31.8.12

Apoteosis del desorden

Uno se olvida en gran medida de la belleza de los lugares cuando no los frecuenta. Pasé mucho tiempo estas últimas semanas debatiéndome qué debería ser en mi vida (porque todos parecen estar, a esta altura, tan encaminados; está bien, están las diferencias de edad y todo eso, pero yo no siento que esté avanzando en pos de algún puerto en particular); como todos mis esquemas mentales, lo mío es mucho más skene que érgon. Vale decir, me veo en algún lugar, pero no sé haciendo qué o qué debería hacer ahora mismo para llegar esos lugares.
De cualquier manera ese lugar es Córdoba. Y en realidad son distintos lugares; acaso acá está la ambigüedad más grave. A veces una linda casa en los suburbios me basta (como la de unos amigos, en el Jardín, cerca de la facultad donde reina el silencio y las vías son, en el mejor de los casos, floridas); otras veces me conformo, quitando la connotación negativa de esta palabra, con un departamento sucio por un boulevard céntrico siempre que sea un piso alto. Estas son cuestiones de regatear; seguramente no termine en ninguno de los dos. Mi casa de ahora no obedece a ninguno de estos estereotipos en particular, sino más bien al estereotipo del ciudadano ordenado que tanto detesto; yo no soy ordenado, y no quiero que ninguna estructura edilicia venga a querer imponerme orden. En este sentido lo más sensato sería construir mi propia casa según mis criterios confusos, pero me faltará seguramente dinero y conocimiento. La otra sería extender mi vida a los ochocientos años, como dicen que se está haciendo posible; pero los últimos seiscientos se harían más bien insufribles.
Es así. No me guío por las acciones; me guío por los lugares a donde esas acciones probablemente me lleven. Y me debo sentir a gusto a esos lugares donde arribe. La belleza de esos lugares, desacostumbrada en mí el Carlos de provincias, es alternadamente grande o pequeña según mi estado de ánimo. Es así que prefiero muchas veces mi casa al atardecer, la histeria céntrica a la mañana y de noche simplemente el territorio de los sueños (en este momento no se me ocurren posibilidades).
Hace rato venía evadiendo la histeria céntrica de Córdoba. Es lindo ver como las señoras se agolpan en las tiendas de telas; todo esto ya lo dije con regulado desprecio. Tomé el colectivo esta mañana desde la Universidad hasta una zona donde se venden libros. Más por instinto que por orientación felina entré a unas galerías que daban vueltas extrañas; supe llegar a donde iba exclusivamente a través de galerías. En realidad no supe cómo, pero me vi frente a la avenida Colón, parado casi en la entrada de una cripta medieval abierta como museo de 10 a 15, que consiste en un túnel que va por debajo de la ancha avenida, obra de los jesuitas que seguramente lo construyeron con el permiso de la Municipalidad y evitando el tránsito de taxis ladrados por perros. Hice el trámite, fallé en dos o tres cosas y me dediqué a prender un cigarrillo y observar a la gente (nunca falta la oportunidad); la vida, como siempre que uno está de buen humor, conspira a favor de uno. Los semáforos sincronizaban (hasta el tercer trámite, el fallido, que me frustró y comencé a comerme puros rojos). Las señoras prendían cigarrillos, las tiendas tenían buen olor. Incluso el olor de una tintorería china por Independencia me parecía grato. Recordé ayer cuando vi un estanque de agua verde como un trébol junto a un árbol seco; probablemente obra de algún químico de limpieza que un peatón nada prudente virtió sobre la fuente de vida de un ataúd vegetal. Esto del ataúd me recuerda también a las floristerías: olor a cementerio cerca de la plaza central. Un travesti alto y mal afeitado fumando un cigarrillo largo, vistiendo pollera, cerca de las casetas donde se cargan las tarjetas de colectivos y por ende donde hay una cola larguísima (que me hace agradecer mi vocación de peatón); los militares de siempre discutiendo sobre las Malvinas con los troskos que parecen muy sacados de contexto si uno los ve fuera de la Facultad de Humanidades. La variedad de las galerías me fue, en este momento, presentada: recuerdo body art shops, lomiterías, muchos almacenes gráficos, empresas de viajes, negocios de habanos, luthiers, las clásicas tiendas de ropa y las escaleras rojas para subir a un cine en planta alta. Las Roca de Luna (¿alguien las vio?) desentonando con sus luces azul oscuro, en plena mañana inocente. Córdoba es una ciudad con energía especial; yo, escuchando Edith Piaf (porque a ella consagro mis mañanas, a falta de mejores postulantes, como a Django los atardeceres) saboreaba todo esto preguntándome a mí mismo qué hacía que no venía hace tanto tiempo. Pero por supuesto, las cosas devienen en costumbre. Se notaba mi costumbre inocente en dos actitudes que yo me reservaba el derecho a expresar a cada cuadra: 1. mi constante inclinación por mirar para arriba y a los costados, en vez de mirar a mi camino 2. las ganas de abrazar a todo aquél automovilista iracundo que me tocara bocina en la intersección de una avenida ancha y una calle medievalmente angosta. Las ciudades, el centro de las ciudades, son nudos de encuentro de muchísimas realidades que ofrecen para el caminante ocioso un espectáculo constructivo que, en el mejor de los casos, se hará una pintura o una obra literaria; en el peor de los casos, la entrada de un blog desconocido.
Ahora me consagré a la siesta y a los mates, a Jean Cocteau y a la espera de un libro que viene all the way from France, y consiste en un tomo doble de Demian y Bajo las ruedas que me manda mi querido mueble desde un bar de París. Como si esperar acá fuera menos surrealista que la cotidianeidad de los laburantes cordobeses, calles abajo; ellos, simplemente, se olvidan. La espera es una toma de conciencia constante sobre el estado en el que estamos, y es por eso que es tan larga; si se encuentran los paliativos para entretenerse, las cosas terminan siendo más bien agradables. Aparte se calcula una hora, son las 7 y media y a las 9 a más tardar llegaría. Apuro no tengo, es viernes y el sueño ya se me pasó. El baño está inundado y los platos sucios; el día está perdido. Me haría bien una caminata.

26.8.12

Limpieza I para hipocampos

Una compañera de colegio, cuyo padre era militar y estaba obligado a continuos cambios de destino, me enseñó un truco para no acumular cosas inservibles. Un día me dijo: 
-Cuando nos trasladamos de una ciudad a otra, ponemos las cajas de mudanza en el centro del salón de la nueva casa. Vamos sacando lo que contienen a medida que lo necesitemos. Después de dos semanas, lo que haya quedado en las cajas lo llevamos a una institución benéfica. 
Ahora, cuando hago limpiezas de todo tipo, me acuerdo de ella y me deshago fácilmente de todo lo que se estanca en mi vida más tiempo de la cuenta sin tener ningún sentido.
Carmen Sol

¡Feliz cumpleaños, Julio!

QUEDARME EN PARÍS
El gobierno francés acaba de darme una beca para estudiar diez meses en París, de octubre a julio de 1952... me he preguntado a mí mismo si en el fondo lo que estoy buscando es quedarme por siempre en París. Quizá sí, quizá mi deseo intelectual (yo vivo en realidad allá, usted lo sabe bien) es un deseo absoluto, que me abarca por completo. Si así fuera decidiré de mi destino una vez que sea el momento. Mi plan es ahora aprovechar esta beca, y acercarme un poco más a las fuentes: poesía, plástica, vida humana, esa entrega que los argentinos negamos y retaceamos y postergamos siempre. 
No quiero escribir, no quiero estudiar (aunque lo siga haciendo); quiero, simplemente, ser de verdad; aunque ello me lleve a descubrir que no soy nada. Cuánto mejor saberlo que seguir esta vida por mensualidades en Buenos Aires.

Carta a Fredi Guthmann y Natacha Czernichowska, Buenos Aires 26 de julio de 1951


Julio contaba que las emociones de los vivos llegan a los muertos como si fueran cartas, y que él había querido volver a la vida por la mucha pena que le daba la pena que su muerte nos había dado. Además, decía, estar muerto es una cosa que aburre. Julio decía que andaba con ganas de escribir algún cuento sobre eso.
(Eduardo Galeano en "El libro de los abrazos")

22.8.12

El indie

Me di cuenta de algo muy breve: en el indie está el futuro de la música. (Usted entró aquí para escuchar opiniones apócrifas de alguien que nada sabe del tema, y sin embargo se está por quedar).
Es una relación más sencilla que una regla de tres simple; el gran problema del rock es que se ha vuelto comercial, en una época donde para ser justos comerciar es primordial. Muchísima gente se queja de que el rock se ha vuelto comercial (no es un problema per se: el problema comienza cuando el rock se vuelve repetitivo para adaptarse al gusto de las masas, práctica probadamente eficiente por científicos de la Universidad de Barcelona). Hace bastante tiempo vienen quejándose de que el rock se ha vuelto comercial; el grueso de la gente que saborea estos parámetros de comparación con épocas aparentemente no-comerciales prefiere atenerse con uñas y dientes al rock clásico, el paradigma de la creación rockera libre (aunque no precisamente sin fines comerciales).
El indie va a dar paso a una revolución musical nueva, y ya lo está haciendo. Así como el blues fue desplazado en los '50 por su hijo el rock'n'roll, que comenzó siendo música de negros y terminó mutando en talentosos performers como Robert Plant, Syd Barrett o incluso esos Gallagher, de la misma manera este gerontomonstruo, gustito ya tomado de las grandes masas dispuestas a pagar grandes precios por su cultura, dará lugar por sucesión natural a un estilo muchísimo más refinado pero, lo que acaso es más importante, muchísimo más libre. Quisiera haber nacido, como para reforzar mi tesis, en el ascenso y auge del rock'n'roll primitivo como estilo musical: seguramente encontró en un principio pocos adeptos que luego se multiplicaron de manera exponencial a un género que estaba en su etapa de renovarse constantemente. Hoy, esta renovación no existe en el rock; obedeciendo a parámetros mercadotécnicos que le dicen que gire (por su propio bien) sobre su propio eje, llámese eje-tres-acordes, eje solo-de-guitarra-predecible o incluso eje-lírico-poco-ingenioso, hoy existen, son innegables ya para salvación de aquellos tan hastiados de la repetición, estilos nuevos que se reservan el derecho a innovar a su manera. En realidad, esta es la premisa fundamental de un movimiento que, bajo el punto de vista musical, es inclasificable bajo un solo género: el indie, el rock independiente, nació como una alternativa (como en su momento fue la Velvet, dicen) al rock al cual deben su juventud, pero que hoy está podrido y muy trillado. Es pesimista mirar treinta años en el futuro, para tratar de deducir qué va a surgir después del indie: conformémonos por ahora con la idea de que hace ya un tiempo que hay músicos muy talentosos abocándose a una música realmente salida del corazón, sin yugo por lo económico, y un grupo cada vez más grande de gente que consume esta música sin que, en su gran mayoría, eso signifique una atadura creativa a los músicos. Por supuesto que hay músicos que una vez consagrados en lo alternativo pasan a lo "mainstream", quizás por un irrefrenable deseo de codearse con esas gerontoestrellas de lo que fue el rock en su mejor momento, pero esos ya pondrían un paso fuera de la tesis. Corren, también, el peligro de dejarse someter. Suena como un eco el viejísimo término sell-outs, porque esta distinción entre lo alternativo y lo mainstream es ya bastante vieja, y también el resentimiento hacia las bandas que cambian su fiel grupo de adeptos por el cariño histérico de las grandes multitudes.
Todo esto a grandes rasgos. Hace rato lo vengo pensando. Estamos frente a la música del futuro: chicos, superen a Zeppelin. No van a volver; y todo el que quiera sonar parecido a ellos es mera copia, pastiche. Disfrutemos la dulce fosilización del rock, porque es disfrutable. Ya tenemos, felizmente para la cultura (que es pensante, crítica y sobre todo sensible), algo nuevo y maduro, si queremos caminar para adelante.

20.8.12

Hesse y los viajes

Mi mayor temor al arrancar con una entrada nueva de este asteroide es no saber por dónde ir para escribir, y más aún, no tener claro (ni mucho menos, como pasa casi siempre) qué estoy por escribir; acostumbrado como estoy de asir muchas cosas cada día de mi vida, nunca sé dónde dar un comienzo y un fin al relato de alguna de ellas. Aisladamente, o relacionándolas con una o dos que me hayan recordado alguna otra cosa.

En este caso, estuve leyendo (como cada fin de semana) a Hermann Hesse. Terminé un cuento llamado "Klein y Wagner" que no fue ni fu ni fa, sólo para arrancar con otro libro mucho más gordo que me habían prestado. Me llaman la atención de Hesse más sus novelas que sus cuentos cortos; incluso después de Klein y Wagner dejé a medio terminar "El último verano de Klingsor", que no me llamó la atención particularmente. Este nuevo libro que abordé, llamado "El arte del ocio", me ocasionaba un cierto prejuicio. Quise ver aproximadamente de qué se trataba antes de decidirme entre éste y El juego de los abalorios, que estaba abajo en una pila de libros pendientes mediana. Grande fue mi sorpresa al descubrir que no se trataba de una novela sino de (si se me permite la analogía) una especie de los Papeles inesperados de Cortázar, o los artículos recopilados que escribía Borges para una revista en su juventud. Este libro es una compilación de breves ensayos como entradas de un blog, en un principio escritos para el periódico Die Zeit. Este estilo de ensayos cortos me llama muchísimo la atención y siempre lo ha hecho; he transcripto acá, con muchísimo fervor, más de uno de Cortázar y Borges. Ya llegará el tiempo de transcribir alguno de Hesse, porque recién empecé este libro de quinientas páginas. No obstante, al leer dos o tres, ya me sorprendió lo mucho que concuerdo con este autor en muchísimos puntos; en dos oportunidades incluso pude deducir de qué iba a hablar el párrafo siguiente. Con razón alguien cree que es mi autor favorito. No tengo uno. (No sé si él tendría, a su vez, uno). Me dedico a hablar con mucha fe en él, en cuanto presiento que me puede mostrar algo muy importante que está faltando a mi vida y que traen los años como sedimento. Sedimento en el cual él está bañado, y al que algunas veces él llama sabiduría.

Quiero dar un ejemplo muy particular. Hace un mes nos fuimos con mi familia a Misiones. Escribí una larga entrada dando detalles sobre este viaje que en líneas generales me gustó mucho y de hecho recuerdo ahora con nostalgia; también me esmeré en relatar un dejo de inconformidad con algunas actitudes de "la gente en general", como los turistas de la gaseosa y del agua mineral. Hesse, increíblemente, trata a esos turistas con la misma ironía que yo ensayé, la mar de tonto que soy a esta edad; él, desde su europea posición, describe en el segundo ensayo de El arte del ocio ("Sobre los viajes") todo lo estúpidos que pueden ser los viajeros que tienen como objetivo aprehender, de una vez y para siempre, el nombre de un lugar más que su encanto subyacente para poder volver a su casa con comodidad y decir "estuve ahí y no saben lo que fue". Esto tiene como consecuencia que sus familiares, amigos y colegas lo traten de "buen viajero"; tiene como trasfondo un paseo histérico con el mapa rutero en la mano por los paisajes más renombrados de un país nuevo (que bien se sabe, o por lo menos yo aprendí hace años, que no son siempre los mejores). El paseo histérico, mediante una excesiva valoración del tiempo (según Hesse, en esto consiste precisamente la seriedad), se traduce también en un consumo histérico, apurado, de comidas, bebidas y souvenirs. Todo esto queriendo ser no más que descanso de la rutina que se abordará, nuevamente, ni bien el viajero presionado tenga la obligación material de volver. Siempre me asqueó un poco como los noticieros porteños (a saber, los que consumimos en todo el país) llaman "escapada" a esos viajes que los hombres de negocios de la ciudad hacen en los findes largos, metiendo a sus familias en la camioneta polarizada y alquilando por internet cabañitas cuatro estrellas apenas más allá del conurbano, para volver el lunes a la noche sin picaduras de mosquitos por su impulso irrefrenable del Off a cada minuto y esquematizando mentalmente la semana de oficina mientras los nenes duermen en el asiento trasero y la mujer ceba mates larguísimos. Todo esto es una imagen mental y no anhelo a ajustarla exactamente algún caso; sin embargo, tengo una sensación extraña de que a más de uno le ha pasado. Esos, a mi parecer (porque leer es escribir) son los viajeros esporádicos contra los que Hesse tira sus dardos envenenados.
Viajar es una actividad común entre todas las personas de la cultura de la que formo parte. Cultura que es difusa y, en realidad, tiene las fronteras muy mal marcadas; esto está bien, porque uno siempre está con un pie en una y un pie en otra, y en definitiva (dado que son construcciones sociales, sistemas que quieren aparentar ser orgánicos) uno edifica su existencia en base a la influencia de cada una. En fin, todos quieren viajar. Todos quieren (más o menos histéricamente) conocer; todos tienen miedo a viajar sin tiempo y sin plata, a viajar sin alojamiento, diciendo que atravesar páramos desolados y cargando el mínimo de equipaje es cosa de hippies o, lo que es lo mismo, jóvenes que viven en su utopía y maman de la billetera de los papis. Este desprecio, a mi parecer, es incompleto; cada uno de los self-made men que desprecian la ociosidad del otro guarda un poco de envidia por ver su (esperanza de) vida tan eficientemente organizada. En realidad, dice Hesse, la belleza de viajar reside en momentos en los cuales uno se siente uno con dos partes que son muy parecidas en esencia: la cultura y la naturaleza nativas de un lugar. "A la naturaleza le cuesta tanto como a la cultura y el arte echarse a los pies de uno, y llega a exigir del ciudadano una entrega infinita antes de develarse y entregarse a él", dice en la segunda página del ensayo breve.
Todo esto, a la hora de organizar las vacaciones (averiguaciones por Internet, consulta de disponibilidad de pasajes aéreos, cartas a familiares que querramos visitar) parece muy abstracto y por completo inútil. Dicho en un solo sintagma: poco práctico. Pero Hesse es poco práctico en muchos sentidos; poco le importa ser práctico, del mismo modo que alega que al artista poco le importó, a lo largo de la historia, destacarse económica y socialmente (consecuencias anheladas de la practicidad, tengo entendido). Lo más profundo de nuestra personalidad se refleja en la devoción que tenemos a lo sublime, y esta devoción se observa con muchísima frecuencia cuando absorbemos lo sublime de un lugar nuevo; "desautomatización", dirían los teóricos. Simplemente se trata de redescubrir, salvando las diferencias abismales entre una cultura y otra, verdades humanas hace mucho tiempo olvidadas. Todos somos, en definitiva, ciudadanos del mundo; los viajes son una buena oportunidad para recordar esta premisa por momentos inmasticable. De ahí la nimiedad que constituye alojarse en un hotel internacional con mozos que hablen nuestro idioma, y salir a comer la misma comida de siempre en lugares acondicionados para turistas. Dos o tres veces aterricé en el hostel acá en Córdoba, y me miraron con cierta extrañeza burlona porque salía a caminar por la ciudad, siempre encontrándome con gente que había venido a ver, en vez de contratar con muchísima curiosidad las excursiones a la casa del Che en Alta Gracia o los recorridos diurnos por las sierras para la tirolesa o el bungee jumping.
Acá Hesse aborda un hecho importante que a mi vez me parece más que importante. Califica de pecaminoso y ridículo a aquél viaje hecho sólo por vagabundear en territorios desconocidos. Me pareció inferir de sus palabras que uno recibe los lugares nuevos cuando hay un vínculo afectivo de por medio; viajar en soledad es muy bueno, pero la experiencia es más profunda cuando se da en comunidad. Viajé mucho para ver gente que quería ver en distintos lugares; este "viajé mucho" en realidad quiere decir algo como "la mayoría de los viajes que hice a voluntad fueron para eso". Quedan dos o tres viajes contando los que hice con mi familia y esa vez de mochilero al sur; muchas veces pensé, por lo demás, que este último hubiera sido mucho más interesante de tener una motivación afectiva para ese viaje. Haber llegado a algún lugar como meta, en vez de ver qué tan lejos podíamos llegar en lo que respectaba a tiempo y plata (no sé si a esto se refería Hesse). Y aquí vuelvo al viaje a Misiones hace un mes: en principio tenía muchas ganas de ver a esta amiga que está viviendo allá, y de paso, conocer un poco el paisaje de esta provincia que (como mencionaba en la entrada) siempre me pareció asquerosamente atractiva; lo que más recuerdo del viaje es caminar por la ciudad, tratar de conocer la nomenclatura de sus calles, y que me llame la atención su arquitectura estrafalaria, casi surrealista, lo único de lo que los posadeños no se jactan lo suficiente. (Ejemplo clarísimo: el arroyo corriendo sobre el techo de una casa, que vi cerca de la Costanera cuarto tramo). También agradecí el hecho de que mi amiga supiera dónde estaba parada, de manera que uno pudiera ir repitiendo sus palabras, que al principio son mecánicas, para poder sentir como que está hablando una lengua extranjera y efectivamente comunicándose; me pasó en Salta, en Santa Fe, en Córdoba y quizás también en Buenos Aires. Todos estos lugares, ahorrando o no mi dinero, visité para visitar; en Córdoba el encantamiento caló tan hondo que decidí elegirlo para vivir acá toda la vida y ahora comprendo por qué esta empezando a perder su encanto. Ya no es un lugar nuevo, ya es mi casa; ya obedezco a sus rutinas, ya su gente no me guarda tantos misterios como antes, ya lo sublime dio paso a lo cotidiano. Ya es ciudad-pragmática. No pierde su encanto, porque una ciudad no deja de ser hermosa per se, pero ya no soy un viajero. Y las experiencias, en realidad, ya son costumbre; esto es peligrosísimo y decepcionante, aunque necesario. En Hesse aprehendí el eco del sentimiento que tienen los grandes viajeros que conocí, y también el sentimiento (pequeñísimo, burdo, incipiente, pero real) que tuve yo al saborear cada parada del camino que conducía a una meta, que en cada caso fue distinta. Amo viajar, y todo el mundo puede alegar que ama viajar; pero, como todo en la vida: ¿significa lo mismo para todo el mundo?


Epócrato

Las caminatas más lindas de la ciudad no las necesité inventar y las viví de mañana con un amigo que ahora está lejos; de todo dicen de él todo el tiempo, de las cosas más variadas, más profundas, más dolidas y más excelsas, en tres o cuatro provincias diferentes. Yo lo admiro, pero nos tratamos de igual a igual; e incluso coloquialmente, tratándonos de igual a igual, haciendo nuestro humor bajo y tonto. Como pasa con muchas personas, pero ninguna que haya conocido tan hace poco y tan rápido. (Las drogas, a veces, aceleran un proceso de amistad que es incipiente y de repente, como un clic, se hace profundo. Esas cosas místicas pasan en las ciudades grandes y no en los pueblos del nordeste donde los hechos son cíclicos, lentos y aburridos).
En fin, paseamos mucho. Y se me viene a la mente ahora una terraza de noche despejada, y una terraza de frío otoño, pre-tormenta; hoy estaba tratando de recordar cuándo fue la primera vez que fui a Barrio Jardín y recordé que fue con él, los dos muy borrachos, tratando de encontrar el camino a su casa. La casa comunal que habían alquilado. Dos o tres días después, por cuestiones de trabajo, volví a esa casa, toqué timbre y no atendió nadie; él bajo de un taxi cuando yo ya me disponía a irme, y como no había nadie tuvo que saltar la reja y abrir desde adentro. Esas cosas se recuerdan, como si fueran los Wanderjahre hace sólo dos o tres meses; ahora que está lejos (y aunque estuviera cerca las cosas no serían materialmente lo mismo) esas cosas se extrañan. Cabe decir que no tocaba Green Day en la Meggie hacía dos años antes de esa tarde en la terraza, donde nos rajaron con policía y todo si mi memoria no me falla; tampoco había visto una tormenta tan de cerca. Después como pudimos tuvimos que arreglárnosla bajo la lluvia para volver; éramos dos guitarras y sus guitarristas empapados, tratando de encontrar un taxi porque nos ubicábamos pero nos mojábamos con cada rueda cordobesa que se aventuraba por una calle estrecha e inundada.
Las caminatas más lindas por Córdoba, ciudad que conquistó mi corazón desde el vamos, son a la mañana, sobrio; esas cosas que desacomodan la rutina de los prójimos, los contemporáneos y los cosufrientes. Nos hace mirar distraídamente la vereda corroída, los ojos viejos de las jóvenes, los autos que nos llenan los zapatos lustrados de su humo negro sucio y apestoso. Pero pasa en todas las ciudades. No sé qué la hace especial si no es la historia.

Hoy aprendí ladrillos

Hundirnos hasta las rodillas en el barro, sea cual sea el color del barro
a todo o nada. Es la pelea. Hoy descubro que no tengo imaginación
que no es lo mío imaginar cabañas y arroyos, y mañana caminaré por el sendero
que me queda libre, así no sea el más transitado o el menos, sino simplemente el indicado.
¿Y cómo sé que es el indicado?
El mundo es una construcción semiótica. Todo es signo,
todo es significado. La emoción que siento al ver gente que sabe lo que hace
y sabe hacerlo bien, es una construcción semiótica;
significa. Y significa que eso es lo que quiero,
que eso es lo que me conmueve, que ése es el charco del lodo en el cual
quiero bañarme hasta las rodillas, sea donde sea que eso me lleve.
Y es un camino largo y en realidad, no sé si hay caminos paralelos
si uno se condena a eso una vez y de por vida
y en adelante todo es obstinación y desmesura
por querer mantener, caprichosamente, una decisión nimia
efectuada a la edad de diecinueve años;
no sé. Pero lo que falta a este mundo
a mi parecer, es gente que por el cielo quiera pasar por el infierno
que quiera efectivamente SER algo, y no tenga miedo de afrontar
las decisiones que son las definitivas, porque ya he descubierto que en el mundo
poquísimas cosas son irreversibles, porque las reversibles
son también las más mundanas
las más comunes
y por tanto las más numerosas.
El sendero poco transitado está lleno de cosas que no son mundanas
que obedecen a un destino que, como sabemos,
es irreversible, es inexorable, es implacable
es corrosivo, invasivo,  definitivo.
Determinante.
La gente que tiene miedo a su destino es especialista en mantenerse
toda su vida tambaleando entre el sendero seguro
y los dos o tres senderos-alternativa
sobre los cuales puedan tranquilamente ir a tomarse una cerveza
con sus amigos del secundario, que conocen hace ya treinta años.
Así uno envejece sin hundirse, sin elevarse,
sin preocuparse demasiado, sin involucrarse en uno mismo
sin obedecer a una obsesión profunda
la más instintiva y humana de las emociones que alguna vez surgieron
en una cabeza atisbada de sensaciones del mundo;
ignorándola deliberadamente por temor a que sea la equivocada.
Pero, ¿qué fue lo real? ¿Qué fue lo acertado?
Una vida de mesura
pero mesura cobarde. No mesura prudente.
Es que el mundo está lleno de signos que nos definen con totalidad
por ser nosotros vinos añejados en el barril que forma
la bóveda celeste. Y nos conoce porque nos crió y nos define.
La emoción que nos evocan los hechos del mundo
tanto los sucedidos como los productos como las creaciones
(dadas en la observación del mundo y en su eco,
que queremos llamar imaginación
que es nuestro mundo interior, cada uno matizado como cada uno es matizado)
son nuestros significados.
La cuestión está en interpretarlos
asirlos,
pensar que en ellos está marcado el sendero que seguimos
ya sin miedo, porque es un sendero que construimos
y en la amnesia de nuestro nacimiento y nuestros diecinueve años de idiotez
no nos recordamos a nosotros agachados sobre la tierra del sendero
marcando su trayecto sinuoso
ladrillo
a ladrillo.

19.8.12

Dead poets society (excerpt)

JOHN KEATING.No leemos y escribimos poesía porque es "linda". Leemos y escribimos poesía porque somos miembros de la raza humana. Y la raza humana está llena de pasión. La medicina, el derecho, los negocios, la ingeniería, todas esas son nobles carreras y necesarias para sostener a la vida. Pero la poesía, la belleza, el romance, el amor, esas son cosas por las cuales nos mantenemos vivos. Para citar a Walt Whitman, "O me! O life!... of the questions of these recurring; of the endless trains of the faithless... of cities filled with the foolish; what good amid these, O me, O life?" La respuesta: que están acá — que la vida existe, y la identidad; que la poderosa obra sigue y pueden contribuir con un verso. ¿Cuál va a ser su verso?

16.8.12

Reafirmación vocacional

Cuando estudiás una carrera inútil
no te queda otra que adoptarla como modo de vida,
¿no es cierto?
Llevarte un cuaderno naranja
y anotar todos los nombres que te parecen interesantes,
¿no es cierto?
Tener la bibliografía fotocopiada -burdo
para ver si ahí encontrás pistas de como vivir tu vida,
¿no es cierto?
Tener contacto con los que dicen que son genios
y para tu abuela no serían más que borrachos franceses
que deambulan en la ciudad sin arreglarse la camisa
y mirando perdidamente las galerías de vidrio,
¿no es cierto?
Y todo eso representa un mundo nuevo
mediante el cual vos tenés contacto
con las más humanas emociones
¿no es cierto?
De ahí derivamos al nombre de la facultad
y por eso no podés hacer menos que amarla
no encontrarla prosaica porque
tu decisión de pertenecer no es prosaica.
No podés evitar la incertidumbre
de qué vamos a hacer mañana
porque hoy posmo está todo perdido
ya no hay borrachos franceses
ni genios perdidos
ni metamorfosis de Fausto
(se agotaron en el mil ochocientos)
ahí va de nuevo:
¿qué nos queda?
Amar lo que tenemos
¿cómo amamos?
Poniendo cara linda,
nos queda
adoptarla como modo de vida
a ver si deja de ser tan inútil.
Encontrar la respuesta en cada uno de nuestros libros
pobres
fotocopiados
tercermundistas
distribuidos precaria pero equitativamente.
(No soy boludo: no viajé mil seiscientos kilómetros
para hacerle asco a los libros).
A ver si, en conjunto, nos dan alguna respuesta
apartando, en lo posible,
esa inercia nada enérgica,
esa resistencia inicial.
Merced a una corazonada de que en lo que va a ser explorado
(nos instan, es cierto, pero en última instancia nos instamos)
brillan quinientos soles y medio.
("¿ES POSIBLE EXIGIR DEL ARTE UN CARÁCTER UTILITARIO
SI NO EXIGIMOS LO MISMO DE LA VIDA?")
Que se peleen los rusos.
Soy ¿ingenuo, idiota, infantil, oveja?

¿No es cierto?

15.8.12

Método I

Ayer escribí al pasar sobre la "energía indefinible" que se tenía que diferenciar de las formas de energía tradicionales (las que se encuentran en la naturaleza, y mueven autos donde la gente duerme).
Saqué la primera conclusión de que es una energía común a muchísimos sucesos y a muchísimas personas, pero se muestra de formas tan diversas que su apoteosis es tan complicada como su estudio; de por sí, no se le ha dado un nombre unificado. Y sin embargo, no podemos ignorar que existe; ignorar que existe, enfáticamente, enérgicamente, sería solamente una de sus manifestaciones.
Y cuando la mencioné ayer por primera vez por escrito me intrigó más que nunca tratar de aprehender sus alcances. ¿Es un fin, o un método? ¿Es algo para lo cual tengamos que vivir, hacia lo cual tendemos, o de lo cual eventualmente querramos escapar? ¿Hay gente que pueda, sinceramente, sentirle antipatía? ¿Hacia dónde irían esas vidas?
Esa energía es la energía que tienen las personas en el momento en el cual están haciendo algo bien. Tengo un amigo que tiene pánico de hablar en público; cuando tiene que contar un chiste, se pone nervioso, comienza a transpirar, lo cuenta horriblemente y quiere meter su cabeza en un agujero. En el grupo de amigos lo entendemos y lo ignoramos o lo aplaudimos según el caso. Y sin embargo, le encanta bailar solo. Y cuando baila solo, sale de sí mismo, transpira ya pero de gloria, trasluce el movimiento preciso en el golpe preciso y cierra los ojos como ignorando su propio desenvolvimiento.
Se me ocurrieron ejemplos primos de los más dispares; estoy seguro de que son todos la misma energía. Un grito es una manifestación muy básica; un grito de guerra es una muestra de que el guerrero está bien despierto, y tiene todo a su alcance. Las personas que sientan esta energía son, a mi criterio, las que más acordes podrán vivir tanto a sus instintos como a su razón; la realización de esta energía es como el optimismo desmedido que nos señala que transitamos el camino correcto en el momento correcto (coincida o no con lo éticamente correcto), es como entusiasmo, pero no sé si precisamente eso. Es, ya lo digo, sentir que las cosas se están haciendo bien. Tres acordes correctos en la guitarra, entonación de la voz, mirada de la interlocutora que queremos conquistar con el canto; el olor de una biblioteca a la siesta, un día gris (para algunas personas, es el lugar correcto; para mí sobre todo); una rosa puesta en un florero azul sobre la mesa, merced a una razón que nosotros conocemos muy bien. La energía tiene alcances, productos; tiene personas, agentes, sobre los que se manifiesta, tiene consecuencias, tiene fines, tiene objetivos. Es efímera, pero renovable; y aparece, muchísimas veces, en momentos inesperados. Manejarla, como se maneja un público, es una técnica. Hay que saber mesurar nuestras pasiones, ser medidos con nuestros métodos, y saber qué camino tomar y qué camino no. Hoy pensé muchísimo sobre la energía, y ya ni siquiera sé a qué estoy catalogando con el nombre 'energía'; le voy a inventar una palabra nueva que venga de un idioma eslavo o altaico (se me ocurrirá en un momento de inspiración, muy parecido, acaso subordinado, a lo que quise llamar 'energía' en principio). Escribiendo sobre ella es la última forma de asirla; quería advertirles que se puede encontrar en todos lados, menos en la misma posición en la que están ahora. Es una fuerza impulsora de cambio pero se la encuentra en un momento dado de singularización de situaciones, que es como trasponer el arte de su campo natural (lo material) a la propia esencia de la vida.
Les dejo ejemplos puros.


Nico, icon

Los documentales musicales me emocionan seguido; los miro muy seguido. Emocionar en mi opinión no es sólo reducir a lágrimas sino generar alegrías gigantescas o despertar un profundo espíritu crítico sobre mi existencia y (lo que yo creí en algún momento que era) mi auténtica vocación. Básicamente, despierta esa "energía", que me cuesta muchísimo definir pero veo en todos lados, y estoy bastante convencido ya de que es la misma energía en cada caso en la que la veo. Me sorprende que nadie se haya molestado en separar conceptualmente ese tipo de energía de otras muchísimo más banales, como esas que se extraen del petróleo o de las olas del mar. Que también tienen energía, pero es de otro orden menos humano.
La semana pasada vi un documental sobre Nico, la warhol superstar afiliada a la Velvet Underground para su gran primer disco. Fui por auténtico interés, ese intrépido interés que nos lleva a consumir todo lo relacionado a una cosa (y ya consumí bastante ese disco), esperando encontrar algo muy bien logrado. Estilísticamente, no lo encontré; sin embargo el documental (me pidieron que lo compare con No Direction Home y no es muy parecido) es bastante humano, cala profundo en la vida de la atormentada Christa Päffgen porque tiene entrevistas con gente muy cercana a ella. No me gustó nada más que la parte técnica: especialmente, cuando alguien decía una cosa y esas palabras aparecían en la pantalla. No estoy hablando de subtítulos, sino de un GRAN TÍTULO resaltando una idea que podría haber estado genial sin esas letras gigantes semitransparente tapando los ojos de la persona que decía la palabra en el momento crítico. Algunos planos tampoco me gustaron (ya dije que no sé nada de cine); de la banda sonora no hay mucho que pedir, porque Nico fue 50% musa 50% música, y hubiera sido tonto no poner música propia de ella o de sus secuaces en la película. No hubiera sido tonto, quizá, incluir música ajena a lo esperable.
Acerca de la música quiero destacar una sola cosa. La ultimísima escena de la película, simultánea a los créditos (y esto no es un spoiler, sino que ya pasó todo lo bueno, el "clímax" diríamos y éste es sólo el cierre de una hora y media de emociones intensas). Consiste en una escena muy simple, en muchos sentidos: John Cale con un piano de cola, en un salón casi vacío a excepción del propio piano y un cuadro en la pared. Esto me llamó la atención; quién tendría un galpón gris tan grande y feo para tomarse la molestia de instalar ahí un piano, colgar un cuadro e invitar a John Cale. De cualquier manera, lo que tocaba John Cale es lo que me interesa; un cover de un tema de Nico que se llama "Frozen warnings". Uno lo escuchaba, y se perdía en sus dedos, y no recuerdo un solo nombre de los créditos de la película. Para la producción, esto debe estar muy mal. Pero para nuestra apreciación de aficionados, que de última conformamos mayoría, esto está muy bien; John Cale toca, nada improvisadamente estoy seguro, una versión muy refinada del tema de Nico que en realidad, como todo en ella, es bastante precario. Y por un momento, el sonido lo aísla a uno de todo el mundo exterior. Así la persona que tengas al lado haya llegado a conocer profundamente tu persona; John Cale es una isla, nosotros somos islitas mirándolo tocar. Cada nota es una nota totalmente nuestra, inalienable como nuestras uñas. Asidas con fuerza, nunca compartidas, nunca comprendidas. Mañanas permafrost o noches calurosas (lo mismo da) en algún lugar que sólo nosotros conocimos y cuya descripción no podría pasar de una tentativa.
Recomiendo la película como se recomienda alguna película medianamente buena: por cuestiones de cortesía.


14.8.12

Precipitación tricordial

Decisión noble (diríase quijotesca, apartando lo loco) de los gorditos de traje que administran Youtube de dejar difundir vídeos de extensión mayor a diez o quince minutos. Ahora depende de la paciencia o de la conexión de Internet de las que disponga el interesado en subir; en muchísimos casos, Dios sabrá por qué, ambas abundan. Así hoy encontramos álbumes completos en Youtube sin problemas y lo que es mejor, recitales en vivo. Generalmente uno paga para estos deleites audiovisuales, pero hecha la ley hecha la trampa. (Y si uno nos gusta especialmente, como el que les voy a comentar ahora, lo conseguimos por la web en cuatro partes por si alguna vez nos cortan la Madre Red por falta de pago. Y chau picho).

A punto de levantarme para hacer un café, me puse a ver qué canciones del repertorio popular podía sumar al repertorio personal, que es un cruce de muchos caminos como diría Terry Eagleton. Siempre fui muy egoísta en esas cosas, y siempre me llevé muy bien con las personas que toleraban esto; porque no sólo tocando sólo canciones que a mí me gustaban les complacía, sino también tocando lo que yo tenía ganas de tocar en ese momento. Dos o tres veces me pidieron Heroina y aunque es mi canción favorita en todo el mundo, no la quise tocar porque para ser sincero me aburren esos dos acordes. Con el saxofón, como siempre, la magia es muy otra y me subyugaría a un saxofonista con los ojos cerrados y sin un arma en la sien.
El repertorio popular incluye lo nacional, y lo nacional incluye (hasta cierto punto, es) Charly García. Y Charly García incluyó en su repertorio alguna vez el tema Rezo por vos; tema escrito primeramente para un disco que iba a editar con Spinetta y que al final nunca salió. Terminó incluyéndolo en alguno de sus otros discos que también está en Youtube, así que debe valer la pena por lo menos para la erudición. Terminó incluyéndolo también, felizmente, en el Unplugged de MTV que TAMBIÉN está en Youtube, y es el que quiero instarles a ver: mientras yo saco el arpegio tan feliz y fácilmente (según mis cálculos es una canción de tres acordes que nada tiene para envidiar a Blitzkrieg Bop porque es así de tan poco técnicamente exploradora), disfruten [¿quiénes son ustedes?] esta belleza. Mi primer contacto con ella fue una noche que estudiamos para un parcial de literatura clásica, "la noche del balcón", y Charly funcionó como música funcional porque cada uno tenía que elegir un disco y (no sé quién) hizo una elección muy buena. A todos les gustó tanto para estudiar que le dimos bis y nadie lo escuchó una vez más. Pero realmente lo empecé a amar cuando, una mañana muy lluviosa en Misiones, viajábamos con el auto en dirección oeste pro Brasil y las nubes no nos dejaban ver el paisaje. No nos quedaba otra a los pasajeros que encerrarnos en la melodiosidad de nuestro auto, también gris (así que disfrazado) mientras la selva verde a ambos lados se hidrataba en el abrevadero del cielo (?) Charly nos calmaba, calmaba la emoción previa a ver las segundas cataratas más lindas de la provincia vecina, a la vez que tomábamos unos mates zarpados en amargo (como a mí, personalmente, me gusta) y los nenes dormían, tranquilos. Podíamos leer; pero nadie quería. De fondo sonaba Charly, y esta vez, con la lluvia de afuera arreciando, se escuchaba en serio.

No más palabras, déjenme con mi café. Aquí el recital completo, voy a escuchar mientras bato (tratando de batir, por la hora, lo menos impetuosamente posible). Rezo por vos es el segundo tema, minuto 4:23. Lleno de easter eggs por todos lados, como olvidarse una estrofa completa en un tema del popurrí de Seru Giran.


13.8.12

Cervantes, el fin

Lo hacía como si fuera poca cosa el polvo y el olor a encierro que entraba por mi nariz y al que ya estaba acostumbrado. Llegaba al mediodía, siempre con la comida mal acomodada en el esófago, con esa responsabilidad del nuevo laburante (hasta el último día fui el nuevo, además de ser desde el primer día mi propio jefe). Ganaba tiempo perdido corriendo dos cuadras desde la parada de bondi, siempre escuchando Zappa, intentando no saludar a los alumnos. Al entrar, el orden era sagrado, y generalmente no se interrumpía: las luces fluorescentes primero / [los ventiladores, o por lo menos uno] / la luz de la "sección prohibida al público en general" (mera acumulación de volúmenes de Oscar Wilde e Ilíadas ilustradas) / las ventanas del fondo. Los papeles con reclamos y los libros que había dejado para leer el día anterior, todos sobre el escritorio; mi carpeta, con las cosas que había escrito, y un pegajoso olor a yerba. Siempre trataba de ir por el café en la primera hora, que era la más tranquila; el mundo sabe que los nenes, amodorrados, duermen en el primer módulo y ya para el segundo son bestias sedientas de sangre que no canalizan su emoción sino hinchando las pelotas a sus superiores, por deporte. Para mi mala suerte, esta vez el superior era yo. El salto cualitativo, casi irónico, consistía en que yo había egresado nada más que el año anterior.
Quizás cueste notar en este texto breve los tonos de nostalgia, pero están; sino no estaría escribiendo esto, tan apurado como estoy (entro a clase en una hora diez y todavía no leí todos los textos que eran obligatorios para el fin de semana). Aparte, estoy de muy mal humor, y en mi ingenuidad pensé que Charlie Parker con su saxo ardiente calmaría mi mal humor; no sé si lo calmó, pero me trajo mucha nostalgia, ganas de caminar por la Cañada, el día está nublado, hace muchísimo calor. La siesta es tranquila, y ya quisiera que sea también silenciosa, es todo lo que pido. Es agosto; casi se está por cumplir un año que comencé a trabajar en la biblioteca Cervantes del Instituto Pío XI. Ahora pienso qué dudas tuve acerca de mi vocación eternamente académica, durante el principio del año; bastó ojear dos o tres trabajos posibles (y uno real) para darme cuenta que ese aburrimiento, ese silencio, es precisamente el lugar donde uno podría estar, a riesgo de ser considerado aburridamente funcional para una civilización en crecimiento. No trabajaría ahí toda mi vida, sería efectivamente perderme cosas (¿qué hacer con la vida? ¿ir al teatro los jueves? ¿tomar mates en la costanera los domingos? ¿levantarse de la silla para comprarse una sopa Knorr Quick cerrando la biblioteca con llave en esos diez minutos para que los alumnos locos no entren?). Meses-bisagra; aunque en el tedio de la cotidianeidad hayan pasado desapercibidos, realmente me configuraron. Ahora veo los papeles que escribía y este yo, histriónico y acelerado, no podría escribir algo mejor. Realmente, dijo Lamberti que se escribe mejor en el silencio (realmente, dijo Goethe que el talento se cosecha mejor en la calma). También fui buen lector, aunque ahora soy buen lector, todo lo buen lector que puede ser un amo de casa padre primerizo de un hijo felino muy problemático (causa de mi mal humor del momento que felizmente estoy canalizando en creaciones y saxofones). Ahora quizás soy más espiritual por ponerme en contacto con el mundo, la verdad no sé; qué ganas de volver para viajar con la mente, mediante enciclopedias, hacia el Egipto Antiguo y ver los mapas viejísimos, que ya ni se usan, donde se describía Europa en el año 711 o la topografía detallada de los Países Bajos. Si eso no es espiritual, qué es espiritual. Quizás ya he confundido las nociones, y en mi obstinación de viejo (porque me viven diciendo que en muchos sentidos soy un viejo de mierda), ya ni me interese saber qué es lo espiritual. Teniendo en cuenta la mar de valor que le ponen los hombres histriónicas de la nueva era. Lo único que tengo claro es que quisiera estar ahí, tan libre y tan atado, reflejo de cómo aparentemente voy a vivir el resto de mi vida terrenal, hasta que muera y vea qué puedo hacer con todo el tiempo que me sobra.

10.8.12

Seis siete cero

Un amigo que se llama Maxi vive en un departamento con aire viejo como esos que describí hace dos meses. Ayer estaba paseando por la parte más lejana del departamento (a saber, es todo como un gran pasillo: donde el baño no es más que un obstáculo y donde todo conduce, indefectiblemente, a la ventana del fondo desde la cual uno aprecia ese vacío teñido de colores amarillentos que tanto nos llamó la atención alguna vez, en un balcón ajeno). Representa un 'kitsch' como tantas otras cosas: es todo lo que el mío no es, y quisiera ser pero no es, y podría ser salvo el hecho de que no será nunca.
Quise escribir sobre él. No estoy en el mejor de los estados mentales (me sorprende que haya podido leer sin rendirme dos entradas de un blog muy bueno) dado que dormí dos horas usando una frazada de almohada y acto seguido fumé un camel, tomé un café más negro que la muerte y salí ora picando ora arrastrándome a una clase ora aburrida ora interesante sobre la institución educativa desde la modernidad.
Dormí ahí. Es increíble lo solitario que puede ser el final del pasillo, cuando uno va con los auriculares escuchando el Sandbox, sabiendo que para dormirse, y se mira alrededor a la habitación muy pequeña donde se está totalmente solo. (Luego va llegando gente. Siempre que duermo ahí es porque los otros cinco amigos están durmiendo en el living mirando La isla siniestra o dándose lecciones de lingüística sexopatológica). El desorden que predomina en la habitación pequeña es característico y hermoso. Hago un inventario torpe. Un armazón de hierro de una silla sin respaldo (vaya uno a saber dónde quedaron los respaldos; mi inventario no fue exhaustivo). Colchones rasgados, que dejan a opinión pública su amarilla espuma que se te adhiere a la espalda en el R.E.M. si justo caíste con poncho de lana. Una mesa muy vintage que tiene una imagen de una pareja, creería incluso que de una publicidad vieja, que hoy justo acomodamos en un rincón junto al placard que dicen que lleva a Narnia. No vi el techo ni el suelo; tan llena de cosas dignas de mencionarse está la habitación al nivel de la vista. Hoy quise abrir el ropero que la pared trajo incorporado, buscando una guitarra partida al medio que dejé arriba de la cucheta izquierda, y me cayó una caja rosada en la cabeza. Había dos camisas colgadas en un perchero; estilo normal salvedad hecha de que son simplemente dos.
No quiero publicar intimidades de Maxi, esto es simplemente a motivos estéticos. Más que nada para probar qué tan capaz soy de transmitir imágenes, ya que veo que no pude transmitir olores.

9.8.12

Transición

Uno primero necesita probar el arroz para ver si ya está listo; deja las cosas sin limpiar porque no sabe cuál de los detergentes es el más apropiado y por si fuera poco llega un gato a ensuciar la casa con un mal olor que no se va con sahumerios (rudimentaria técnica que uno ya tenía aprendida, y en realidad es la única que uno domina plenamente).
A mitad de año se rompe la cama y es hora de una reacomodación total en los muebles de un reino que es el propio, totalmente hasta el último rincón. Para julio, cuando se vuelve, uno se memorizó ya todas las cosas que uno ve por la ventana. Así a veces haya hermosas excepciones, como un hombre alto y rubio que pasa totalmente solo, tocando una armónica vieja. O esas minas que gritan sin más razón que su ebriedad histriónica, seguidas de chicos altos y bien afeitados que les sostienen los abrigos pensando que ejercen el mejor trabajo del mundo.
De a poco uno se va enterando dónde son los cines más baratos; de a poco uno va extrañando la ciudad de donde viene (para después volver y redescubrir que es un bodrio), de a poco uno va adoptando una nacionalidad que no viene muy prevista en los papeles. Ya hay esquinas, increíblemente, que recuerdan a personas, y con esas personas ya la relación se arruinó. Figúrense, un proceso que pensábamos que iba a llevar meses y meses, ya está completo (ya, incluso, se pasó a otra cosa). Ya descubrimos el amor por la academia; eso que con su rigidez primero nos repelía un poco, ahora se nos presenta como la intuición de una mina de oro sin explotar.
Ya incluso se consiguió un trabajo que no prosperó, la semana más fea de la estadía que casi se asemeja a unas vacaciones; prueba de esto es que las vacaciones de repente se hacen insufribles y uno quiere a toda costa volver a la rutina.
La vida es una transición constante, menos de lugares que de estados de ánimo; "on ne regne pas sur l'âme qu'en calme". Todo lo que nos sobreviene, sea que lo consideremos casualidad, causalidad o esos nombres vacíos (que según Derrida son una copia de una copia de una copia) es para nuestra vida y toca asumirlo, porque decir que algo nuestro es ajeno a nosotros es negar nuestro hígado, caer en el autoengaño, tomar de estúpida a nuestra conciencia que todo lo sabe.

Abelardo Castillo, 2004. Métodos.

En mi niñez, yo recuerdo que cuando entré en el colegio Don Bosco estaba leyendo Robinson Crusoe; un Robinson Crusoe en una edición para niños, y con Robinson verdadero, que me fue prohibido en el Don Bosco ya que hay un momento en el que Robinson descree de Dios cuando llega a la isla y parece que ésa no era lectura para chicos que aspiraban como yo a ser santos, ¿no?
Y luego empecé a leer desaforadamente todo lo que caía en mis manos, con un método que se lo aconsejo a todo el mundo: cuando un autor me gustaba, trataba de ver cuáles eran los autores que a ése autor le gustaban. Si a ése autor le gustaban determinados autores, necesariamente me tenían que gustar a mí, ya que a mí me fascinaba la obra de ése hombre. Con eso, fui creando FAMILIAS ESPIRITUALES; y como a casi todos los grandes autores terminan gustándoles casi todos los grandes libros, finalmente terminás adquiriendo eso que se llama CULTURA, aparte de lo que yo llamaría una familia espiritual.

(Entrevista realizada en Congreso, Buenos Aires
noviembre de 2004) 

7.8.12

Eugène Ionesco


SRA. MARTIN:—Puedo comprar un cuchillo de bolsillo para mi hermano, pero ustedes no pueden comprar Irlanda para su abuelo.

SR. SMITH:— Se camina con los pies, pero se calienta mediante la electricidad o el carbón.

SR: MARTIN:— El que compra hoy un buey tendrá mañana un huevo.

SRA. SMITH:— En la vida hay que mirar por la ventana.

SRA. MARTIN:— Se puede sentar en la silla, mientras que la silla no puede hacerlo.

SR. SMITH:— Siempre hay que pensar en todo.

SR: MARTIN:— El techo está arriba y el piso está abajo. . .

SRA. SMITH:— Cuando digo que sí es una manera de hablar.

SRA. MARTIN:— A cada uno su destino.

SR. SMITH:— Tomen un círculo, acarícienlo, y se hará un círculo vicioso.

SRA. SMITH:— El maestro de escuela enseña a leer a los niños, pero la gata amamanta a sus 
crías cuando son pequeñas.

SRA. MARTIN:— En tanto que la vaca nos da sus rabos.

SR. SMITH:— Cuando estoy en el campo me agradan la soledad y la calma.

SR: MARTIN:— Todavía no es usted bastante viejo para eso.

SRA. SMITH:— Benjamín Franklin tenía razón: usted es menos tranquilo que él.

SRA. MARTIN:— ¿Cuáles son los siete días de la semana?

SR. SMITH:— Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo.

SR: MARTIN:— Edward es empleado de oficina, su hermana Nancy, mecanógrafa, y su hermano William, ayudante de tienda.

SRA. SMITH:— ¡Qué familia divertida!

SRA. MARTIN:— Prefiero un pájaro en el campo a un calcetín en una carretilla.

SR. SMITH:— Es preferible un filete en una cabaña que leche en un palacio.

SR: MARTIN:— La casa de un inglés es su verdadero palacio.

SRA. SMITH:— No sé hablar en español lo bastante bien para hacerme comprender.

SRA. MARTIN:— Te daré las zapatillas de mi suegra si me das el ataúd de tu marido.

SR. SMITH:— Busco un sacerdote monofisita para casarlo con nuestra criada.

SR: MARTIN:— El pan es un árbol, en tanto que el pan es también un árbol, y de la encina nace la encina, todas las mañanas, al alba.

SRA. SMITH:— Mi tío vive en el campo, pero eso no le atañe a la comadrona.

SR: MARTIN:— El papel es para escribir, el gato para la rata, y el queso para echarle la zarpa.

SRA. SMITH:— El automóvil corre mucho, pero la cocinera prepara mejor los platos.

SR. SMITH:— No sean pavos y abracen al conspirador.

SR: MARTIN:— Charity begins at home.

SRA. SMITH:— Espero que el acueducto venga a verme en mi molino.

SR: MARTIN:— Se puede demostrar que el progreso social está mucho mejor con azúcar.

SR. SMITH:— ¡Abajo el betún!

Después de la última réplica del SR. SMITH los otros callan durante un instante, estupefactos. Se advierte que hay cierta nerviosidad. Los sones del reloj son más nerviosos también. Las réplicas que siguen deben ser dichas al principio en un tono glacial, hostil. La hostilidad y la nerviosidad irán aumentando. Al final de esta escena los cuatro personajes deberán hallarse en pie, muy cerca los unos de los otros, gritando sus réplicas, levantando los puños, dispuestos a lanzarse los unos contra los otros.

SR: MARTIN:— No se hace que brillen los anteojos con betún negro.

SRA. SMITH:— Sí, pero con dinero se puede comprar todo lo que se quiere.

SR: MARTIN:— Prefiero matar un conejo que cantar en el jardín.

SR. SMITH:— Cacatúas, cacatúas, cacatúas, cacatúas, cacatúas, cacatúas, cacatúas, cacatúas, cacatúas, cacatúas.

SRA. SMITH:— ¡Qué cagada, qué cagada, qué cagada, qué cagada, qué cagada, qué cagada, qué cagada, qué cagada, qué cagada, qué cagada!

SR: MARTIN:— ¡Qué cascada de cagadas, qué cascada de cagadas, qué cascada de cagadas, qué cascada de cagadas, qué cascada de cagadas!

SR. SMITH:— Los perros tienen pulgas, los perros tienen pulgas.

SRA. MARTIN:— ¡Cacto, coxis! ¡Coco! ¡Cochino!

SRA. SMITH:— Embarrilador, nos embarrilas.

SR: MARTIN:— Prefiero poner un huevo que robar un buey.

SRA. MARTIN (abriendo la boca de par en par):— ¡Ah! ¡Oh! ¡Ah! ¡Oh! ¡Dejen que rechinen los dientes!

SR. SMITH:— ¡Caimán!

SR: MARTIN:— Vamos a abofetear a Ulises.

SR. SMITH:— Yo voy a vivir en mi casa entre mis cacahuetales.

SRA. MARTIN:— Los cacaos de los cacahuetales no dan cacahuetes, sino cacao. Los cacaos de los cacahuetales no dan cacahuetes, sino cacao. Los cacaos de los cacahuetales no dan cacahuetes, sino cacao.

SRA. SMITH:— Los ratones tienen cejas, las cejas no tienen ratones.

SRA. MARTIN:— ¡Toca mi toca!

SR: MARTIN:— ¡Tu toca de loca!

SR. SMITH:— La toca en la boca, la boca en la toca.

SRA. MARTIN:— Disloca la boca.

SRA. SMITH:— Emboca la toca.

SR: MARTIN:— Emboca la toca y disloca la boca.

SR. SMITH:— Si se la toca se la disloca.

SRA. MARTIN:— ¡Usted está loca!

SRA. SMITH:— ¡Y usted me provoca!

SR: MARTIN:— ¡Sully!

SR. SMITH:— ¡Prudhomme!

SRA. MARTIN, SR. SMITH:— ¡Frangois!

SRA. SMITH, SR: MARTIN:— ¡Coppée!

SRA. MARTIN, SR. SMITH:— ¡Copée Sully!

SRA. SMITH, SR: MARTIN:— ¡Prudhomme Frangois!

SRA. MARTIN:— ¡Pedazos de pavos, pedazos de pavos!

SR: MARTIN:— ¡Rosita, culo de marmita!

SRA. SMITH:— ¡Khrisnamurti, Khrisnamurti, Khrisnamurti!

SR. SMITH:— ¡El Papa se empapa! El Papa no come papa. La papa del Papa.

SRA. MARTIN:— ¡Bazar, Balzac, Bazaine!

SR: MARTIN:— ¡Paso, peso, piso!

SR. SMITH:— A, e, i, o, u, a, e, i, o; u; a; e; i; o; u; i.

SRA. MARTIN:— B, c, d, f, g, 1, m, n, p; r; s; t; v; w; x; z.

SR: MARTIN:— ¡Del ojo al ajo, del ajo al hijo!

SRA. SMITH (imitando al tren):— ¡Teuf, teuf, teuf, teuf, teuf, teuf, teuf, teuf, teuf!

SR. SMITH:— ¡No!

SRA. MARTIN:— ¡Es!

SR: MARTIN:— ¡Por!

SRA. SMITH:— ¡Allá!

SR. SMITH:— ¡Es!

SRA. MARTIN:— ¡Por!

SR: MARTIN:— ¡A!

SRA. SMITH:— ¡Quí!

Todos juntos, en el colmo del furor, se gritan los unos a los oídos de los otros. La luz se ha apagado. En la oscuridad se oye, con un ritmo cada vez más rápido:

TODOS JUNTOS:— ¡Por allá, por aquí, por allá, por aquí, por allá, por aquí, por allá, por aquí, por allá, por aquí, por allá, por aquí, por allá, por aquí!

Las palabras dejan de oírse bruscamente. Se encienden las luces. El señor y la señora MARTIN están sentados como los SMITH al comienzo de la obra. Ésta vuelve a empezar esta vez con los MARTIN, que dicen exactamente lo mismo que los SMITH en la primera escena, mientras se cierra lentamente el telón.



(La cantante calva, escena XI)