20.8.12

Hesse y los viajes

Mi mayor temor al arrancar con una entrada nueva de este asteroide es no saber por dónde ir para escribir, y más aún, no tener claro (ni mucho menos, como pasa casi siempre) qué estoy por escribir; acostumbrado como estoy de asir muchas cosas cada día de mi vida, nunca sé dónde dar un comienzo y un fin al relato de alguna de ellas. Aisladamente, o relacionándolas con una o dos que me hayan recordado alguna otra cosa.

En este caso, estuve leyendo (como cada fin de semana) a Hermann Hesse. Terminé un cuento llamado "Klein y Wagner" que no fue ni fu ni fa, sólo para arrancar con otro libro mucho más gordo que me habían prestado. Me llaman la atención de Hesse más sus novelas que sus cuentos cortos; incluso después de Klein y Wagner dejé a medio terminar "El último verano de Klingsor", que no me llamó la atención particularmente. Este nuevo libro que abordé, llamado "El arte del ocio", me ocasionaba un cierto prejuicio. Quise ver aproximadamente de qué se trataba antes de decidirme entre éste y El juego de los abalorios, que estaba abajo en una pila de libros pendientes mediana. Grande fue mi sorpresa al descubrir que no se trataba de una novela sino de (si se me permite la analogía) una especie de los Papeles inesperados de Cortázar, o los artículos recopilados que escribía Borges para una revista en su juventud. Este libro es una compilación de breves ensayos como entradas de un blog, en un principio escritos para el periódico Die Zeit. Este estilo de ensayos cortos me llama muchísimo la atención y siempre lo ha hecho; he transcripto acá, con muchísimo fervor, más de uno de Cortázar y Borges. Ya llegará el tiempo de transcribir alguno de Hesse, porque recién empecé este libro de quinientas páginas. No obstante, al leer dos o tres, ya me sorprendió lo mucho que concuerdo con este autor en muchísimos puntos; en dos oportunidades incluso pude deducir de qué iba a hablar el párrafo siguiente. Con razón alguien cree que es mi autor favorito. No tengo uno. (No sé si él tendría, a su vez, uno). Me dedico a hablar con mucha fe en él, en cuanto presiento que me puede mostrar algo muy importante que está faltando a mi vida y que traen los años como sedimento. Sedimento en el cual él está bañado, y al que algunas veces él llama sabiduría.

Quiero dar un ejemplo muy particular. Hace un mes nos fuimos con mi familia a Misiones. Escribí una larga entrada dando detalles sobre este viaje que en líneas generales me gustó mucho y de hecho recuerdo ahora con nostalgia; también me esmeré en relatar un dejo de inconformidad con algunas actitudes de "la gente en general", como los turistas de la gaseosa y del agua mineral. Hesse, increíblemente, trata a esos turistas con la misma ironía que yo ensayé, la mar de tonto que soy a esta edad; él, desde su europea posición, describe en el segundo ensayo de El arte del ocio ("Sobre los viajes") todo lo estúpidos que pueden ser los viajeros que tienen como objetivo aprehender, de una vez y para siempre, el nombre de un lugar más que su encanto subyacente para poder volver a su casa con comodidad y decir "estuve ahí y no saben lo que fue". Esto tiene como consecuencia que sus familiares, amigos y colegas lo traten de "buen viajero"; tiene como trasfondo un paseo histérico con el mapa rutero en la mano por los paisajes más renombrados de un país nuevo (que bien se sabe, o por lo menos yo aprendí hace años, que no son siempre los mejores). El paseo histérico, mediante una excesiva valoración del tiempo (según Hesse, en esto consiste precisamente la seriedad), se traduce también en un consumo histérico, apurado, de comidas, bebidas y souvenirs. Todo esto queriendo ser no más que descanso de la rutina que se abordará, nuevamente, ni bien el viajero presionado tenga la obligación material de volver. Siempre me asqueó un poco como los noticieros porteños (a saber, los que consumimos en todo el país) llaman "escapada" a esos viajes que los hombres de negocios de la ciudad hacen en los findes largos, metiendo a sus familias en la camioneta polarizada y alquilando por internet cabañitas cuatro estrellas apenas más allá del conurbano, para volver el lunes a la noche sin picaduras de mosquitos por su impulso irrefrenable del Off a cada minuto y esquematizando mentalmente la semana de oficina mientras los nenes duermen en el asiento trasero y la mujer ceba mates larguísimos. Todo esto es una imagen mental y no anhelo a ajustarla exactamente algún caso; sin embargo, tengo una sensación extraña de que a más de uno le ha pasado. Esos, a mi parecer (porque leer es escribir) son los viajeros esporádicos contra los que Hesse tira sus dardos envenenados.
Viajar es una actividad común entre todas las personas de la cultura de la que formo parte. Cultura que es difusa y, en realidad, tiene las fronteras muy mal marcadas; esto está bien, porque uno siempre está con un pie en una y un pie en otra, y en definitiva (dado que son construcciones sociales, sistemas que quieren aparentar ser orgánicos) uno edifica su existencia en base a la influencia de cada una. En fin, todos quieren viajar. Todos quieren (más o menos histéricamente) conocer; todos tienen miedo a viajar sin tiempo y sin plata, a viajar sin alojamiento, diciendo que atravesar páramos desolados y cargando el mínimo de equipaje es cosa de hippies o, lo que es lo mismo, jóvenes que viven en su utopía y maman de la billetera de los papis. Este desprecio, a mi parecer, es incompleto; cada uno de los self-made men que desprecian la ociosidad del otro guarda un poco de envidia por ver su (esperanza de) vida tan eficientemente organizada. En realidad, dice Hesse, la belleza de viajar reside en momentos en los cuales uno se siente uno con dos partes que son muy parecidas en esencia: la cultura y la naturaleza nativas de un lugar. "A la naturaleza le cuesta tanto como a la cultura y el arte echarse a los pies de uno, y llega a exigir del ciudadano una entrega infinita antes de develarse y entregarse a él", dice en la segunda página del ensayo breve.
Todo esto, a la hora de organizar las vacaciones (averiguaciones por Internet, consulta de disponibilidad de pasajes aéreos, cartas a familiares que querramos visitar) parece muy abstracto y por completo inútil. Dicho en un solo sintagma: poco práctico. Pero Hesse es poco práctico en muchos sentidos; poco le importa ser práctico, del mismo modo que alega que al artista poco le importó, a lo largo de la historia, destacarse económica y socialmente (consecuencias anheladas de la practicidad, tengo entendido). Lo más profundo de nuestra personalidad se refleja en la devoción que tenemos a lo sublime, y esta devoción se observa con muchísima frecuencia cuando absorbemos lo sublime de un lugar nuevo; "desautomatización", dirían los teóricos. Simplemente se trata de redescubrir, salvando las diferencias abismales entre una cultura y otra, verdades humanas hace mucho tiempo olvidadas. Todos somos, en definitiva, ciudadanos del mundo; los viajes son una buena oportunidad para recordar esta premisa por momentos inmasticable. De ahí la nimiedad que constituye alojarse en un hotel internacional con mozos que hablen nuestro idioma, y salir a comer la misma comida de siempre en lugares acondicionados para turistas. Dos o tres veces aterricé en el hostel acá en Córdoba, y me miraron con cierta extrañeza burlona porque salía a caminar por la ciudad, siempre encontrándome con gente que había venido a ver, en vez de contratar con muchísima curiosidad las excursiones a la casa del Che en Alta Gracia o los recorridos diurnos por las sierras para la tirolesa o el bungee jumping.
Acá Hesse aborda un hecho importante que a mi vez me parece más que importante. Califica de pecaminoso y ridículo a aquél viaje hecho sólo por vagabundear en territorios desconocidos. Me pareció inferir de sus palabras que uno recibe los lugares nuevos cuando hay un vínculo afectivo de por medio; viajar en soledad es muy bueno, pero la experiencia es más profunda cuando se da en comunidad. Viajé mucho para ver gente que quería ver en distintos lugares; este "viajé mucho" en realidad quiere decir algo como "la mayoría de los viajes que hice a voluntad fueron para eso". Quedan dos o tres viajes contando los que hice con mi familia y esa vez de mochilero al sur; muchas veces pensé, por lo demás, que este último hubiera sido mucho más interesante de tener una motivación afectiva para ese viaje. Haber llegado a algún lugar como meta, en vez de ver qué tan lejos podíamos llegar en lo que respectaba a tiempo y plata (no sé si a esto se refería Hesse). Y aquí vuelvo al viaje a Misiones hace un mes: en principio tenía muchas ganas de ver a esta amiga que está viviendo allá, y de paso, conocer un poco el paisaje de esta provincia que (como mencionaba en la entrada) siempre me pareció asquerosamente atractiva; lo que más recuerdo del viaje es caminar por la ciudad, tratar de conocer la nomenclatura de sus calles, y que me llame la atención su arquitectura estrafalaria, casi surrealista, lo único de lo que los posadeños no se jactan lo suficiente. (Ejemplo clarísimo: el arroyo corriendo sobre el techo de una casa, que vi cerca de la Costanera cuarto tramo). También agradecí el hecho de que mi amiga supiera dónde estaba parada, de manera que uno pudiera ir repitiendo sus palabras, que al principio son mecánicas, para poder sentir como que está hablando una lengua extranjera y efectivamente comunicándose; me pasó en Salta, en Santa Fe, en Córdoba y quizás también en Buenos Aires. Todos estos lugares, ahorrando o no mi dinero, visité para visitar; en Córdoba el encantamiento caló tan hondo que decidí elegirlo para vivir acá toda la vida y ahora comprendo por qué esta empezando a perder su encanto. Ya no es un lugar nuevo, ya es mi casa; ya obedezco a sus rutinas, ya su gente no me guarda tantos misterios como antes, ya lo sublime dio paso a lo cotidiano. Ya es ciudad-pragmática. No pierde su encanto, porque una ciudad no deja de ser hermosa per se, pero ya no soy un viajero. Y las experiencias, en realidad, ya son costumbre; esto es peligrosísimo y decepcionante, aunque necesario. En Hesse aprehendí el eco del sentimiento que tienen los grandes viajeros que conocí, y también el sentimiento (pequeñísimo, burdo, incipiente, pero real) que tuve yo al saborear cada parada del camino que conducía a una meta, que en cada caso fue distinta. Amo viajar, y todo el mundo puede alegar que ama viajar; pero, como todo en la vida: ¿significa lo mismo para todo el mundo?


No hay comentarios:

Publicar un comentario