13.8.12

Cervantes, el fin

Lo hacía como si fuera poca cosa el polvo y el olor a encierro que entraba por mi nariz y al que ya estaba acostumbrado. Llegaba al mediodía, siempre con la comida mal acomodada en el esófago, con esa responsabilidad del nuevo laburante (hasta el último día fui el nuevo, además de ser desde el primer día mi propio jefe). Ganaba tiempo perdido corriendo dos cuadras desde la parada de bondi, siempre escuchando Zappa, intentando no saludar a los alumnos. Al entrar, el orden era sagrado, y generalmente no se interrumpía: las luces fluorescentes primero / [los ventiladores, o por lo menos uno] / la luz de la "sección prohibida al público en general" (mera acumulación de volúmenes de Oscar Wilde e Ilíadas ilustradas) / las ventanas del fondo. Los papeles con reclamos y los libros que había dejado para leer el día anterior, todos sobre el escritorio; mi carpeta, con las cosas que había escrito, y un pegajoso olor a yerba. Siempre trataba de ir por el café en la primera hora, que era la más tranquila; el mundo sabe que los nenes, amodorrados, duermen en el primer módulo y ya para el segundo son bestias sedientas de sangre que no canalizan su emoción sino hinchando las pelotas a sus superiores, por deporte. Para mi mala suerte, esta vez el superior era yo. El salto cualitativo, casi irónico, consistía en que yo había egresado nada más que el año anterior.
Quizás cueste notar en este texto breve los tonos de nostalgia, pero están; sino no estaría escribiendo esto, tan apurado como estoy (entro a clase en una hora diez y todavía no leí todos los textos que eran obligatorios para el fin de semana). Aparte, estoy de muy mal humor, y en mi ingenuidad pensé que Charlie Parker con su saxo ardiente calmaría mi mal humor; no sé si lo calmó, pero me trajo mucha nostalgia, ganas de caminar por la Cañada, el día está nublado, hace muchísimo calor. La siesta es tranquila, y ya quisiera que sea también silenciosa, es todo lo que pido. Es agosto; casi se está por cumplir un año que comencé a trabajar en la biblioteca Cervantes del Instituto Pío XI. Ahora pienso qué dudas tuve acerca de mi vocación eternamente académica, durante el principio del año; bastó ojear dos o tres trabajos posibles (y uno real) para darme cuenta que ese aburrimiento, ese silencio, es precisamente el lugar donde uno podría estar, a riesgo de ser considerado aburridamente funcional para una civilización en crecimiento. No trabajaría ahí toda mi vida, sería efectivamente perderme cosas (¿qué hacer con la vida? ¿ir al teatro los jueves? ¿tomar mates en la costanera los domingos? ¿levantarse de la silla para comprarse una sopa Knorr Quick cerrando la biblioteca con llave en esos diez minutos para que los alumnos locos no entren?). Meses-bisagra; aunque en el tedio de la cotidianeidad hayan pasado desapercibidos, realmente me configuraron. Ahora veo los papeles que escribía y este yo, histriónico y acelerado, no podría escribir algo mejor. Realmente, dijo Lamberti que se escribe mejor en el silencio (realmente, dijo Goethe que el talento se cosecha mejor en la calma). También fui buen lector, aunque ahora soy buen lector, todo lo buen lector que puede ser un amo de casa padre primerizo de un hijo felino muy problemático (causa de mi mal humor del momento que felizmente estoy canalizando en creaciones y saxofones). Ahora quizás soy más espiritual por ponerme en contacto con el mundo, la verdad no sé; qué ganas de volver para viajar con la mente, mediante enciclopedias, hacia el Egipto Antiguo y ver los mapas viejísimos, que ya ni se usan, donde se describía Europa en el año 711 o la topografía detallada de los Países Bajos. Si eso no es espiritual, qué es espiritual. Quizás ya he confundido las nociones, y en mi obstinación de viejo (porque me viven diciendo que en muchos sentidos soy un viejo de mierda), ya ni me interese saber qué es lo espiritual. Teniendo en cuenta la mar de valor que le ponen los hombres histriónicas de la nueva era. Lo único que tengo claro es que quisiera estar ahí, tan libre y tan atado, reflejo de cómo aparentemente voy a vivir el resto de mi vida terrenal, hasta que muera y vea qué puedo hacer con todo el tiempo que me sobra.

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