos recordamos a nosotros agachados sobre la tierra del sendero
marcando su trayecto sinuoso
ladrillo
a ladrillo.

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