31.8.12

Apoteosis del desorden

Uno se olvida en gran medida de la belleza de los lugares cuando no los frecuenta. Pasé mucho tiempo estas últimas semanas debatiéndome qué debería ser en mi vida (porque todos parecen estar, a esta altura, tan encaminados; está bien, están las diferencias de edad y todo eso, pero yo no siento que esté avanzando en pos de algún puerto en particular); como todos mis esquemas mentales, lo mío es mucho más skene que érgon. Vale decir, me veo en algún lugar, pero no sé haciendo qué o qué debería hacer ahora mismo para llegar esos lugares.
De cualquier manera ese lugar es Córdoba. Y en realidad son distintos lugares; acaso acá está la ambigüedad más grave. A veces una linda casa en los suburbios me basta (como la de unos amigos, en el Jardín, cerca de la facultad donde reina el silencio y las vías son, en el mejor de los casos, floridas); otras veces me conformo, quitando la connotación negativa de esta palabra, con un departamento sucio por un boulevard céntrico siempre que sea un piso alto. Estas son cuestiones de regatear; seguramente no termine en ninguno de los dos. Mi casa de ahora no obedece a ninguno de estos estereotipos en particular, sino más bien al estereotipo del ciudadano ordenado que tanto detesto; yo no soy ordenado, y no quiero que ninguna estructura edilicia venga a querer imponerme orden. En este sentido lo más sensato sería construir mi propia casa según mis criterios confusos, pero me faltará seguramente dinero y conocimiento. La otra sería extender mi vida a los ochocientos años, como dicen que se está haciendo posible; pero los últimos seiscientos se harían más bien insufribles.
Es así. No me guío por las acciones; me guío por los lugares a donde esas acciones probablemente me lleven. Y me debo sentir a gusto a esos lugares donde arribe. La belleza de esos lugares, desacostumbrada en mí el Carlos de provincias, es alternadamente grande o pequeña según mi estado de ánimo. Es así que prefiero muchas veces mi casa al atardecer, la histeria céntrica a la mañana y de noche simplemente el territorio de los sueños (en este momento no se me ocurren posibilidades).
Hace rato venía evadiendo la histeria céntrica de Córdoba. Es lindo ver como las señoras se agolpan en las tiendas de telas; todo esto ya lo dije con regulado desprecio. Tomé el colectivo esta mañana desde la Universidad hasta una zona donde se venden libros. Más por instinto que por orientación felina entré a unas galerías que daban vueltas extrañas; supe llegar a donde iba exclusivamente a través de galerías. En realidad no supe cómo, pero me vi frente a la avenida Colón, parado casi en la entrada de una cripta medieval abierta como museo de 10 a 15, que consiste en un túnel que va por debajo de la ancha avenida, obra de los jesuitas que seguramente lo construyeron con el permiso de la Municipalidad y evitando el tránsito de taxis ladrados por perros. Hice el trámite, fallé en dos o tres cosas y me dediqué a prender un cigarrillo y observar a la gente (nunca falta la oportunidad); la vida, como siempre que uno está de buen humor, conspira a favor de uno. Los semáforos sincronizaban (hasta el tercer trámite, el fallido, que me frustró y comencé a comerme puros rojos). Las señoras prendían cigarrillos, las tiendas tenían buen olor. Incluso el olor de una tintorería china por Independencia me parecía grato. Recordé ayer cuando vi un estanque de agua verde como un trébol junto a un árbol seco; probablemente obra de algún químico de limpieza que un peatón nada prudente virtió sobre la fuente de vida de un ataúd vegetal. Esto del ataúd me recuerda también a las floristerías: olor a cementerio cerca de la plaza central. Un travesti alto y mal afeitado fumando un cigarrillo largo, vistiendo pollera, cerca de las casetas donde se cargan las tarjetas de colectivos y por ende donde hay una cola larguísima (que me hace agradecer mi vocación de peatón); los militares de siempre discutiendo sobre las Malvinas con los troskos que parecen muy sacados de contexto si uno los ve fuera de la Facultad de Humanidades. La variedad de las galerías me fue, en este momento, presentada: recuerdo body art shops, lomiterías, muchos almacenes gráficos, empresas de viajes, negocios de habanos, luthiers, las clásicas tiendas de ropa y las escaleras rojas para subir a un cine en planta alta. Las Roca de Luna (¿alguien las vio?) desentonando con sus luces azul oscuro, en plena mañana inocente. Córdoba es una ciudad con energía especial; yo, escuchando Edith Piaf (porque a ella consagro mis mañanas, a falta de mejores postulantes, como a Django los atardeceres) saboreaba todo esto preguntándome a mí mismo qué hacía que no venía hace tanto tiempo. Pero por supuesto, las cosas devienen en costumbre. Se notaba mi costumbre inocente en dos actitudes que yo me reservaba el derecho a expresar a cada cuadra: 1. mi constante inclinación por mirar para arriba y a los costados, en vez de mirar a mi camino 2. las ganas de abrazar a todo aquél automovilista iracundo que me tocara bocina en la intersección de una avenida ancha y una calle medievalmente angosta. Las ciudades, el centro de las ciudades, son nudos de encuentro de muchísimas realidades que ofrecen para el caminante ocioso un espectáculo constructivo que, en el mejor de los casos, se hará una pintura o una obra literaria; en el peor de los casos, la entrada de un blog desconocido.
Ahora me consagré a la siesta y a los mates, a Jean Cocteau y a la espera de un libro que viene all the way from France, y consiste en un tomo doble de Demian y Bajo las ruedas que me manda mi querido mueble desde un bar de París. Como si esperar acá fuera menos surrealista que la cotidianeidad de los laburantes cordobeses, calles abajo; ellos, simplemente, se olvidan. La espera es una toma de conciencia constante sobre el estado en el que estamos, y es por eso que es tan larga; si se encuentran los paliativos para entretenerse, las cosas terminan siendo más bien agradables. Aparte se calcula una hora, son las 7 y media y a las 9 a más tardar llegaría. Apuro no tengo, es viernes y el sueño ya se me pasó. El baño está inundado y los platos sucios; el día está perdido. Me haría bien una caminata.

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