22.8.12

El indie

Me di cuenta de algo muy breve: en el indie está el futuro de la música. (Usted entró aquí para escuchar opiniones apócrifas de alguien que nada sabe del tema, y sin embargo se está por quedar).
Es una relación más sencilla que una regla de tres simple; el gran problema del rock es que se ha vuelto comercial, en una época donde para ser justos comerciar es primordial. Muchísima gente se queja de que el rock se ha vuelto comercial (no es un problema per se: el problema comienza cuando el rock se vuelve repetitivo para adaptarse al gusto de las masas, práctica probadamente eficiente por científicos de la Universidad de Barcelona). Hace bastante tiempo vienen quejándose de que el rock se ha vuelto comercial; el grueso de la gente que saborea estos parámetros de comparación con épocas aparentemente no-comerciales prefiere atenerse con uñas y dientes al rock clásico, el paradigma de la creación rockera libre (aunque no precisamente sin fines comerciales).
El indie va a dar paso a una revolución musical nueva, y ya lo está haciendo. Así como el blues fue desplazado en los '50 por su hijo el rock'n'roll, que comenzó siendo música de negros y terminó mutando en talentosos performers como Robert Plant, Syd Barrett o incluso esos Gallagher, de la misma manera este gerontomonstruo, gustito ya tomado de las grandes masas dispuestas a pagar grandes precios por su cultura, dará lugar por sucesión natural a un estilo muchísimo más refinado pero, lo que acaso es más importante, muchísimo más libre. Quisiera haber nacido, como para reforzar mi tesis, en el ascenso y auge del rock'n'roll primitivo como estilo musical: seguramente encontró en un principio pocos adeptos que luego se multiplicaron de manera exponencial a un género que estaba en su etapa de renovarse constantemente. Hoy, esta renovación no existe en el rock; obedeciendo a parámetros mercadotécnicos que le dicen que gire (por su propio bien) sobre su propio eje, llámese eje-tres-acordes, eje solo-de-guitarra-predecible o incluso eje-lírico-poco-ingenioso, hoy existen, son innegables ya para salvación de aquellos tan hastiados de la repetición, estilos nuevos que se reservan el derecho a innovar a su manera. En realidad, esta es la premisa fundamental de un movimiento que, bajo el punto de vista musical, es inclasificable bajo un solo género: el indie, el rock independiente, nació como una alternativa (como en su momento fue la Velvet, dicen) al rock al cual deben su juventud, pero que hoy está podrido y muy trillado. Es pesimista mirar treinta años en el futuro, para tratar de deducir qué va a surgir después del indie: conformémonos por ahora con la idea de que hace ya un tiempo que hay músicos muy talentosos abocándose a una música realmente salida del corazón, sin yugo por lo económico, y un grupo cada vez más grande de gente que consume esta música sin que, en su gran mayoría, eso signifique una atadura creativa a los músicos. Por supuesto que hay músicos que una vez consagrados en lo alternativo pasan a lo "mainstream", quizás por un irrefrenable deseo de codearse con esas gerontoestrellas de lo que fue el rock en su mejor momento, pero esos ya pondrían un paso fuera de la tesis. Corren, también, el peligro de dejarse someter. Suena como un eco el viejísimo término sell-outs, porque esta distinción entre lo alternativo y lo mainstream es ya bastante vieja, y también el resentimiento hacia las bandas que cambian su fiel grupo de adeptos por el cariño histérico de las grandes multitudes.
Todo esto a grandes rasgos. Hace rato lo vengo pensando. Estamos frente a la música del futuro: chicos, superen a Zeppelin. No van a volver; y todo el que quiera sonar parecido a ellos es mera copia, pastiche. Disfrutemos la dulce fosilización del rock, porque es disfrutable. Ya tenemos, felizmente para la cultura (que es pensante, crítica y sobre todo sensible), algo nuevo y maduro, si queremos caminar para adelante.

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