24.5.12

Julio en París

"En ese momento aparecen, en París por ejemplo, lugares que siempre fueron privilegiados para mí. Puedo citar uno, el primero que me viene a la memoria. Muy cerca de aquí, en el Pont Neuf, al lado de la estatua de Enrique IV hay un farol en el fondo, allí donde se baja para tomar el Bateau-Mouche. A la noche, a la medianoche, cuando no hay nadie, ese rincón solitario es para mí, definitivamente, un cuadro de Paul Delvaux. Tiene esa sensación de misterio que tienen los cuadros de Paul Delvaux, esa inminencia de una cosa que puede aparecer, que puede manifestarse y que a uno lo coloca en una situación que ya no tiene nada que ver con las categorías lógicas y los acontecimientos ordinarios."


(Córtazar en un documental de T. Bauer)

20.5.12

Tarnation y la Desiderata

Soy -y está mal- muy quisquilloso con eso de las recomendaciones de películas; es muy distinto recomendar una película que recomendar una banda (por el ancho acceso que hay a la música en la Internet y el relativo poco tiempo que nos lleva escuchar por lo menos una canción, gratis como esos caramelos que te regalan para que después compres un kilo). Las películas son algo distinto: es a todo o nada, tanto en lo que concierne al espacio y al tiempo que nos requiere bajarnos una que queremos ver, como encontrar el momento apropiado para ubicar esa hora y media que tenemos que invertir en estar quietos, prestando atención a un solo objeto y en el mejor de los casos aprender de él.
No sé si esto es excusa para no prestar mucha atención a las recomendaciones en materia de films. Tengo varias películas-fetiche que quiero ver sin más razón, muy pronto; en realidad no me las acuerdo, cuando estoy con ganas de ver una película. Lo que sí puedo contar es una película que hasta hace poco era una película-fetiche, pero que ahora pasó al siguiente nivel: la vi, después de una recomendación, y me hizo pensar sobre temas no muy variados que cruzan desde el desamor, las drogas y la locura.
La película se llama Tarnation. La vi el viernes, es decir anteayer: no sé si es sobre la película que quiero escribir, más allá de recomendársela fervientemente a que investiguen sobre ella antes de verla y elaboren su preconcepto de qué tan buena idea sea verla, porque es una película bastante fuerte (la realidad es fuerte, y la película es muy real). Basta decir que su realización involucró años y años de filmación, desde la infancia del protagonista donde se filmaba haciendo las veces de mujer golpeada y abusada, hasta la aparente calma de su adultez, todo matizado de imágenes un poco surrealistas y música muy bien elegida. En cuanto a realización, se llevó muchos premios contando con un presupuesto de sólo 218 dólares y siendo editada por el director, que a la vez es el protagonista (no hay actores, y no sé si hay partes actuadas).
Pero como dije, quiero escribir sobre otra cosa. Mientras veía la película pensaba que había muchas cosas que podría aprender de ella. De hecho, muchas de las películas que podemos ver tienen algo para enseñarnos, y quien las haya visto a todas y de todas haya aprendido todo lo que hay para aprender, debería ser sin dudas el sujeto más sabio del mundo o quizás superado en el podio apenas por aquél que haya visto todas las páginas de Internet, o aquél que haya leído todos los libros del mundo.
Al resto de los mortales, que observamos acaso pasivamente el desarrollo de una película: su trama y sus elementos, nos queda nada más que ver la película dos o tres veces para aprehender cosas que en la primera no vimos, pero nuestra sabiduría no va más allá de eso. Así veamos una película que nos enseñe muchas cosas sobre algo (por ejemplo, la despersonalización sobre drogas), y decidamos verla diez o quince veces para entenderla a fondo e intensivamente, sólo habremos visto esa película: la vida es muy corta para estarse sentado frente a una pantalla y para alcanzar la sabiduría tiene que haber un camino más corto, como salir a la calle a escuchar a los pregoneros cristianos o meterse en un manicomio a observar las conductas de esos que relegamos.

La cosa es que pensaba en todo esto (en que cada film es un mundo, que nos muestra su realidad que quizás no nos alcance el tiempo para entender) porque en ciertas partes de la película, en conjunto con imágenes cualquiera, se escuchaban en off algunas máximas que sonaban bastante bien, leídas en voz de una mujer. Me acordaba principalmente de una: "mucha gente persigue un ideal, y todos están llenos de heroísmo".
Así sonaron alrededor de diez o doce de estas máximas breves, que yo pensé que las había inventado la madre de Jonathan Cauoette para legárselas a su hijo, grabadas en cinta que el recopilaría después para, heroicamente, confeccionar su película de 218 dólares; de casualidad, dos días después, encontré que el origen de estas máximas maximalistas misteriosas es bien distinto.
Hoy encontré por ahí citados "los principios de Desiderata", en realidad sin ninguna cita concreta, simplemente la mención al título de lo que supuestamente sería un poema. Pedí a Google que me defina Desiderata, y como resultado se sentó a explicarme que Desiderata es un poema compuesto por un señor llamado Max Ehrmann, atribuido erróneamente al año 1692; en realidad fue escrito en el siglo pasado. Es un conjunto de doce versos que conforman un consejo "para la buena vida", al estilo Kipling y su If-; el nombre significa "las cosas deseadas". Las líneas de Desiderata son las líneas que una voz femenina, supongo que la de la madre de Jonathan Cauoette, leía junto con las imágenes de viajes y autobuses durante la película Tarnation; sabiduría que me preocupó no ser capaz de aprehender en su totalidad. Ahora veo que aprehender esta sabiduría, que la voz femenina de la película expone, sería aprehender la sabiduría del hombre que vivió medio siglo antes, ya no aprender de la película misma a su vez mosaico de muchas otras cosas ajenas por completo a Max Ehrmann. Sería absurdo no poner el poema aquí:

Camina plácido entre el ruido y la prisa, y recuerda la paz que se puede encontrar en el silencio. 
En cuanto sea posible y sin rendirte, mantén buenas relaciones con todas las personas. Enuncia tu verdad de una manera serena y clara y escucha a los demás, incluso al torpe e ignorante, también ellos tienen su propia historia.
Esquiva a las personas ruidosas y agresivas, ya que son un fastidio para el espíritu. Si te comparas con los demás, te volverás vanidoso o amargado, pues siempre habrá personas más grandes y más pequeñas que tú.
Disfruta de tus éxitos lo mismo que de tus planes. Mantén el interés en tu propia carrera por humilde que sea, ella es un verdadero tesoro en el fortuito cambiar de los tiempos.
Sé cauto en tus negocios pues el mundo está lleno de engaños, mas no dejes que esto te vuelva ciego para la virtud que existe: hay muchas personas que se esfuerzan por alcanzar nobles ideales, y por doquier, la vida está llena de heroísmo.
Sé auténtico, y en especial, no finjas el afecto. Tampoco seas cínico en el amor, pues en medio de todas las arideces y desengaños, (éste) es tan perenne como la hierba.
Acata dócilmente el consejo de los años abandonando con donaire las cosas de la juventud. Cultiva la firmeza de espíritu, para que te proteja en las adversidades repentinas. Pero no te agites con pensamientos oscuros: muchos temores nacen de la fatiga y la soledad.
Más allá de una sana disciplina, sé benigno contigo mismo. 
Tú eres una criatura del universo. No menos que los árboles y las estrellas, tienes derecho a existir. Y sea que te resulte claro o no, indudablemente el universo marcha como debiera.
Por eso debes estar en paz con Dios cualquiera que sea tu idea de Él. Y sean cualesquiera tus trabajos y aspiraciones, conserva la paz con tu alma en la bulliciosa confusión de la vida. Aún con toda su farsa, penalidades y sueños fallidos, el mundo es todavía hermoso.
¡Sé alegre, y esfuérzate por ser feliz!¹



¹ Go placidly amidst the noise and haste, and remember what peace there may be in silence. As far as possible without surrender be on good terms with all persons.
Speak your truth quietly and clearly; and listen to others, even the dull and the ignorant; they too have their story.
Avoid loud and aggressive persons, they are vexatious to the spirit. If you compare yourself with others, you may become vain or bitter; for always there will be greater and lesser persons than yourself.
Enjoy your achievements as well as your plans. Keep interested in your own career, however humble; it is a real possession in the changing fortunes of time.
Exercise caution in your business affairs; for the world is full of trickery. But let this not blind you to what virtue there is; many persons strive for high ideals; and everywhere life is full of heroism.
Be yourself. Especially, do not feign affection. Neither be cynical about love; for in the face of all aridity and disenchantment it is as perennial as the grass.
Take kindly the counsel of the years, gracefully surrendering the things of youth. Nurture strength of spirit to shield you in sudden misfortune. But do not distress yourself with dark imaginings. Many fears are born of fatigue and loneliness.
Beyond a wholesome discipline, be gentle with yourself. You are a child of the universe, no less than the trees and the stars; you have a right to be here.
And whether or not it is clear to you, no doubt the universe is unfolding as it should. Therefore be at peace with God, whatever you conceive Him to be, and whatever your labours and aspirations, in the noisy confusion of life keep peace with your soul. With all its shams, drudgery, and broken dreams, it is still a beautiful world. Be cheerful.
Strive to be happy.

17.5.12

El desayuno

No es casualidad que se desayune cuatro veces por día en esta casa (aunque para Aureliano, esos cuatro desayunos y quizás una eventual cena no signifiquen más que whiskas y más whiskas), mi comida favorita del día es sin dudas el desayuno. Y desayuno es en cualquier momento; mitificación necia la de mis padres o mis abuelos que quitan méritos a mi desayuno sólo por tener lugar a las cuatro de la tarde. La esencia del desayuno es otra que la de la hora, y en esto el portero nocturno de mi edificio podría estar de acuerdo: la esencia del desayuno es el paso de un estado de sueño a un estado de vigilia normal, más cotidiano, y toma lugar en ese exacto momento donde la mente, todavía no nublada por la sucesión de pensamientos compulsivos y hechos acelerados, está pensando en el espíritu y tratando de analizar por qué se soñó con Guillermo Francella o con nuestro padre manejando un camión lleno de bidones de agua Ivess.
Digo exacto momento porque es un momento muy concreto. Abandonar nuestra casa después de desayunar (si es que se la abandona) es meternos un poco en el drama de esos otros que también estaban soñando con Guillermo Francella hacía un par de horas, pero se sumaron a la histeria colectiva de abandonar, a su suerte, las frazadas de la cama. Y esto es especialmente doloroso en julio.
Más acá de este aspecto simbólico del desayuno, me atengo a una dieta para prepararlo bastante convencional, aunque distinta de la dieta que tenía en Corrientes. Me gusta muchísimo el jugo de naranja; a efectos de higiene no suelo prepararlo y hoy no pude porque las naranjas se me pudrieron por paliarme demasiado el gusto, y acaso tenga a bien comprar naranjas cuando abra el supermercado (porque me desperté a las dos y media, por lo que mi mañana es ciertamente más tranquila que una mañana promedio). Es oportuno recordar que el jugo de naranja se corta con azúcar y es siempre mejor tener un edulcorante, que es un producto raro porque un frasco de edulcorante clásico grande sale más barato que uno novedoso y pequeño. Aparte de esto: café batido sin agua hervida (y esto es por demás importante), galletitas con manteca y azúcar y ¡un omelette de cebolla!, aparte de todas las idioteces que se me ocurran en el camino, como para rellenar el inventario. Es significativo el aporte musical, que es un elemento casi eterno en esta casa puesto que no se estudia mucho sino se prefieren los preámbulos y los recreos: hoy es Muddy Waters, si hiciera más frío sería Radiohead o Beck con los Flaming Lips y dale que dale. Como la mañana colectiva está a punto de comenzar, viene a bien también hacer planes para no pudrirnos, porque se sabe que las mañanas sólo son disfrutables si se hacen afuera de casa, por lo menos las de entre semana: todavía no encontré en ninguna librería el libro de Racine que ya tendría que haber leído y pensé salir a su cacería hoy mismo; junto con otros dos o tres libros que necesito. Simplemente por el gusto de caminar, que es una buena actividad sobre todo si se tiene rumbo e "ideal para un estilo de vida sedentario y demás aburrideces".
Soy como mi abuela, a la que le gusta mucho hablar de las pequeñas cosas de la vida.


13.5.12

El día en que me volví panteísta

Dios era el cliente y el mozo mismo
sonrientes los dos por el servicio
en un bar por Larrañaga.
Oraciones eran los autos,
cirios los semáforos y ellos impasibles;
él con su gorro verde y su barba blanca
era Dios, pero el mozo no era menos divino.
Aquél tenía en sus manos el cuaderno
donde acaso escribía nuestro destino.
El mozo tenía el café 
que le permitía seguir viviendo
pues decir que Dios es un ser exhausto
no puede ser un desatino; yo miraba
desde afuera. Más cerca de los cirios decía:
"la verdad está ahí dentro y sólo basta
sentarme en la misma mesa que el Señor
cuya sonrisa ilumina como los fluorescentes".
Pero soy un tipo apurado en mi rumbo
tacaño y espiritualmente negligente.
Y así aunque ansioso de saber y con dinero
y tiempo, que para amar es más bien valioso
le di la espalda a Dios, que no notó mi presencia
por no ser él padre sino meros viejo y mozo.



Pesadilla y el memorial de la pesadilla

La impresión de la pesadilla todavía me dura. Presencié una reunión esotérica en la calle, donde brindaban felicidad a enfermos terminales; todo mientras iba en realidad a recorrer librerías por la Colón, buscando el libro de Racine. La parte mala fue cuando me uní a escuchar y de repente, nos rodearon tres o cuatro personas con tablas de madera a golpearnos dedicadamente. Con un amigo escapamos, caminando apenas, por los pasillos de la peatonal de Córdoba. Era de noche y la ciudad estaba llenísima; nos preguntamos qué tal, el me preguntó por alguna clase de sociología y yo le dije "entrá, es acá". Entramos al edificio viejísimo y abrí los ojos en mi pieza.
Es un trago amargo soñar estas cosas, sobre todo cuando dos o tres veces te despertaron voces que podían venir del departamento mismo. No, venían de afuera y hablaban del recital de Charly, pero no dejaban de ser molestas. Parece que el recital estuvo bueno y muy concurrido, pero esos datos no me interesaban. De cualquier manera, y pese a que quería dormir hasta las ocho de la mañana, aquí estoy otra vez a las dos despierto y sin saber que hacer. Y como necesitaba algo de ruido para opacar ese silencio denso que sentimos al encontrarnos solos después de una pesadilla, ruido que el gato no puede brindarme, puse el Billy Tipton Memorial Saxophone Quartet.

En realidad esta banda requeriría que haga una entrada diferente sobre su genialidad, y sobre lo que me mantiene atado a ella. A esa entrada la tengo en borradores sin demasiadas ganas de terminarla. Son nada más que imágenes, que pobremente podrían ser descriptas con mi prosa mala, pero la recomendación está; también podría poner un link a algún disco si ya no lo hubiera perdido de vista. Tengo en la computadora uno solo de los discos que sacaron, que me consta que son varios; probablemente sea el mejor, y espero que no sea el más oscuro.
Es una banda bastante oscura, pero de una oscuridad indefinible: con los acordes felices que hacen, la coordinación que tienen en sus instrumentos eléctricos y los silencios que cubre el platillo de la batería, son igualmente lúgubres, perversos. El propósito de esta entrada era justamente advertirles que jamás escuchen el Billy Tipton Memorial después de haber tenido una pesadilla; a veces aunque sólo a veces, escucharlo medio dormido puede significar la presencia de desagradables elementos surrealistas en la vida cotidiana que nació para aburrirnos.

11.5.12

Entrada con mal humor

Es un vicio dormir doce horas. Probablemente sea estúpido aconsejarles a ustedes "[¿quiénes son ustedes?]" que no duerman doce horas nunca en su vida; es estúpido porque seguramente ya lo hicieron y tienen ganas de hacerlo uno de estos días. O alegar, como esos viejos para los cuales todos los días son lunes: "m'hijo... estoy tan cansado que no me vendría mal poder dormir doce horas todos los días como hacés vos". Es un mito grande como una casa. Dormir doce horas no es nada bueno, ni siquiera para el workaholic a voces más histriónica del mundo.
No hace falta que diga por qué no estoy de acuerdo con dormir doce horas, pero déjeseme hacer una rápida síntesis de qué es lo que siento en este momento, dado que ya son las 8 de la noche casi y la mañana tendría que haber terminado hace rato pero perdura. Primariamente me duele mucho la cabeza y mis dedos no coordinan (qué hago escribiendo en un blog), tanto es así que derramé grandes cucharadas de azúcar sobre la mesada tratando de hacerme un puto té que encima me salió frío, evento asociado al segundo fenómeno: no tengo una correcta noción del tiempo. Ni tampoco del espacio: casi me atropella un taxi mientras volvía a casa desde Ciudad Universitaria, dado que fui, apuradísimo, y no tenía clase, o por lo menos no la encontré. Puedo alegar si de algo sirviera que lo más productivo que hice en el día de hoy fue leer el canto catorce de la Odisea, y esto que estoy haciendo ahora. No hay nada más allá de eso; el día, desde su comienzo trágico a las cuatro de la tarde, sólo consistió en idas y venidas, permanecidas fugaces y limpiar mierda de gato.

Pero el fenómeno más cruento de este estado medio-despierto, por lo difícil que es vencer la inercia de haber pasado en posición horizontal tanto tiempo, es que estoy desencantado con la vida. "¡Qué metafísico!", no, es bien concreto. Estoy sentado en mi living-room con pretensiones de minimalista color verde agua de cara a una pantalla, con una taza vacía a mi derecha, un gato durmiendo y una mochila que ni siquiera toqué, no sabiendo qué carajo hacer con la vida; ayer tenía varios proyectos ¡secretos! de hacer ¡cosas!, en lugares diversos que ahora no recuerdo cuáles son, y ahora todos esos proyectos generan un simple "mbeh, preferiría...", y no sé qué preferiría, nada se me viene a la cabeza. Y es gravísimo, porque de todas las cosas otrora lindas que pensaba que podría hacer o lugares a los que pensaba que podría ir, ahora no me queda ninguno. Todo se reduce a un estado de somnolencia continuo, estar acostado bocarriba en la cama, acaso leyendo un libro sobre el cual no logre concentrarme (y créanme que haber podido leer un canto de la Odisea completo fue un milagro que, de cualquier manera, se produjo porque estaba en un parque en Ciudad, no porque estaba acá en casa). También estoy un poco de mal humor, estoy despeinado porque mi cabello es insufrible y todo lo que miro me encandila, hasta la oscuridad misma que no puede dejar de molestarme con su cursilería y su estaticidad.
Para tratar de vencer este fenómeno mientras venía, al principio me dije: "bueno, joder, esto no puede durar todo el día; el mal humor mañanero se llama así porque se da sólo por las mañanas, y después logramos un estado mental más o menos equilibrado". A lo que sumé la reflexión infundada pero supuestamente cierta de que una buena caminata por la ciudad de mi corazón podía relajar mi cabeza y traer una sonrisa a mi cerebro que acaso se manifestara en una sonrisa con los dientes. Y mientras hacía el mismo camino que hago todos los días (acaso ahí estuvo el error), pensaba que el camino estaba desencantado, y probablemente era menester explorar otros caminos que, menos prácticos, podrían llevarme por lugares que acaso no conocía o no recordaba. Y me planté en el "no recordaba", porque recordé de repente que las dos o tres primeras veces que vine a esta ciudad a explorarla en mi amor infantil de turista, había caminado hasta el hartazgo por lugares que ahora no frecuento. En primer lugar, el barrio Güemes, que no sabría cómo describirlo si no es tirando palabras aisladas como: asociaciones de numismáticos y filatelistas, viejas librerías de gigantescos estantes, bares (en teoría) dadaístas con jazz los jueves, veredas improvisada pero notoriamente más estrechas que en el resto de la ciudad, toponimia simple. Sobre todo, el canal, las piedras del medio, el gigantesco cauce que jamás vi lleno y seguramente jamás vea, pero está ahí: el río, cruzando silenciosamente, en el medio de la avenida concurridísima donde sin embargo miramos para abajo y no hay nadie. "Varios indigentes borrachos han muerto porque durmieron en este muro, y rodaron en sueños hasta abajo", dicen. Sea como sea, es una pieza dorada del urbanismo. Siempre admiré esos lugares en las ciudades grandes hacia donde "los tontos no van", y se puede estar totalmente solo. Generalmente son lugares físicamente imposibles de alcanzar, como las vías férreas del subte de Buenos Aires... de ahí que seamos todos tontos.

Y entonces tuve un atisbo de ganas de vivir, pero no ganas de ir hasta Güemes. Creo que me estoy saboteando tranquilamente la vida, sencillamente mediante las ganas de permanecer acostado horizontalmente, así no sea mi actividad preferida en el mundo sino al contrario una de las que más odio; soy consciente de que tengo que estudiar mucho este fin de semana y mi dolor de cabeza no me deja. No tengo ganas de ver gente pero me aburro si no recibo visitas, y mi gato me harta con su presencia pero verlo dormir no deja de ser un espectáculo maravilloso y sedante.
Me pregunto hasta cuándo durará este mal humor si es que dura y si más tarde hoy, de encontrar abierto algún comercio, puedo imprimir un curriculum vitae o por lo menos calzarme las zapatillas para erosionarlas en el camino a Güemes. Pensando, cada día cada hora.


Naphtali Kupferberg

“There was once a big atomic bomb
That wanted to be a bullet.
His friends all asked why, when he was such a big atomic bomb, he would want to be a tiny bullet.
"I miss", he sighed, "the personal touch.”






10.5.12

La vecina orilla

Mi cuento favorito de todo el mundo se llama La vecina orilla, es de un autor uruguayo que falleció hace dolorosamente muy poco, y se hizo famoso por llamarse Mario Benedetti. La vecina orilla es, según mi apreciación personal basada en un canon limitado y aún así exclusivo, uno de sus cuentos "cortos" mejor logrados; entre algunos otros, fue el que más impresión me causó. Lo vengo leyendo una vez cada dos meses, aproximadamente, desde los trece años (ahora tengo diecinueve, dos años más que el protagonista que se caracteriza por enfrentarse a situaciones nada comunes para un joven de diecisiete).
Poca gente lo conoce. De hecho, una sola persona que conocí en mi vida lo había leído, y esa persona es mi tía, que me había prestado el libro donde está este cuento junto con algunos otros libros (desde Nietzsche a Sabato, nuestro predilecto conjunto, será...). Esto es un trago amargo como la hesperidina cuando pensamos que es mucha gente la que puede recitar el poema "usted sabe puede contar conmigo...", y este cuento es sin embargo de lo más bello que produjo la pluma de Benedetti.
Digamos que se llama Isabel. Claro ese no es su nombre. Pero no quiero quemarla. Aunque siempre es posible que mañana o pasado, "Antena o Radiolandia" informen que la hermosa protagonista de "sueñoreal" [tampoco este es el título] fue vista en compañía de un espigado joven. Así que digamos se llama Isabel. El espigado joven pasa varias horas pensado que irá a buscarla al final del ensayo. El problema es la ropa. Pero lo resuelvo fácilmente. En vista que no puedo competir por lo alto, decido vestirme a lo reo. Y sin complejos. Como si estuviera orgulloso de la tricota tejida por mi vieja. 
Llego tan puntual que me da vergüenza, así que doy tres vueltas a la manzana antes de establecerme en la puerta del teatro. En realidad, podría haber dado diecisiete vueltas, por que ella se demora una hora, nueve minutos, veinte segundos. Mantengo un cruento enfrentamiento [como diría Radio Carve] con mi dignidad, cuyo insistente consejo es que me vaya y deje plantada a la destacada intérprete. Sin embargo, me quedo. No sé bien por qué, pero me quedo. Podrido de esperar, pero me quedo.

Clic sobre Mario.


Mi laconismo viene de que no sé qué decir.
Ya vendrán tiempos más interesantes.

5.5.12

Rasgar frazadas

—Los hombres —dijo el zorro— tienen fusiles y cazan. Es muy molesto. También crían gallinas. Es su único interés. ¿Buscas gallinas?
—No —dijo el principito—, busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"?
—Es una cosa demasiado olvidada —dijo el zorro—. Significa "crear lazos".
—¿Crear lazos?
—Sí —dijo el zorro—. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno de otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo...
—Empiezo a comprender —dijo el principito—. Hay una flor... creo que me ha domesticado.
—Es posible —dijo el zorro—. ¡En la Tierra se ve toda clase de cosas!
—¡Oh! No es en la Tierra —dijo el principito.

Los turistas de la Vélez Sarsfield

Qué interesante es estar del otro lado, fenómeno raro si los hay.
Salí a caminar; Córdoba al amanecer es un espectáculo más bien imperdible. Mis hábitos (explicitados ya en la entrada anterior) no me permiten muy seguido ver ese espectáculo -diríase que me lo pierdo, casi-, pero la oportuna exageración de estos hábitos dio vuelta el día y pude trasnochar para visitarla de mañana, para mejor sábado, cuando el ajetreo es constante pero no masivo.
Intentando ser breve quise contar (en realidad me quedé dormido mientras pensaba ideas) que iba caminando por la plaza Vélez Sarsfield, una plaza con una ubicación predilecta en la ciudad de Córdoba. Como si pusiéramos una plaza en el corazón, que aunque todos sabemos que el centro de la vida está en el cerebro, es ahí donde todo confluye, es imposible perderse, es imposible cruzar, y es imposible no quedarse viendo los autos que vienen de las cuatro o cinco diagonales metidas entre edificios altísimos, el Olmos y la fuente que inauguraron hace poco, con los colores, esos colores que te vuelan la cabeza, violetas y verdes como los he visto en alguna plaza de pueblo y también me parecieron llenos de belleza. Siempre pensé que una persona que tuviera un balcón con la vista a este espectáculo sería un burgués muy afortunado, y seguramente tendría alrededor de un millón de conexiones de wifi posibles y dinero para desayunar en los restaurantes que se encuentran acá, que no creo que sean los más caros de Córdoba pero para mí ya son inaccesibles.
Y venía caminando por esa plaza, eran las ocho de la mañana, y yo sin dormir y un poco despeinado estaba pensando seriamente si ir a mi casa (que por suerte hice) o ir a caminar al parque; y miraba la gente alrededor, como para no mirarla, son cordobeses, gente bien curiosa. Gente muy variada, un poco de gente conocida como si hubiera caminado dentro de una fiesta en mi "pueblo", como el gordo que duerme frente a la Casa Verde, nos juega a los metegoles y está por las noches tapado con una gran frazada en uno de los bancos de la plaza, junto a su madre que Dios sabrá qué hace. Y todos los demás que son anónimos y a esta hora, sorprendentemente, siguen siendo, porque nadie que camine por el Olmos a las ocho de la mañana de un sábado tiene muchas ganas de pararse a hacer sociales, a excepción de los trasnochados como yo. Y como a esa hora ya ni había trasnochados sino sólo las manchas de vino que habían dejado en las paradas de colectivos, yo caminaba directo a mi casa, sin ganas ni siquiera de escuchar Morphine para hacer un corto camino más corto.
Pero había gente de otra índole y es la que me hizo pensar en decir esto: un grupo inmenso de turistas, habrán sido como cien, sentados en la escalinata de la plaza Vélez Sarsfield, enfrentando a la inmensa estatua de cuatro caras, escuchando con atención a un guía y detrás, el colectivo que habían contratado para su excursión. Varias veces me pasó ser un turista, con mis padres con mis abuelos, y me tocó también, las más de las veces, sentarme en algún lugar escuchando cómo hablaba una persona que nos contaba todo a nuestro alrededor, y yo miraba a la gente que pasaba y decía "ahí está la verdad; si quiero saber cómo es la ciudad donde vivo, no hay más que hablar con la gente".
Siempre al visitar una ciudad nueva me encantó hablar con los locales sobre las calles de la ciudad; eso es algo que ellos toman por muy rutinario y sin embargo me encanta sorprenderme a mí mismo hablando de dónde queda el tal boulevard Gálvez, qué colectivo tomar para ir a cierto barrio fino o preguntar por pura diversión en qué calle y a qué altura queda la casa de uno y qué dos calles hay que sean adyacentes. Es una terminología novísima que hasta suena como técnica; y es atractiva porque se adquiere con muchísima facilidad y en dos o tres días estamos hablando como unos lugareños cualquiera sin tener mucha idea de las esquinas que mencionamos en nuestro periplo. Bah, quizás solo a algunos interese esto. Así termino yo ubicándome rapidísimo y en buena hora porque aparte de una diversión sana también es una útil herramienta para saber dónde estoy parado.
La cosa es que caminé mirando al grupo de turistas que con atención, pero sin darse cuenta, no podían desviar su mirada, su camino y su oído de lo que el pelado guía dispusiera; sencillamente, si alguno quisiera irse a caminar (y hubiera recomendado que vaya a Plaza España, otro de los ventrículos de este gigantesco corazón con jardines que es la Ciudad), no hubiera podido, más aún porque estaría dejando a su hijo o a su padre o a su hermano, más porque él mismo u otro pagó para que pudiera estar allí, o simplemente porque sería una falta de educación para el guía pelón que también es pago, y tampoco puede irse. Y yo pasaba, y de repente amé la libertad de poder mirarlos y decir "por fin, yo soy parte del escenario; los turistas están acá, y yo no formo parte de ellos. Puedo caminar hasta mi casa, voy a caminar hasta mi casa que ellos no conocen, porque estoy muy cerca, y mañana voy a seguir estando acá pudiendo hacer lo que yo más quiera (estar acá ya fue uno de los privilegios más grandes de mi vida), caminando en dirección a donde yo quiera, y voy a comprar en la verdulería que yo veo como rutinaria y ellos no, porque su verdulería hoy está muy lejos".
Realmente me sentía bien siendo parte del escenario. Y pasaba, y ellos no miraban, sino que seguían absortos, no sino algunos realmente evaluando la posibilidad de abandonar una charla que seguramente estaba muy interesante, pero no más interesante que arrojarse a abrazar las veredas, y yo que las conozco les digo que no saben de lo que se pierden. Es un placer amargo ser turista a veces, sobre todo si no se está pasando bien en el lugar, no se lo siente como hogar y no se ha podido manejar la dinámica de las calles; visitar un nuevo lugar, y no contactar con la gente de allí, no sentirse un técnico que domina la terminología de los bulevares y no sabe dónde ir a tomarse una cerveza por un módico precio junto a los borrachos de siempre que en todo Occidente sean acaso inexorables..., es una pérdida de dinero así tiempo nos sobre.
No hay que dar por sentado las libertades que nos otorgan. Dijo Oscar Wilde (u otra persona que acaso no fue Oscar Wilde): "la libertad es lo que hacés vos con lo que te ha sido dado".

Pero dijo mi abuelo (y muchas otras personas que no son mi abuelo también lo dicen): la libertad conlleva responsabilidades y mi responsabilidad ahora mismo firmó un libro llamado Curso de lingüística general y peinaba un bigote a principios del siglo XX.

Rush y los nocturnos hábitos

Y siguiendo esto de los flashes informativos del presente reaccionando con el pasado
(en buena hora no me va a dejar dormir esta bailanta, digamos), hoy me trajeron a casa, por así decirlo, un disco. Con la generosidad que nos caracteriza a los propiratería, lo copié, nada alevosamente y sin repercusiones, a mi computadora para escucharlo ahora. En realidad no planeaba escucharlo ahora ni planeaba ningún momento en especial, pero esto está bastante bien, tengo a la izquierda una ventana con la ciudad amaneciendo (el sol de mierda, ése que nos molesta a todos, no promete mucho hoy porque el asunto está cubierto de nubes claras), y cuando corrí la cortina las luces de la Balcarce iban apagándose poco a poco. Cuánto más interesante la calle cuando es una subida insufrible, y los autos vienen en bajada, iluminando mi pared de arriba abajo en una parsimoniosa danza que se repite con frecuencia sobre todo los sábados a la noche, a modo compulsivo, ruidoso e incesante.
Corresponde al "rock" acompañarse con la estereotipada bebida blanca y esos cigarros gruesos que gustan a los fumadores chimeneicos con pretensiones de sanos ("pero no tienen nicotina, te enteraste"), esto es lo que tengo y no está mal. Después de todo es la carga ¿sentimental? que tiene el álbum lo que hace este momento finito disfrutable, que es un último empujón de dulzura ingenua antes de acostarme, soñar con Ferdinand de Saussure y levantarme para enfrentarlo de nuevo con la peor arma que tiene un estudiante ante su mentor: un resaltador fluo color verde.
Ése es el parte de mi rutina; paso al disco en sí.

Rush, de Rush, sacado en el año 1974, en la víspera de un grupo de años milagrosos a nivel musical sobre todo en el historial de un erudito adolescente promedio; pero en una "escuela", una lineación muy distinta. El rock progresivo que evolucionaría unos años después en masterpieces como el Moving Pictures y Dios sabe qué otras cosas (o quizás no precisamente Dios, sino algún fiel seguidor de esta banda de músicos talentosos); yo me quedo con este primer concepto que choca desde su rosa chillón de la tapa, con sus fervientes voces, sus guitarras pesadas y sus temas de duración media-larga que al mirarlos, en mera cuestión de minutos, te hacen decir uf..., la idea se entiende, espero. Como ver el Zep I. Algo así.
Cargado de sentimentalismo, o por lo menos de nostalgia, porque es el disco que escuchaba cuando tuve que salir de la fiesta de quince años de mi hermana porque me estaba aburriendo como una ostra, y cruzamos a casa (era ¡enfrente!) para escuchar este disco, tranquilos; no me apetecía, y en realidad nunca fui fanático, de estar totalmente sobrio en una fiesta donde estaba mi ex novia sentada en un cantero, mirándome con cara de perrito mojado. En ese contexto, podría haber cruzado a casa a escuchar cualquier cosa hasta Queen (que es una banda que no me cierra para nada, por ejemplo), pero elegimos modestamente este disco, y lo disfrutamos hasta que crucé, corriendo de nuevo, para sacarme algunas fotos en calidad de desinvitado de honor.
Eso es todo lo que tengo para decir sobre el disco... ¿o no?; creo que no soy el mejor escribiendo reseñas puesto que la crítica es un arte imparcial y esto de imparcial no tiene nada. Pero sin duda es disfrutable, no tiene desperdicio, son ocho canciones pero acá dejo una, en el mejor de los casos me vaya a dormir ya mismo porque las nubes se disiparon y maldición va a ser un día hermoso (entre otras cosas que me hacen decir... maldición).

Los bigotes del prójimo

Tengo amigos que están lejos (espero que ninguno lea esto sobre todo para no ofenderlos con mi prosa horrible, que sé que les molesta mucho; aparte no son horas de escribir sino de dormir y son dos cosas que no se pueden superponer todavía). Razón secundaria o terciaria de mi aprensión es que los veo sólo a través de fotos puesto que están lejos y nada en ellos cambió. No sé si algo cambió en mí, no sé si pasó suficiente tiempo como para que algo en mí haya cambiado, y es cierto que no los veo sólo hace cuatro meses, que no es demasiado tiempo. Lo único que les veo de distinto es más bigote y uno está más pelado.
Qué deprimente. Toda la secundaria pasó de estar todo el día juntos, y ahora con un bigote, uno parece una persona tan extraña. Por no mencionar que el aspecto de dejado está, y que nada parece estar avanzando hacia adelante y quizás sea una vanidad decir que yo, porque no tengo bigote, estoy viviendo una vida encantada; porque creo que ellos se ven felices haciendo lo que hacen, hagan lo que hagan y estén donde estén, volviendo a casa cada dos semanas o no habiéndola abandonado en busca de otras personas que quizás nunca se dejen crecer el bigote por pura vergüenza de exhibirse vía Internet ante sus amigos.

En fin, nada de esto tendría que estar sucediendo. Mis amigos no tendrían que tener bigote ni yo tendría que estar escribiendo sobre estas representativas anchoítas de la desidia capilar facial, son las siete y media y la pieza no debería estar a oscuras, yo debería estar durmiendo sabiendo mucho más sobre el estructuralismo de lo que sé ahora.
Y en realidad no sé quién está involucionando, si el bigote (señal, lo repito una vez más por si no quedó claro, de dejadez y no de madurez), o el imberbe que ganas de estudiar no tiene y cree que está haciendo algo de su vida sólo por estar solo en otro lado.

O practicando cómo acortar sus oraciones absurdamente largas, ¿tiene esto solución?



(Es difícil pensar que podría haber elegido una peor y una mejor imagen a la vez; siempre me gustó muchísimo esta foto pero en realidad, ubicada acá, no representa nada. Primero porque hay una mujer presente y dudo que tenga a bien dejarse crecer un bigote, no obstante el grado de dejadez que alcance, pues su dejadez puede bien canalizarse en otros aspectos un poco menos relacionados con lo estético. A otro de ellos lo veo más de seguido que a los demás, y eso que no vive ni acá ni allá sino en el medio, es sorprendente pero al mismo tiempo no carece de lógica. Faltan en la foto, en realidad, esas personas en las cuales pensaba al escribir esto... pero ya es imposible a esta altura recabar algo que documente todo lo que pasamos juntos sin recaer en otro texto larguísimo y aburrido sobre la importancia de la nostalgia en ensuciarnos las manos de humus, "humus del pasado", o como quiera uno llamar a ese impulso sadomasoquista que cada tanto nos pica como un mosquito gordo y feo).

3.5.12

¿Dónde estás, hombre?

Un día le pregunté a mi primo cuál era su disco favorito. Yo tenía 14 años (edad-bisagra), y en realidad no manejaba mis gustos por discos como ahora, sino por canciones sueltas.
A esa altura comencé a darme cuenta de que manejar los gustos por discos tiene sus ventajas, porque de alguna manera cada uno refleja una etapa creativa en el desarrollo del artista o de los artistas, y por lo tanto tiene una cohesión sólo dentro del disco mismo que se combina con los otros discos, pero no es en esencia lo mismo.
Mi primo me respondió que su favorito era el King of Bongo de Mano Negra. Me sorprendió, no me sonaba para nada el disco. Y pese a ser bien consciente de que no sabía absolutamente nada de "música del mundo" (como odia llamarlo Eugene Hütz), el nombre de la banda estaba en castellano y sin embargo no podía sonar más lejano. Eran dos palabras que no significaban nada pero justamente eso era lo extraño: se puede decir por ejemplo "mi disco favorito es de los Halibour Fiberglass Sereneiders" y no puede sonar una sola campana en nuestra cabeza, y está bien porque es un nombre rarísimo. Pero en ese momento, cuando leía el mail (las entrevistas con Raymond consistían al principio en mails), me pareció rarísimo que no haya escuchado nunca el nombre de Mano Negra.
Sin embargo creo que todos hemos escuchado Mano Negra en algún momento. Digo esto porque he escuchado Mano Negra en los lugares más absurdos: desde un bar hasta en C5N. Y si escuchamos pero no nos suena el nombre, más nos va a sonar el nombre del frontman: Manu Chao. Ahora bien puede ser que no nos suenen los mejores de sus temas. Y aquí entramos en un terreno subjetivo; para mi primo el mejor disco es el King of Bongo, sin embargo para mí es el Puta's Fever, metido de nuevo en los recuerdos (que el King of Bongo también me trae, pero es un álbum distinto, una época muy distinta). Para mí Manu Chao como solista no logra sobrepasar la genialidad de Mano Negra, sea porque es distinto el concepto, sea porque no quiero perder la fe en los cúmulos creativos en detrimento del arte salido de una sola cabeza, que se administra a sí sola y ejerce sobre sí misma su tiranía y sus limitaciones, no sé si Raymond estará de acuerdo. Quisiera de esto compartir con ustedes una canción.
Hay mucho para decir sobre ella pero no tengo tiempo, creo que es una de mis favoritas. Está en bereber, creo que quiere decir algo como "¿dónde estás, hombre mío?", y en melodía, en sentimiento, es como bailar con Shahrazad, y es justamente lo que necesito para ir a clase un jueves a la siesta. Nunca olvidar, aunque es difícil, que una canción puesta en el momento justo es a veces todo lo que necesitamos para "aumentar los espíritus" y vencer la inercia que nos ata a la cama y a la idiotez. El desafío está en saber cuál es esa canción, lo que a menudo es un ejercicio de memoria.


2.5.12

Siniestro

No me considero una persona espiritual. A muchas personas pedí que me definieran espíritu y ninguna pudo; creo que ésa es la prueba cabal de que sea una persona poco espiritual: necesito que me definan esa palabra.
Necesito que me definan todo. Hoy descubrí que no puedo agarrar el gusto a un cuento o a un poema si no tengo completo control sobre su semántica, sobre lo que quiso decir, unívocamente (lo que no quiere decir que sea el sentido que el autor le da, pero el gusto es siempre mayor cuando el sentido es el que yo quiero darle en toda su totalidad, con los cabos atados y sin más explicaciones para agotar, entendiéndolo como se entiende un texto de sociología). Así como me gusta tener el escritorio en orden, aunque de vez en cuando allí se amontonen pulóveres. Creo que soy exigente en demasía en cuanto al arte poético y no sé si esté bien, del mismo modo que no sé si esté bien esta falta de "espiritualidad" que algunos inocentes confunden con panteísmo; no es lo mismo. Y en realidad "estos inocentes" son Rodrigo, mi psicólogo de hace dos años, donde en su casa me sentí mejor pero no porque él haya llevado delante una terapia brillante (y no es por su carencia de talento como psicólogo, sino porque las sesiones eran a la siesta y siempre terminaba quedándome dormido en algún sillón, quizás inconscientemente escéptico ante la utilidad de mi asistencia que continuaba inexplicablemente), no por su terapia en sí, sino porque su casa me recordaba a mi niñez, yo había vivido en una casa muy parecida a los ocho años lo cual no es gran cosa en Corrientes. Y él me había dicho: "tenés que creer en Dios. No podés ser ateo. El ser humano tiene tres pilares básicos de confianza: a sí mismo, a sus pares y a un poder trascendental. El espíritu no se forma sin religión". Probablemente no haya sido la primera vez que puse en tela de juicio la necesidad de una vida espiritual, pero sin duda fue una de las principales: ahora recuerdo que, aunque tenía mucha estima por Rodrigo, en su momento esas palabras me habían parecido meritorias de un charlatán de televisión, y especialmente el "espíritu", lo "espiritual", porque había quedado demasiado vacío de sentido. Y sumado todo esto a la escuela religiosa donde todos hablaban del Espíritu Santo (noción que creo importante no confundir con el craso espíritu de los humanos, aún si por alguna razón debe llamarse igual); el Espíritu Salesiano, el espíritu de los jóvenes, amar y hacer lo que tenemos que hacer, preservar (no la paz sino) el orden mediante el famoso "sistema preventivo". Una legión de personas armadas bajo un único eslogan, legión que abarca casi todos los países del mundo y acá incluso, en Córdoba, donde tiene una supremacía escalofriante al ostentar una de las capillas más desmesuradas y que supera con creces a las pocas catedrales que vi. Y ninguno de ellos, los de mi escuela, parte de una legión que debería tener en claro sus conceptos básicos, pudo definirme qué es el espíritu. Una fuerza interior, una condición del alma... la abstracción está bien, a efectos puramente epistemológicos, pero si mucha gente habla de algo abstracto sin saber traerlo, mas no sea por analogía, a la mente de los mortales, corro el riesgo de pensar que toda esa gente no sabe un cuerno de nada.
A veces sigo pensando en términos de potencial espiritualidad: ora habiendo leído una frase de Bukowski que me hace sentir mejor por tener la cocina sucia, ora sintiéndome bien mirando una montaña (le dije a Rodrigo, y pensó que era panteísta), y en el momento de ver una montaña me siento en comunión conmigo mismo sin preocuparme demasiado en saber si Dios está allí o dónde, bienaventurados los que lo hayan visto ya en el púlpito de un cura que no tiene dudas (discutible), ya en la cáscara de una banana: los tontos son tanto sensacionalistas como muy discretos, probablemente maquiavélicos, tontos-no-tontos; algunos acaso sean intolerantes, otros probablemente no, algunos acaso sean fanáticos, algunos acaso quieran convertirte o por lo menos encasillarte.Pero yo sé que no sé si necesito el espíritu porque primero y principal no sé qué demonios es (ya lo dije, noción abstracta, presente en muchísimas lenguas y por esto se infiere que debe ser más fácil de definir, pero parece que no lo es). Es como si alguien inventara una palabra y me dijera que no puedo prescindir de ella para mi vida en paz, porque sería un tonto, un idiota, un ciego.
Volviendo a lo de los poemas, ahora se me ocurre pensar de que probablemente no sea solamente la semántica comprensible (para mí) lo que lo vuelve bello sino también la máxima que acertadamente (para mí) ha expuesto García Lorca: "poesía es la unión de dos palabras que nunca se supo que pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio". Pero a no excederse demasiado en ninguna de las dos direcciones, creo yo, a riesgo de parecer un crítico amargado: los poemas cargados de lugares comunes que no llevan a nada, carentes de toda producción original y no siendo sino un amontonamiento de palabras cuyo efecto no es brillante sino meramente catártico y ni siquiera como Aristóteles lo entendía; o un conjunto de palabras también vacías de sentido pero totalmente impredecibles al punto de lo absurdo, que quiere acaso tener pretensiones esotéricas o "espirituales" (palabras también gravemente vacías de sentido para mi). Y me está quedando claro progresivamente que exijo demasiado de la vida como para disfrutar a pleno de ella, pero al mismo tiempo, no estoy disconforme con mi estupidez; creo que la sabiduría termina donde se quiere dejar de caminar y yo siento que tengo muchísimo para caminar, pero en esta dirección (la de los sahumerios, los curas evangelistas y las personas que te dicen que Dios es todo, todo es Dios y necesitamos de él como necesitamos del oxígeno que a la larga también es veneno), no hay más que trigales fecundos que alimentan gente y acaso a mí, pero son aburridísimos de ver en el camino.

(Por supuesto que opiniones, confrontaciones y esclarecimientos son más que bienvenidos).