30.7.12

Borges sobre Cortázar

Hacia 1947 yo era secretario de redacción de una revista casi secreta que dirigía la señora Sara de Ortiz Basualdo. Una tarde, nos visitó un muchacho muy alto con un previsible manuscrito. No recuerdo su cara: la ceguera es cómplice del olvido. Me dijo que traía un cuento fantástico y solicitó mi opinión. Le pedí que volviera a los diez días. Antes del plazo señalado, volvió. Le dije que tenía dos noticias. Una, que el manuscrito estaba en la imprenta; otra, que lo ilustraría mi hermana Norah, a quien le había gustado mucho. El cuento, ahora justamente famoso, era el que se titula “Casa tomada”. Años después, en París, Julio Cortázar me recordó ese antiguo episodio y me confío que era la primera vez que veía un texto suyo en letras de molde. Esa circunstancia me honra.


Muy poco sé de las letras contemporáneas. Creo que podemos conocer el pasado, siquiera de un modo simbólico, y que podemos imaginar el futuro, según el temor o la fe; en el presente hay demasiadas cosas para que nos sea dado descifrarlas. El porvenir sabrá lo que hoy no sabemos y cursará las páginas que merecen ser releídas. Schopenhauer aconsejaba que, para no exponernos al azar, sólo leyéramos los libros que ya hubieran cumplido cien años. No siempre he sido fiel a ese cauteloso dictamen; he leído con singular agrado Las armas secretas, y he elegido ese cuento.


Una historia fantástica, según Wells, debe admitir un solo hecho fantástico para que la imaginación del lector la acepte fácilmente. Esta prudencia corresponde al escéptico siglo XIX, no al tiempo que soñó las cosmogonías o el libro de Las mil y una noches. En “Cartas de mamá” lo trivial, lo necesariamente trivial, está en el título, en el proceder de los personajes y en la mención continua de marcas de cigarrillos o de estaciones del subterráneo. El prodigio requiere esos pormenores.


Otro rasgo quiero indicar. Lo sobrenatural, en este admirable relato, no se declara, se insinúa, lo cual le da más fuerza, como en el “Yzur” de Leopoldo Lugones. Queda la posibilidad de que todo sea una alucinación de la culpa. Alguien que parecía inofensivo vuelve atrozmente.


Julio Cortázar ha sido condenado, o aprobado, por sus opiniones políticas. Fuera de la ética, entiendo que las opiniones de un hombre suelen ser superficiales y efímeras.


Buenos Aires, veintinueve de noviembre de 1983.









No es por pedirle peras al olmo, pero no podemos dejar de lado nunca, así sea como juego, la certeza de que Borges es Borges; ni siquiera cuando escribe un comentario tan trivial como lo es éste. Y el enfrentamiento que entre Julio y Jorge que necesariamente nos hace imaginar es muy chocante. Porque los dos son caracteres muy distintos (y ni siquiera estoy hablando de lo fácilmente oponible, como son las "superficiales y efímeras" opiniones políticas); Borges se dio cuenta también aunque, me gusta imaginar, con una suerte de cariño paternal distante dado por la gigantesca brecha de tiempo que Schopenhauer le encomendó al viejo.
De cualquier manera, no se puede pasar por encima de que este ha sido un encuentro entre dos genios, aunque dos genios muy distintos. Como lo pinta Jorge a Julio (el hecho de haber venido antes del plazo de los diez días, el hecho de recalcar que "Casa tomada" fue, gracias a Jorge, el primer cuento de Julio en letras de molde) casi hace pensar en una relación discípulo-maestro, o por lo menos, entre hombre sabio y humilde y hombre que está volviéndose cada vez más sabio. Padre e hijo sería una hipérbole necia, por ser la más profunda de las relaciones jerárquicas de su especie.
Pero también la distancia es increíble. Y es cierto: Borges no deja de ser Borges en ningún momento; relatando, sobre todo, genéricamente eso de "las marcas de cigarrillos" y "las estaciones de subterráneo", parece raro hasta leerlo porque sabemos que Borges no haría nada de eso que en Cortázar es tan natural y propio. De cualquier manera este comentario, que tiene las mismas posibilidades de ser apócrifo que de no serlo (por lo particular que es el estilo del viejo al escribir), es una reliquia y me salda una curiosidad bastante grande que vengo cultivando desde el año pasado cuando, en mi biblioteca, leía con tranquilidad y avidez los textos de ambos autores, a veces a la vez; siempre dándome cuenta (jamás habiendo podido ignorar) la diferencia que había entre uno y otro y el gran aprecio que les tengo a ambos.

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