30.4.12

El pueblo que se fue

Como siempre, estoy acá cuando debería estar haciendo otras cosas. Hoy es Shakespeare, mañana será Racine, pasado será Goethe, y luego Cervantes o los vanguardistas. Esos autores que la gente mira con admiración en las librerías de medio pelo pero rehuye en silencio a gastar dinero en ellos para citarlos después vía Facebook, son los que tengo que estudiar durante este cuatrimestre y quién sabe si durante el resto de cinco años de mi vida; otros autores, que la gente jamás oirá nombrar, quizás sean los que realmente cautivan mi interés.
No sé hasta qué punto es este interés, que en algún momento pueda devenir en fanatismo; es suficiente excusa para compartir con ustedes en este espacio pseudo-cultural que ya tiene un año dedicado a textos casi inútiles.

Ya hace varios días vengo leyendo por partes la historia trágica de un pueblo llamado el pueblo ubijo (Ubykh en inglés, Убых en ruso). Es un pueblo ancestral del Cáucaso, región conocida por su gigantesca diversidad cultural, fuente inagotable de nombres complicadísimos de etnias más o menos delimitadas entre sí que coexisten en un territorio relativamente pequeño. Dato atrayente sobre todo para un argentino, que no está muy acostumbrado a ver diversidad étnica. La historia de este pueblo es trágica porque ha debido organizar un éxodo masivo, junto a otros pueblos musulmanes de la región, por la amenaza de subyugación que recibió del ejército ruso. Este éxodo comenzó el seis de marzo de 1864. Para el veintiuno de mayo del mismo año, no quedaba un solo ubijo en su tierra natal. Hoy los descendientes -orgullosísimos descendientes- de los ubijos están radicados en su gran mayoría en Turquía y Jordania, pero la asimilación cultural alentada por los más viejos miembros de la etnia tuvo como consecuencia la desaparición de sus modos de vida seminómades y, especialmente, la extinción del lenguaje ubijo (un lenguaje con ochenta y cuatro consonantes y dos vocales), en el año 1992, con la muerte de su último hablante natural, Tevfik Esenç.

Quise escribir sobre esto después de haber leído el primer capítulo ("Festín con los muertos") de una novela escrita por un poeta abjasio llamado Bagrat Shinkuba. No sé en qué idioma fue escrita, probablemente en adigue (Adyghe, otra de las lenguas de los pueblos de la zona), el nombre de la novela es en inglés The Last of the Departed. En el primer capítulo se relata el encuentro de un estudioso y descendiente ubijo que ha ido a visitar al último de los miembros de la etnia, Zaurkan Zolak, que es un personaje ficcional. Se relata la sorpresa que ha tenido el viejo hombre, centenario ("si no estoy equivocado, tengo exactamente cien años"), al encontrarse de sorpresa con un compatriota suyo, que además es su tío materno. El pasaje dibuja el destino triste del pueblo ubijo.

Finalmente salió de la habitación contigua, sólo que apenas pude reconocerlo: se veía aún más alto. Ahí estaba parado, con un oscuro tapado circasiano, llevando un alto sombrero astraján en su cabeza, y en un angosto cinto caucásico decorado con plata empañada había una vieja daga en una vaina, una daga plateada que también estaba empañada y tenía un gran mango negro perfecto para la manipulación en batalla. El viejo hombre sostenía un cuerno de cobre de aproximadamente un metro de longitud. Permaneció parado mientras me contaba la historia del cuerno.
"Soulakh, el más viejo de nosotros los ubijos que quedó en esta tierra, me dio este cinto, esta daga, y este cuerno antes de su muerte. El cinto y la daga le pertenecían, pero el cuerno pertenecía a la gente. Hoy lo tengo, y cuando muera, quién sabe de quién será. Cuando vivía en el Cáucaso mi padre tenía un cuerno muy parecido a éste, y cuando los hermanos de mi madre venían de Tsebelda a visitarnos, mi padre soplaba el cuerno para convocar a todos nuestros vecinos y parientes. Todos los que lo oían sabían que Harmiza tenía compañía. ¡Este cuerno va a ser tocado esta noche para que todos sepan que un pariente, mi tío materno, ha venido de muy lejos a verme! ¡Todos deberían saberlo y asistir a la fiesta!"
Sin decir otra palabra, el viejo hombre salió de la choza con el cuerno en sus manos. Perplejo, lo seguí hasta la puerta. Pasó la hilera de cuatro árboles que estaba fuera de la casa, se paró sobre el precipicio y comenzó a soplar el cuerno.
Nunca había escuchado un sonido tan atemorizante y doloroso, como los gemidos de un animal herido. El llamado ahora se levantaba alto en el cielo como humo flotando sobre los tejados, y murió gravemente en algún lugar muy lejano, llevado por el viento. Lo miraba y pensaba. ¿Por qué el cuerno no brama aún más fuerte y aún más dolorosamente para que todos los que lo escuchan lloren? ¿Por qué todos los que lo escuchan no se sacan los sombreros en la memoria de una nación que ha desaparecido de la historia? El último cuerno de los ubijos está siendo tocado y la tragedia no es que el centenario que lo sopla no será nunca más un niño, un joven o un guerrero; ¡la tragedia es que ningún otro ubijo lo será, porque este viejo hombre es el último de los ubijos!


Reconciliación con Shakespeare

REY
¡Vamos, Hamlet! ¿Dónde está Polonio?


HAMLET
Cenando.


REY
¿Cenando? ¿En dónde?


HAMLET
No donde come sino donde se lo comen. Está en una sesuda asamblea de gusanos. El gusano es el supremo emperador de las asambleas; nosotros cebamos a todas las criaturas para que ellas nos engorden, y nos engordamos para cebar a los gusanos. Rey gordo y mendigo flaco son sólo un variado menú: dos platos, pero en una sola mesa.
Un hombre puede pescar con el gusano que comió de un rey, y comerse después el pescado que se alimentó con ese gusano. Y ése es el fin.


REY
¿Qué quieres decir con eso?


HAMLET
Nada, sólo mostraros cómo un rey puede hacer un viaje principesco por las tripas de un mendigo.


REY
¿Dónde está Polonio?


HAMLET
En el cielo. Enviad allí a que vean; si vuestro mensajero no lo encuentra, buscadlo vos mismo en el otro lugar. Pero, a fe mía, que si no lo encontráis dentro del mes lo olfatearéis al subir por la escalera del vestíbulo.


REY (a sus servidores)
Id a buscarlo allí.


HAMLET
Él los esperará hasta que lleguen.


(Hamlet, IV, 3)

24.4.12

Funerales/deshoras/Sta. Fe

Revisar entradas viejas es una buena costumbre. A propósito de esto entré a las estadísticas y me sorprendió ver una entrada que había escrito recién llegado de un funeral; parece que la palabra "homeostasis" trajo a más de un desprevenido a dar vueltas por este blog azulado. O capaz fue otra cosa, capaz fui yo mismo o alguno de mis allegados queriendo buscar cuándo había sido escrita esa entrada porque el otro día discutimos cuándo había fallecido la persona de la cual se trata.
(Recuerdo que era miércoles o martes, yo estaba en la biblioteca y me confiaron la noticia fúnebre, que nunca es un placer recibir por más poco contacto que se haya tenido con la persona que se vuelve protagonista-pasiva).

Alrededor de esa nota surgen todas las de noviembre; entré en una al (cort)azar y encontré esta frase.

No aceptar otro orden que el de las afinidades, otra cronología que la del corazón, otro horario que el de los encuentros a deshora, los verdaderos. 

A propósito de ella pensaba esa noche fugarme de casa e irme a pasar a otro lado la noche porque las cosas en mi casa se habían vuelto un poco pesadas. Quería comunicarles que la pasé bien esa noche y, en un día análogo a esa noche como es hoy, extraño mucho sentirme ahí a salvo del frío (que en su momento era un calor infernal, como todos los hechos complementarios que actúan como partes de una trama común que acaso sea el amor pero más bien se parece a una negociación tácita).

Recuerdo que esto de revisar entradas viejas ya lo había hecho alguna vez. Y esa vez tuvo como consecuencia una entrada que puede bien ser esta; pero hablaba de cosas y lugares distintos. Santa Fe es una ciudad que me gusta mucho, que me gustaba antes de conocerla y después de conocerla, pese a las espinas raras que me provocó, me gustó aún más; pareciera ser más bien una fachada artificiosa de una ciudad que en realidad se desarrolla abajo de los carteles de la inmobiliaria, como si la verdadera Santa Fe (que es casi un mito) viviera en un sótano con toda esa gente a la que no le interesa, verdaderamente, la ciudad y su consumo.
Quiero contar también que hoy estaba volviendo en colectivo y medio dormido, habrán sido las dos de la mañana, me despertó una luz brillante. No todos los pueblos tienen luces brillantes por lo que no todos los pueblos me despiertan en un viaje (despertarse y no saber dónde estamos, y sentir un poco de amargura por no saber y querer volver en realidad no es siempre una linda sensación). Pero este pueblo tenía unas luces particularmente brillantes, y supuse que se trataba de algún pueblo histriónico del interior de Santa Fe. No estaba muy errado pero sí un poco: el pueblo era la misma Santa Fe, y yo estaba despertándome y dándome cuenta que conocía esas esquinas no por un colectivo y no como pasajero sino como protagonista encantado que hubo estado, algún día, viviendo algún milagro. Así es como iba el colectivo por la zona de la terminal y allá al fondo estaban las luces púrpura del casino, y todas las cosas que el agua reflejaba impasible, ese agua que soñé con cruzar con una balsa para llegar a Santa Fe como prófugo (como había abandonado mi casa en noviembre); no di crédito a mis ojos ni estuve seguro de entender porque era todo demasiado perfecto, pero exigiéndome una prueba traté de adivinar las cosas que estaban a mi alrededor y efectivamente esas cosas fueron apareciendo. Dársenas, autopistas, árboles, señalética. Estaba en Santa Fe y no lo podía creer.



Tras esos vidrios llenos de humedad sobre los cuales la gente en medias apoyaba su pie, se cagaba de frío y volvía a guardarlos en la zapatilla, había gente que acaso me extrañaba, me esperaba, o quizás simplemente se sorprendería de que yo estuviera ahí de nuevo. Y estaba; me daba culpa, espero que no lean esto, no poder bajar del colectivo e ir a sus casas, prueba irrefutable de que en realidad no soy un hombre libre. Podría haberlo hecho, por supuesto que sí, necesitaba sólo la emoción egoísta de bajar la escalera a toda prisa despreciando lo que me había costado el valor del pasaje hacia la Córdoba que ya no me atraía, e ir a visitarles. La vida no siempre es una aventura, ¿o sí?
Lo que sé es que quizás allá me hubiera sentido un poco menos solo, cuando los hogares, que pensé que se habían duplicado, en realidad se habían dividido cada uno a la mitad. No diríase que estoy mal en este momento ni que me arrepiento de haberme quedado escuchando el Cure for Pain en vez de haberme bajado a caminar desabrigado esas calles heladas. No me la juego y acaso nunca lo haga, porque para eso soy un cobarde que se deja tentar con la facilidad de subir más bien a un departamento, que no me reconoce sino cuando hago entrar la llave que guardaba recelosamente en la mochila de Ramones.

Una foto vieja

una foto vieja es lo siguiente
un documento que vos ponés al lado de los apuntes
mirándola y preguntándote
si en el momento donde tu madre sacó la foto
pasó algo
que te haya determinado a estudiar lo que estudiás
Fedra, Goethe, Coseriu, los formalistas
que hoy son cerca allá eran lejos
y la manguera, la navidad y la ropa colgada
sufrieron el proceso más bien inverso;
la foto vieja es eso
¿contraposición o complemento?
verla es sumergirse en malentendidos
del orden de
cuándo sacaron esto y por qué motivo,
iba al jardín, no era lo que soy sino lo que era
y sin embargo me llamo como me llamaba
me sigo llamando patricio,
qué nombre anticuado me cargaron
porque fue elegido en los noventa
y no podría decirse que lo elegí yo
ni tampoco que estoy de acuerdo con ese niño
y su boca, que es la mía
que refuta con mi lengua la palabra que yo digo
sumergirse en todo eso es una foto vieja
y le saca el encanto desempolvar el álbum día por medio
es importante tenerlos bien guardados.

Vacaciones interminables

Acabo de llegar de mi ciudad natal, Corrientes, de nuevo a Córdoba, y encontré (mi madre me preguntó lo mismo) todas las cosas en orden, como esperaba dejarlas. Porque la vida es predecible a veces aunque no siempre.




Aureliano no está en este momento y la casa está hecha un silencio, el día una seda y los libros un plomo. Es difícil acostumbrarse al ritmo de estudio después de haber ido y venido de algún lugar bastante pesado de significaciones, significaciones que desencadenan un estado de humor bastante particular. No sabría describirlo pero su improductividad, por lo menos académica, es característica. Me pasó con Salta (puede verse a principios de este blog una entrada dedicada a mi devoción por ese lugar y mi devoción, en ese entonces, por dos o tres personas que habitaban ahí); ponía como excusa para mi desgano posterior al regreso que ya no quería hacer nada, sólo quería volver. Era bastante molesto el hecho de encontrarme de vuelta sumido, por la fuerza, en una rutina que desconocía mis emociones aunque yo estuviera injustamente obligado a reconocer las suyas. (Lo que me consuela: de cualquier manera ese año fui segundo promedio, seguramente de no haber ido a Salta hubiera sido primero y tengo fundamentos para demostrarlo. Lo que significa que a pesar de todo fui capaz de centrarme con adolescencia y todo y probablemente sea capaz ahora de centrarme también para aprobar las dos materias que están en juego este cuatrimestre).
Este caso es por analogía similar al de Salta, así me siento ahora pero en menor medida. Tengo la cabeza un poco más fría a esta altura, demostración de esto es que ahora estoy escribiendo una entrada contándoles una historia que seguramente no les interesa, pero que hubiera sido incapaz de escribir ayer. Todavía no puedo agarrar los libros que tengo que estudiar para mañana, pero ya los puse cerca, y en cualquier momento se vuelven tentadores de nuevo (esto sucede como un clic, como una pequeña explosión, siempre; no es un proceso). Más cerca tengo Las armas secretas de Cortázar. Y quería escribir sobre este libro, un poco, y sobre lo que significa para un regreso, otro poco, y sobre lo que significa el regreso en sí, y ad hoc el extenso preludio.
Ahora pienso leer uno solo de los cuentos de Las armas secretas, llamado Las babas del diablo. Mucha gente me habló muy bien del cuento antes de leerlo, y fue el último que leí del volumen (siendo el primero, naturalmente, El perseguidor). Me gustó mucho. No tiene nada que ver con mi estado de ánimo acaso ahora, pero los estados de ánimo se inducen lentamente por lo menos a nivel personal: hubiera sido demasiado obvio leer un libro donde un chico regrese a su casa después de haber estado en su casa. Entonces, para ser más sutil, puse Jerry Roll Morton y agarré un libro de Cortázar. Cortázar, este señor de apellido vasco que se definía, a él y a L. Armstrong, como un cronopio, fue un señor que vivió hasta el año 1984 escribiéndome cartas (¡ja!) que me alentarían a un cambio en el estilo de vida. Estas cartas fueron escritas en forma de novela y por algún error ingenuo se publicaron y fueron un éxito, de manera que son cartas para todo el mundo, para todo aquél que se encuentre en situaciones similares. Como en su propia vida, algunos de sus relatos se basan en la fragmentación de la vida en dos mitades, coincidentes más o menos con dos lugares. Es decir, el punto de vista de un exiliado, de un argentino ido a vivir al extranjero, y el desarraigo consiguiente entremezclado con los furores de la nueva vida en paisajes desacostumbradamente hermosos y la variedad idiomática y espiritual de las personas que iba conociendo. ¡Qué ganas de irme!, pensaba yo mientras leía a Horacio en primera persona y acaso también en tercera; tantas situaciones posibles y yo viviendo la misma tontera de siempre, la biblioteca (que hoy por hoy fue devuelta a la mujer que la administra tan eficientemente hace como 30 años), los padres, el almuerzo, ruso los viernes. No aguantaba el encierro; me parece particular el estado de ánimo de hoy porque justamente valoro el encierro ahora demasiado tarde -como siempre se valoran las cosas una vez que se pierden.

El encierro es lo opuesto a abrirse a la vida, claro está. Y abrirse a la vida, actividad tan increíblemente retributiva, es el pilar fundador de la mudanza a otras latitudes y también puede llegar a ser una actividad cansadora puesto que debe ejecutarse, casi inconscientemente, todo el tiempo. Así es que vamos conociendo muchísima gente nueva que va sumando y va sumando, aunque algunos encuentran para esto más dificultad que otros. Sin embargo, creo que es una de las cosas más importantes que tenemos que hacer en vida; abrirnos a la vida, a los lugares y a los modos de pensar.
Ayer hablaba con una amiga, caminando allá, acerca de su oficio part-time (creo) de clown. Y me estaba contando cosas realmente interesantes. "Ser clown es lo más cercano a ser psicótico, y por eso no podemos trabajar con psicóticos", "no podemos tirarnos al piso, llevar esmalte de colores o peluches y tenemos que lavarnos las manos antes y después de entrar a la sala donde está el paciente por eso de los virus intrahospitalarios". Adelante caminaba un tipo, un tipo de nuestra edad con sus útiles del colegio, con cara de vergonzosamente interesado. Nos miraba de reojo cada tanto y trataba de caminar a la par nuestra para escuchar lo que decíamos, pero al mismo tiempo iba con la cabeza gacha y con su típica actitud de hostil correntino (merced a la cual se gana o se pierde el respeto en un proceso vertiginosamente rápido). Este tipo que parecía querer ser hosco en realidad parecía querer escuchar lo que nosotros hablábamos, y al final  terminó quedándose atrás y poniéndose los auriculares. Y mientras yo escuchaba las cosas que en realidad iban dirigidas a mí, pensaba en el tipo, pensaba que quizás se quedó con ganas de saber más y acaso nunca más pregunte nada a nadie, porque quedaría muy tonto preguntar sobre un tema que escuchó "una vez en la calle al pasar" y del cual acaso nadie sepa nada, más todavía si es un tema relacionado con payasos. Y así, la vida sigue en el mismo lugar que siempre y el tipo, que no tenía pinta pero nadie la tiene en principio, tenía vocación de payamédico y sólo haya tenido contacto con este oficio caminando por las calles, con su joroba nacida parte de la hostilidad y parte de la mala postura que tiene como causa esta hostilidad de estilo, y Dios sabrá que hará de su vida, a pesar de su vocación, en los años siguientes a esta charla.



Abrirse a la vida. Sí, quizás estoy exhausto, quizás me haya agotado, no hacerlo continuamente durante tres meses hasta esta pausa de cuatro días, sino por lo menos la idea de la responsabilidad de tener que hacerlo continuamente durante los cinco años por lo menos que me quedan aquí (tras los cuales se verá si quiero seguir siendo abierto o si en cambio me quedo con mi titulito enseñando en la escuela secundaria, donde estará la bibliotecaria que en vez de 30 años de servicio tendrá 35, habiendo cambiado los muebles de lugar y con una hija ya médica que vio nacer siendo bibliotecaria).
No es una responsabilidad precisamente, sino es enriquecedor por sí mismo; acaso los hombres libres no tengan responsabilidades, acaso sí (no sé nada de ser libre), pero creo que es algo que no debería faltar a nadie, así no se le agarre el gusto a la primera; conocer gente es realmente hermoso.
De cualquier manera fue linda esta pausa de cuatro días porque volví a ver a gente que había conocido pero que por la fuerza no podía ver. Es un proceso inverso más parecido al encierro, pero también lindo. En este sentido, fueron unas vacaciones, porque ni siquiera compartía entonces la misma ciudad que mis obligaciones académicas o inmobiliarias sino que parecían dos mundos distintos (y he aquí la similitud con Cortázar y mis ganas de leerlo ahora aunque no tenga nada que ver con estas obligaciones académicas). Fueron efectivamente unas vacaciones, pienso ahora. Y siempre es doloroso volver de las vacaciones porque tenemos que volver "a una rutina que no reconoce nuestras emociones sino que nos obliga a reconocer las suyas", y todo esto enmarcado en la casa de siempre con los objetos de siempre y la gente de siempre, que pasó de ser súbitamente "gente del mañana" a "gente del hoy", o incluso "gente del ayer", comparada con la gente que es efectivamente del ayer y sin embargo fue mi centro de atención por cuatro días, ¿se entiende?
Es doloroso... y extraño un poco la ciudad en sí, querer haberla caminado más de lo que la caminé y querer haber visto más a la gente que vi dos o tres horas solamente. Ya habrá otras oportunidades, me digo a mí mismo. Y es importante en este momento, me digo a mí mismo, no encapricharme con querer volver (por un momento pensé en romper el pasaje, por un momento pensé en posponerlo para la semana que viene forzando un hastío en mí y un atraso en mi carrera que va taaaan bien), ya habrá tiempo, me digo a mí mismo. Es importante centrarme porque esto es lo que me está haciendo feliz, aunque a la primera no se vea. La primera: la primera impresión que me dio mi casa cuando entré, el primer intento de leer los libros que en este momento no me interesan, la primera vez que toqué las teclas de esta máquina de siempre y me vi sentado en la postura de siempre escribiendo en el blog de siempre las sandeces de siempre... (quizás, a causa de lo interesantes que se pusieron las cosas, con un formato más largo que el usual, pero de cualquier manera sandeces). Esto es lo que voy a seguir haciendo porque es lo que me hace feliz, y volver de las vacaciones en realidad es entrar en un tipo de vacaciones distintas. Ayer tuve, medio-dormido, un pensamiento que me resultó muy cómico en el momento: tenía mi mochila a mis pies en el colectivo y pensaba qué pasaría si dormido vinieran a robarme. Y pensé que más allá de que al despertarme faltaran cosas, al despertarme me encontraría con una "re-versión de la mochila de antes, un poco más vacía". Me cuesta acordarme de las palabras que me causaron gracias pero creo que fue re-versión. Acaso la rutina sea una re-versión de las vacaciones y sea competencia nuestra no sentirnos como en una rutina (lo cual mal que nos pese no se logra solo).

Resultado, vacaciones permanentes. El sueño de todo hombre.
Dijo Confucio, leí por ahí:
"Elegí el trabajo que ames, y no tendrás que trabajar un solo día en toda tu vida."
No es un trabajo lo que ejerzo (todavía, o más bien, es un trabajo no remunerado, dado que exige energía pero no otorga retribución económica sino probablemente lo contrario, sólo retribución intelectual), pero sin dudas lo amo. Y trabajar es sólo pasajero... leer libros que no me gustan es sólo una parte del trabajo que en realidad es placentero en su totalidad. Y quizás hayan visto al pasar acá una entrada de frustración sobre no poder entregar un trabajo final hipótesis de un cuento que en su momento fue bastante tedioso. ¿Se imaginan? Hasta extraño esa alienación... y sería actitud de encierro querer volver a esos días cuando ahora estoy aprendiendo tanto de tantas cosas que en otro momento no me interesaban.


"Ya, cavalleros, dezir      vos he la verdad
qui en un logar mora siempre,       lo so puede menguar;
cras a la mañana,       pensemos de cavalgar,
dexat estas posadas,       e iremos adelant."
(Texto académico escrito alrededor de 1207)

19.4.12

El prerregreso

Bueno, esto es una locura. Cambió la interfaz completa; con razón nadie escribe nada en ningún lado. Esto se vuelve súbitamente muy incómodo. Habrá que hacerle frente si queremos que este intercambio (hasta ahora) gratuito de información y sentimientos siga en pie. Por eso mismo entré a escribir a este blog, con una idea ya fija que en realidad sólo me hacía falta expresar; creo que desperté a mis vecinos con la guitarra y este medio de canalización iba a ser un poco más apropiado para la hora, dado que acá sigue siendo de noche por lo menos parcialmente. Así que acá vamos.
(Cuando hay carencia de inspiración, sólo vale como salida fácil escribir sobre uno mismo; son las 7 de la mañana y en estos días nunca me anduve levantando temprano, así que teniendo en cuenta que las mañanas son la parte del día que más me inspira, probablemente largue un par de entradas hoy que sorprendan a los asiduos lectores, ¡verán!).

Tengo ganas de escribir sobre esto hace una semana. Simple: vuelvo a Corrientes mañana. Desde que llegué a esta ciudad hermosa a fines de enero no vuelvo y es un plazo desacostumbrado y un poco nimio, pero ciertamente nunca había estado fuera tanto tiempo. No había escrito porque mi vuelta era una sorpresa, pero ya no creo que alguno de los destinatarios de la sorpresa -que se sigue manteniendo aunque ya confesé a varios que volvía-, lea este blog ahora, faltando tan tan poco.
A esta altura del próximo reencuentro la ciudad se construye como sensaciones, no como edificios y mucho menos como nostalgias. Ya había dicho algo de eso; tenía ganas de caminar por ciertos lugares que se me aparecen en la cabeza, en cualquier momento. No sé si en eso consiste extrañar, pero no es doloroso porque ya tengo fecha en el pasaje que está pegado a la heladera para no olvidarme (porque suelo olvidarme de esas cosas; por otra parte, quizás de no tenerlo sí sea doloroso). Estas sensaciones simplemente aparecen. A un nivel un poco más cerca del ama de casa que estoy hecho ahora, las cosas allá eran tan baratas y eso también extraño porque con 20 pesos te armás un banquete que acá no existe ni de cerca aunque acá 20 pesos también, a veces, sirvan para algo. También extraño ver mucha agua junta. En la Ciudad la mayor corriente que hay es el canal, o capaz el río Suquía o el Primero -no sé cuál es-, y estoy seguro de que el día de la tormenta de granizo y todo eso que hubo hace como un mes cayó más agua de la que corre todos los días por esos lugares, es decir, que vi un río vertical y es super triste porque allá no, allá los ríos nunca son verticales si los comparás con los horizontales. Salvedad hecha de que llueve el triple, también hay un río incomparable que construye el imaginario de la ciudad para los turistas, y caminar por su ribera es la actividad favorita de aquellos que hacen deporte (un deporte chic, un deporte histriónico). Para los sedentarios como yo es sólo el río que pasa por enfrente de la biblioteca y del cual se habilitan algunas playas cada tanto donde se ahoga algún boludo que salió a rescatar la pelota de fútbol. La ciudad está por todos lados teñida de un humor negro y cínico, ya que menciono a estos boludos. Teñida de humor cínico por un lado y de indignación por el otro; el cinismo es la propiedad, como mis cercanos, de hacer frente a los idiotas indignados, ponerse en el bando de enfrente. Así, se puede satirizar sobre el cuerpo de un colectivero muerto sin dejar de pensar que fue una desgracia, mientras los otros queman llantas y cortan calles y hacen infelices a los demás.
Todo esto también debería formar el imaginario, pero requiere una investigación mucho más exhaustiva del ministerio de Turismo de la provincia, cosa que ellos no están por hacer por temor a quedarse exhaustos.
De cualquier manera la ciudad es muy linda, muy. Recomiendo su visita, cosa que no hubiera hecho hace algunos meses, pero sólo como se recomienda ver una iguana para admirar sus arrugas y seguir caminando. Hay muchas otras ciudades lindas, no se las pierdan.

17.4.12

Más delitos en los pisos bajos. Tras estudiar miles de informes, la policía de Nueva York ha constatado que los delitos, peleas y suicidios son doblemente frecuentes entre los habitantes de las plantas bajas y primeros pisos. Las hipótesis para explicar este fenómeno singular van desde el hecho de que el bienestar psicofísico de quienes viven en los pisos altos se incrementa con el silencio y el aire menos contaminado, hasta la felicidad que proporciona la sensación subjetiva de sentirse por encima de los demás.





(de la MUY, n°37, noviembre de 1988)

16.4.12

¿Cómo se dirá maní en ruso?



Son casi las cinco de la mañana y esta entrada es del todo innecesaria como la vida misma pero sólo quería comunicaros a ustedes, personas que no tienen nada que ver.
En las entradas de los meses anteriores puede verse cierta aprensión de mi parte por cuestiones económicas, que han sido felizmente apaleadas con paliativos para ser analizadas más adelante, mientras todavía se pueda dejar las cosas para más tarde. Hoy mismo es otra especie de aprensión la que me aqueja. Y es del todo erróneo incluso decir "hoy", porque sé que es una aprensión que va a durar un par de horas (y es la ventaja de funcionar a contratiempo de los tiempos comerciales y estatales).
Seamos concretos: de la nada ha surgido la posibilidad de que me desarrolle laboralmente como traductor del idioma ruso en una gran empresa fabricante y exportadora de maní del interior de Córdoba, más o menos a 150 km. de mi cama. Lo cual es una locura en varios sentidos: la apertura laboral súbita de trabajar para una gran empresa acaso desde la comodidad de mi hogar, con traslado y alojamiento incluidos a y en ese pequeño pueblo de donde es; tanto como el hecho de que sea el idioma ruso, que es un idioma que me resulta demasiado intrigante y si bien lo conozco diré, superficialmente y acaso un poco más profundo (temo que mis empleadores sean asiduos y secretos lectores del blog y por eso no diré que recuerdo el ruso muchísimo menos de lo que debería recordarlo un traductor hecho y derecho). Ahórrense comentarios de "qué país generoso", porque la generosidad todavía no se me ha dado y es bien cierto que (mal)gasté un año de mi vida estudiando ruso, a diferencia de toda esa gente que me ha dicho "y para qué mierda estudiás ruso" y ahora no podría, por ejemplo, tener este trabajo, tema aparte de que podría tener uno mejor o peor pero decididamente sin nada que ver con el idioma ruso. La verdad no importa. La vida se construye a partir de los hechos y no a pesar de los mismos. Esta oferta vertiginosa debía ser desencadenada con un mail que mandé al que será, en el mejor de los casos, mi empleador/verdugo/loquesea, y mi viejo lo ha definido como la cabeza de una empresa grande pero familiar, entonces no espero realmente a un dictador tras un escritorio. A eso iba: tuve a bien escribir el mail a las cuatro y media de la mañana para que mi empleador tenga consideración con mi noctambulismo o con mis hábitos madrugadores -las dos cosas son una mentira, en rigor de verdad estoy en el medio de las dos-, y como pasa cada vez que alguien quiere escribir algo y no sabe por dónde empezar ni dónde seguir, me ha costado horrores armar un mail coherente, y lo he hecho en alrededor de 20 minutos. Es decir que el mail acaba de irse y con él la posibilidad inexorable de haberlo hecho bien o mal. De ahí surge mi nerviosismo; sé sin embargo que gracias al horario comercial y a los hábitos diurnos del homo sapiens este tipo me responderá en el transcurso del día y mi intriga no será mortal. Entretanto quería compartir con ustedes, lectores, mi positiva ansiedad, así como el anticipo de una entrada sumamente optimista que vendrá en las horas siguientes.



Rescato sin embargo la posibilidad de aprender más ruso del que sé, en detrimento del crecimiento económico que como he dicho ya no es, felizmente, prioritario.
(Aunque a mi pesar descubrí el otro día que la vida tiene más colores cuanto más papel moneda se tiene en el bolsillo).

15.4.12

Una película menos rumana

A propósito de la película mencionada en la entrada anterior, hubo una escena de la misma (repetida dos o tres o quizás cuatro veces a lo largo de las dos horas que duró) que me puso feliz tirándome como un embudo a los ruidos y los olores que el director trataba de describir a través de la cámara. Es decir, ruidos vaya y pase, pero olores...
El tema fue así. Cristi estaba llegando a su trabajo, subiendo escaleras y saludando policías. Pensé que algo iba a pasar, como que una señora en pánico viniera a pedirle ayuda, pero aparentemente esas cosas sólo pasan en Occidente; el director de la película, un señor llamado Corneliu Porimboiu, se caracteriza por su "minimalismo narrativo y maximalismo filosófico" no tuvo a bien incluir peripecias o incluso música ambiental.
La cosa es que Cristi llegaba a su trabajo saludando escaleras y subiendo policías. Y abría la puerta de su oficina con una llave, seleccionando como hacemos todos-todos los días, pues la película, quizás salvo en las últimas escenas, se mantiene obedientemente en los límites de la cotidianeidad. Y he aquí cuando el policía nombrado entra a su oficina y prende la luz, puesto que no había nadie dentro: y tal sencilla acción me recordó a los tiempos donde trabajaba en una biblioteca, donde iba a trabajar dos semanas y terminé trabajando tres meses, y era todos los días lo mismo. Llegar, usar la llave, abrir la puerta, encender la luz, y sentarme a esperar que vinieran los estudiantes ávidos de conocimiento (los esperé tres meses). Para Cristi, imagino, no era tan grato este espacio como para mí, porque él lo compartía con un policía gordo que aparece dos veces en la película y sin embargo yo, sentado tras mi mostrador, con todos los libros a mano porque hacía una pila modesta de los que quería leer y los dejaba en el estante que los alumnos no podían ver porque estaba de mi lado, yo sin embargo estaba solo. Y cuando quería estar aún más solo, porque a través de los vidrios que daban al pasillo bien se podía ver todo lo que hacía sentado en mi mostrador, iba a la parte de atrás de la biblioteca donde los estantes que en su momento parecían muchos pero que hoy son sólo 8, formaban sombras altas y rectangulares donde se podía dormir incluso ignorando la luz del jardín que entraba por las tres amplias ventanas que me obligaban a abrir por alguna foucaultiana razón. El jardín en invierno era bellísimo y más cuando llovía, y supe hacer un buen uso y no un tanto ilegal de los grabadores para escuchar Belle and Sebastian en esos momentos y poder grabar, tanto en la cabeza como en una carpeta con olor a cáñamo, las impresiones que me daba la tranquilidad de ese lugar que alguna vez confundí con aburrimiento.
Hoy pensé sobre el aburrimiento. El aburrimiento es algo muchísimo más cotidiano de lo que parece. El aburrimiento es estar sentado mirando muros de Facebook aleatorios, sin motivación alguna para hacer lo que hacemos sino por lo contrario, llevados por la inercia; o bien despertarnos y permanecer en la cama, con ganas de desayunar y sin ganas de permanecer pero permaneciendo. Está bien, acaso el aburrimiento llevado por la inercia sea lo mismo que la rutina, y que era rutina todos los días entrar a 'mi' biblioteca como Cristi entraba a su oficina, pero la inercia se trabajaba adentro, una vez llegados a donde estamos, venciéndola o cediendo a ella: tal es así que a veces estaba con ánimos de leer la Odisea tanto como a veces estaba de ánimos de quedarme sentado, casi dormido pero sin ganas de dormirme, en la silla giratoria que me asignaron para estar obedientemente detrás del mostrador que-los-alumnos-ven-pero-no-ven. Es vencer a la inercia lo que requiere energía y la inercia es más fuerte en cuanto más aburrida estamos: "si no tenemos nada para hacer es porque en realidad, no queremos hacer nada". "Ábrete a la vida...", repetí hasta el cansancio en esta plataforma, y cada día encuentro un sentido nuevo en el cual esa frase es fatalmente cierta.
En fin, esta película tuvo como una pequeña chispa disparadora que recién estoy recordando, disparadora de memoria y de olor a polvo sobre libros. Cristi no tenía libros en su oficina, se ve, sino expedientes aburridos y aburridas tazas de café, como todo en Rumania parece ser aburrido (esa es la impresión que da desde su séptimo arte), pero declararse aburrido es hilar muy fino, porque en realidad aburrimiento sea en realidad y simplemente carencia de proactividad. No hay que ponerle nombres elaborados a sentimientos y estados simples, porque tienden a hacernos creer que lo nuestro es gravísimo y significativo y así terminamos todos hipocondríacos y mártires.



Y esta entrada a su vez, si tenía alguna finalidad, era canalizar la nostalgia que tengo armada con una estructura simple de palabras que hubiera escrito en la biblioteca sobre un papel, con la "femenina caligrafía" que tengo, en períodos donde el silencio me permitiera escribir lo cual se hacía imposible con la excitación de los últimos días, la proximidad de las vacaciones, el alejamiento del lacónico invierno. Ahora escribo muy lejos de la biblioteca y sin un mango a diferencia de esa vez, y sin embargo me siento tan bien porque tampoco me estoy aburriendo ni dejándome aburrir.

Una película rumana

Hoy fui a ver una película rumana. El cine los días de lluvia está bien, y los días después de la lluvia es un poco lo mismo de siempre. Sin querer me metí a un pasillo que salía al patio y dije... "éste va a ser el lugar donde me voy a esconder para que no me encuentren, y cuando me encuentren me van a echar, y cuando me echen voy a volver a esconderme para que no me encuentren".
(Quizás sea menester llevar una carpa por si me dejan encerrado, de forros puros)
Pero la película estaba en otro pasillo, en el cine te perdés porque el hall es una sala de espejos, que está bien. Quedan hermosos, pero sólo te ves a vos y a dos o tres viejas que acaso tengan ascendencia rumana. El camino se pierde si el reflejo es sólo tuyo, y los espejos están por todos lados, describiendo pasillos que no existen. Entré a la sala sin caerme por las escaleras por una vez quizás porque enfilé a la primera línea de asientos que vi, sin comprobar si estaba o no en la sala correcta. No tenía nada para comer, ni siquiera un caramelo de miel como el que estaba sentado en la fila de atrás.
Durante toda la película me pregunté qué motivaría a todas esas personas (eran como 30 en la sala) a ver una película tan aburrida. Es bien sabido que el cine rumano es un cine poco dinámico y con mucho diálogo. Esta película era peor: era poco dinámica y podía pasar veinte minutos sin una línea, lo cual es muy malo especialmente para una persona que fue sobre todo para escuchar cómo hablan los rumanos. Pero era divertido ver tomas innecesarias en silencio, como el protagonista poniendo pan a su sopa o el protagonista tomando un té, parado junto a un poste de luz en una calle de una ciudad de mediano tamaño que no es Bucarest ni Brasov y de hecho no la nombran.
La película comenzó a hacerse entretenida en la última escena, lo cual es prueba de estupidez congénita del señor director o simplemente que el dinamismo que indica que la vida avanza es el mismo que indica que la película rumana termina. Durante la película se me ocurrió que debería haber sido renombrada "la aburrida vida del detective Cristi", pero en cambio se llama "Policía, adjetivo", y es una película que recomiendo fervientemente para cuando estén tristes y quieran pensar en nada. Son esa clase de películas que sólo podés ver en un cine, porque si las enganchás en la tele haciendo zapping seguramente te inspire a oprimir el botón de siguiente a la primera de cambio y estás en todo tu derecho, porque el zapping es gratis y el cine no.



No soy bueno escribiendo reseñas cinematográficas y esta no tiene intención de ser una porque nada en este blog tiene intención de ser lo que es. Me comentaron hace dos años, hablando "en dialéctica platónica" con una amiga que yo pensaba que era cinéfila, que los cinéfilos son un fan club de geeks especializados en lo suyo y la admisión en tan conspicuo grupo es más bien difícil, y lo comparé con el caso de los melómanos: la música es de masas y nos vive y nos atraviesa y no requiere que nos mantengamos sentados sino a veces todo lo contrario, lo cual es muchísimo más accesible, y tiene como consecuencia según mi parecer que la música sea de masas. Ya de por sí fíjense la diferencia entre las dos dada por el sufijo -filo y -mano: el melómano es un adicto - un enfermo - un inadaptado. Y el cinéfilo es un estirado que habla siendo instruido pero no entendido.
(Aunque rescato la característica del cinéfilo de permanecer sentado hora y media aunque algo lo aburra horrores, sólo para criticarlo después vía web).



El propósito de esta entrada y quizás de todas las demás (blogger me informa que son como 215) en realidad, es poco claro.

12.4.12

El entraterrestre

Mañana voy a salir a averiguar dónde queda el Correo para mandar una carta a Posadas con una película y un libro. La película es masiva y seguro la vieron; el destinatario de la carta no la vio, y no la ve creo que esperando a que se la envíe, entonces es un favor pequeño que le tengo que hacer teniendo en cuenta su cinefilia.

El libro se llama El Entraterrestre, es un libro muy volado que compré en la FLIA (Feria del Libro Independiente y A.), del año pasado allá en Corrientes, una gran fiesta donde soplé fuego bajo el puente y sacamos muchas fotos donde en todas salí horrible. Tiene una encuadernación hermosa, con muchísimos colores e ilustraciones dentro basadas en el argumento, pintadas por alguna amiga del autor, Diego Seoane; era mi libro favorito para leer en los bancos. No en los de plazas, sino en los bancos de dinero, cuando te ponían crónica en un plasma de 42'' hasta que te atiendan, sólo para no perder la costumbre hasta que llegues a tu casa y prendas crónica.
(Creo haber dicho que los medios televisivos me parecen detestables y nunca viene mal recordarlo).

Mi inspiración no es excesiva sino bien limitada porque tengo mucho sueño y son ya más de las tres. Sin embargo, teniendo a este libro cerca, y sabiendo que estoy muy cerca de enviarlo muy lejos, quise hojearlo y copiar acá algún fragmento de sus páginas. La película va en calidad de regalo pero el libro va en calidad de préstamo y sería mágico algún día poder tenerlo de nuevo, pero más mágico es que los ojos se posen sobre él, que aunque pequeño es muy estético y aunque corto es muy poético.

"PALABRAS DEL ENTRATERRESTRE.


Hola.
Soy un Entraterrestre del espacio interior. He llegado para venir, y comunicarles: cada paso es un paso menos. Yo hablo el silencio, para escucharme, ¡hablen!
Todo comenzó con Adán y Eva. Nada y Ave. Adán y Eva. Nada y Ave. ¿Alguien sabe qué sucedió con el trozo de manzana que no comió Eva?
Pero no hay tiempo, esto pronto va a acabarse. No tengo tiempo ni de mirar la hora. Soy un robot manejado por mí mismo. Moriré el día que quiera ser hombre.


[...]"


No estoy seguro de recordarlo con precisión, pero creo que todo el libro es así: bello por la sucesión inesperada de las palabras que lo componen. Nunca se sabe qué está por escribir Diego Seoane delante de la palabra que estamos leyendo en el momento. Y la trama es igual de inconstante, los mundos descriptos son igual de intangibles y todo parece oníricamente inducido por algo. Algo.

9.4.12

Inmersión cultural en el Primer Mundo

A riesgo de llegar un poco tarde a la ejercitación sobre Saussure (que no dejará ni pena ni gloria en mi expediente académico), me colgué un rato con el café en la pava viendo blogs variados de gente que está muy lejos de mí, tanto geográficamente como psicológicamente, si se quiere. ¿Vieron cuando en Blogger, hacen clic sobre uno de sus intereses y salta toda la gente que tiene ese interés en común? Dios sabrá si puede encontrarse cada cosa con esta útil herramienta, entonces fui por lo más moderado.
Una chica europea, española, creo que de Madrid, que tenía como interés a los (ya clásicos para este blog) escoceses Belle and Sebastian, fue la única persona de habla hispana que encontré entre una misteriosa oleada de gente nórdica. Tenía dos blogs: uno de recomendaciones musicales que no vi en exceso y otro personal del que leí una entrada. El título era "Vacaciones, gafas mágicas y horas de sueño".

Voy a detenerme en el segundo elemento del organismo: las gafas mágicas. Y voy a ser breve aunque es algo que debiera ser pensado largamente, aún sin ser DEMASIADO breve y limitarme a colgar el video que tiene ella colgado, a su vez, en su entrada; lo cual fue hecho, indudablemente, a efectos de difusión, por lo que vendría bastante bien que lo cuelgue.
Las gafas mágicas son, aparentemente, un nuevo proyecto de Google que dan a conocer en el video mediante una filmación en primera persona del tipo un día en la vida de..., y se desarrolla en los Estados Unidos. Las gafas en cuestión tienen todo integrado en su interfaz: Google+, Google Maps, el famoso check-in, información sobre eventos, tránsito, esas cosas. Lo divertido es que vos te ponés las gafas y tenés acceso instantáneo a todas estas increíbles posibilidades; instantáneo y en todo momento. En un momento el protagonista del video se va con su amigo a tomar un café a un carrito (en Córdoba podríamos más bien hacer un check-in en un chori de plaza España) y le dice "esperame un segundo...", mientras hace un click en sus anteojos y en la pantalla aparece "check-in en la cafetería de Luisito sucursal Manhattan".
No sé si me pintó el personaje conservador aunque esto tampoco me parezca una aberración; es natural que esas raras personas que viven más allá del Ecuador estén innovando en muchos aspectos de un mismo sentido, y este sentido parece ser la intercomunicación cada vez más veloz entre los individuos, del que las gafas no serían sino un solo pequeño avance (quizás todavía visionario, o quizás ya se fabricó y ya hay gringos utilizándolo). En este mundo con la sonrisita de Mark Zuckerberg, otro empresario distinto pero de la misma "calaña", donde FELIZMENTE vos podés estar al tanto de lo que tus amigos están haciendo todo el tiempo (algo que se ve acá solamente cuando los amigos están en casa actualizando ociosamente estados de Facebook y alguno que otro describiendo gráficamente el lomito que se está morfando en algún shopping de medio pelo), ¿estar solo pasó de moda?
No puedo negar sin embargo que me va a asustar ver a un ejército de sonrientes personas con gafas Google+ puestas, diciendo al mundo, su círculo, que se están acercando a mí por tal boulevard y yo no me de vuelta ni para darles la hora que por lo demás tendrán integrada en sus ojos. Todo me parece muy perverso.
Creo que en este rincón desde donde escribo nos falta bastante tiempo y creo saber (pero sólo porque me dijeron) que las desigualdades tecnológicas son malas, pero yo no veo nada de malo en que todavía no estemos interrumpiendo conversaciones para hacer un check-in en tal lugar así no sea un maldito café al paso, como para que gente que no son nuestros biógrafos o nuestras madres se entere si estamos efectivamente en ese maldito café al paso, trotando a través de un puente o comprando droga a un naranjita.

Me da la sensación de incompleto no hacer el enlace a la entrada que leí. Ahora sí es definitivamente tarde, até logo.

7.4.12

"La hormiga y el saltamontes", de William S. Maugham

Debería estar leyendo Homero ["A veces, una desatención creadora es mejor que una atención servil", prof. J. Panesi dixit], pero en lugar de eso estoy admirando la obra de este interesante homosexual experimentador con cara de pocos amigos, el escritor mejor pago de Europa Occidental de principios del siglo XX. Este relato corto me divirtió mucho y creo que dice algunas cosas de interés que, dependiendo de la era y del lugar, son tabú o son exaltación pura de un estilo de vida.
Lo encontré en inglés y procedo a traducirlo, sólo para ver qué tan difícil puede ser.



William S. Maugham
La hormiga y el saltamontes
de Collected Short Stories, vol. 1


Cuando era un niño muy pequeño me hicieron aprender de memoria ciertas fábulas de La Fontaine, y la moral de cada una de ellas me fue cuidadosamente explicada. Entre ellas aprendí la de "La hormiga y el saltamontes", que fue pensada para traer a los niños la útil lección que en un mundo imperfecto la industria es premiada y la frivolidad castigada. En esta fábula admirable (me disculpo por decir algo de lo que todo el mundo es educada pero inexactamente consciente) la hormiga pasa un laborioso verano juntando sus provisiones de invierno, mientras el saltamontes se sienta en una hoja cantando al sol. El invierno viene y la hormiga está confortablemente provista para soportarlo, mientras que el saltamontes tiene una despensa vacía: va entonces a la hormiga y le pide un poco de comida. La hormiga le da la clásica respuesta:


"¿Qué estuviste haciendo todo el verano?"
"Cuidando tu presencia, cantaba. Cantaba todo el día, toda la noche."
"Cantabas. Entonces, salí y bailá."


No lo atribuyo a perversidad de mi parte, sino a la inconsecuencia de la niñez que es deficiente en el sentido moral, de que nunca me podría componer del todo con la lección. Mis simpatías estuvieron con el saltamontes y por algún tiempo nunca vi una hormiga sin poner mi pie sobre ella. En este resumen (como lo descubrí entonces, enteramente humano) busqué expresar mi desaprobación hacia la prudencia y el sentido común.


No pude evitar pensar en esta fábula cuando el otro día vi a George Ramsay cenando solo en un restaurante. Nunca vi a nadie con una expresión de tan profunda melancolía. Miraba a la nada. Parecía como si la carga del mundo entero estuviera sobre sus hombros. Sentí lástima por él; sospeché inmediatamente que su desagradecido hermano había estado causándole problemas otra vez. Fui hacia él y le tendí la mano.


—¿Cómo estás?—, pregunté.
—No en el mejor estado de ánimo—, respondió.
—Es Tom de nuevo, ¿no?
Suspiró.
Sí, es Tom de nuevo.
—¿Por qué ya no cortás con eso? Hiciste todo lo que se puede hacer por él. Deberías saber ya que no tiene arreglo.


Supongo que toda familia tiene una oveja negra. Tom había sido una dura prueba para él por veinte años. Había empezado su vida suficientemente decentemente: armó un negocio, se casó, y tuvo dos niños. Los Ramsay eran gente perfectamente respetable y había muchas razones para creer que Tom Ramsay podría tener una útil y honorable carrera. Pero un día, sin advertencia, anunció que no le gustaba trabajar y que no estaba hecho para el matrimonio. Quería disfrutar la vida. No iba a escuchar ninguna amonestación. Dejó a su esposa y a su oficina. Tenía muy poco dinero y pasó dos felices años en varias capitales de Europa. Los rumores de sus haceres llegaron a sus allegados de tiempo en tiempo y ellos quedaron realmente pasmados. Realmente la estaba pasando bien. Ellos sacudieron sus cabezas y se preguntaron qué pasaría cuando todo su dinero se hubiera terminado. Pronto lo descubrieron: el pedía prestado. Él era encantador e inescrupuloso. Nunca había conocido a nadie a quien fuera más difícil rechazar un préstamo. Se hizo un salario regular de sus amigos y hacía amigos fácilmente. Pero siempre dijo que el dinero que se gastaba en necesidades era aburrido; el dinero que era divertido gastar era el dinero que se gastaba en lujos. Por esto, dependía de su hermano George. No desperdiciaba su encanto en él. George era un hombre serio e insensible a tales tentaciones. George era respetable. Una vez o dos cedió ante las promesas de rectificación de Tom y le dio considerables sumas para que él pudiera comenzar de cero. En estas ocasiones, Tom compró una casa rodante y lindas piezas de joyería. Pero cuando las circunstancias forzaban a George a darse cuenta de que su hermano jamás echaría raíces y se lavaba las manos de él, Tom, sin escrúpulos, empezaba a chantajearlo. No era muy agradable para un respetado abogado encontrar a su hermano agitando cócteles detrás de la barra o viéndolo esperar en el asiento de un taxi fuera de su club. Tom decía que servir en un bar o manejar un taxi era una ocupación perfectamente decente, pero si George pudiera obligarlo con un par de cientos de libras consideraría renunciar por el honor de la familia. George pagó.


Una vez Tom casi fue a prisión. George estaba terriblemente molesto. Enfrentó toda la indigna situación. Realmente Tom había ido muy lejos. Había sido salvaje, desconsiderado y egoísta, pero nunca había hecho nada deshonesto, palabra que George entendía por ilegal; y si fuera procesado seguramente sería encarcelado. Pero no podés dejar a tu único hermano ir a la cárcel. El hombre al cual Tom había estafado, un hombre llamado Cronshaw, era vengativo. El estaba decidido a llevar el asunto a la corte; decía que Tom era un sinvergüenza y debía ser castigado. Esto le costó a George una infinita serie de problemas y quinientas libras para llegar a un acuerdo. Nunca lo vi tan enfurecido como cuando escuchó que Tom y Cronshaw habían partido juntos a Monte Carlo en el momento en que cobraron el cheque. Pasaron un feliz mes allí.


Por veinte años Tom vivió aceleradamente apostando, galanteando con las más lindas chicas, bailando, comiendo en los restaurantes más caros y vistiendo elegantemente. Siempre lucía como recién salido de una sombrerera. Aunque tenía 46 nunca hubieras pensado que tenía más de 35. Él era la compañía más divertida y aunque sabías que era totalmente inútil no podías sino disfrutar su sociedad. Él tenía mucho brío, un infaltable regocijo y un increíble encanto. Yo nunca daba de mala gana las contribuciones que él recaudaba de mí para las necesidades de su existencia. Nunca le di cincuenta libras sin sentir que yo estaba en deuda. Tom Ramsay conocía a todos y todos conocían a Tom Ramsay. Podías no aprobarlo, pero no podías evitar que te gustara.


Pobre George, un solo año más grande que su pícaro hermano, y parecía de sesenta. Nunca había tomado más de una noche de vacaciones al año en un cuarto de siglo. Estaba en su oficina todas las mañanas a las nueve y media y no salía hasta las seis. Él era honesto, trabajador y digno. Tenía una buena esposa, a quien nunca le había sido infiel siquiera en pensamiento, y cuatro hijas para quienes él era el mejor de los padres. Había hecho una promesa de guardar la tercera parte de su ingreso y su plan era retirarse a los 55 a una pequeña casa en el campo donde se proponía cultivar su jardín y jugar al golf. Su vida era intachable. Estaba feliz de que estuviera volviéndose viejo porque Tom estaba volviéndose viejo también. Se frotaba las manos y decía:


—Todo estaba muy bien cuando Tom era joven y buen mozo, pero sólo es un año más chico que yo. En cuatro años va a tener cincuenta. Su vida no va a ser tan fácil entonces. Yo tendré treinta mil libras ahorradas para cuando cumpla cincuenta. Por veinticinco años dije que Tom terminaría en una zanja. Y vamos a ver si le gusta eso. Vamos a ver si realmente se paga mejor trabajando o siendo holgazán.


¡Pobre George! Me simpatizaba. Me pregunto ahora mientras me siento a su lado qué infame cosa había hecho Tom. George estaba evidentemente muy molesto.


—¿Sabés qué pasó ahora?—, me preguntó.
Yo estaba listo para lo peor. Me preguntaba si Tom había finalmente caído en las manos de la policía. George difícilmente podía articular palabra.
No vas a negar que toda mi vida fui trabajador, decente, respetable y con los pies sobre la tierra. Después de una vida de arduo esfuerzo y ahorro finalmente puedo verme retirado con un pequeño sueldo de dorados valores. Siempre cumplí mi responsabilidad en ese lugar en el cual la Providencia me honró colocándome.
Verdad.
Y no podés negar que Tom fue un holgazán, inválido y deshonorable pillo. Si hubiera un poco de justicia él estaría en un asilo.
Verdad.


George se puso colorado de repente.
Hace algunas semanas él se comprometió a una mujer suficientemente vieja para ser su madre. Y ahora ella murió y le dejó todo lo que tenía. Medio millón de libras, un yate, una casa en Londres y una casa en el campo.
George Ramsay golpeó su puño cerrado sobre la mesa.
No es justo, te digo, no es justo. Mierda, no es justo.


No lo pude evitar. Estallé en una ruidosa carcajada mientras miraba la cara iracunda de George, rodé en mi silla, casi me caigo al piso. George nunca me perdonó. Pero Tom me invita a menudo a excelentes cenas en su encantadora casa en Mayfair, y si ocasionalmente me pide prestada una menudencia, es meramente para no perder el hábito. Nunca es más de una libra.

Lo que Massive Attack es

Creo que no hay muchas bandas que estén tan cargadas de simbología como esta banda.
Son las 4:57 de la mañana, y mi cabeza duele como un demonio; no quiero medicarme, no sé a qué recurrir. Estuve tirado bocarriba durante un buen rato sin pensar en qué tenía ganas de hacer. Generalmente, siempre tengo ganas de hacer algo que finalmente merced a la inercia termino no-haciendo, pero esta vez fue distinto: realmente no tenía ganas de hacer nada. Seguir leyendo a Kerouac, escuchar un disco, escribir acá, tomar un café, cocinar otra cosa, lavar la ropa, barrer el piso, salir a caminar.
¿La vida se va cerrando, te das cuenta en esos momentos, como un embudo, como un vórtice, como un agujero negro que morfa estrellas completas en un espectáculo cósmico que nosotros vemos, disfrutamos y acaso lloramos?
¿Necesitamos ser un poco más flores y abrirnos a los colores?



Estupideces. La vida sucede.
Creo que no hay muchas bandas que estén tan cargadas de simbología como esta banda.
Al cabo de no saber qué hacer, terminé viendo un capítulo al azar de House, en la primera temporada. Luego me enteré que cambió, pero todo el mundo sabe que la canción del título es una canción de Massive Attack, llamada Teardrop. "Ninguna canción en el mundo describió tan perfectamente el nacimiento de un ser", dijo Isis un día.
Está cargada de simbología porque en sus ritmos suaves y regulares, mezclados con voces que son éter o anticipo de misterio grande, recibo gustos de todos lados. Lo extraño es que los gustos provienen todos del mismo plato.
Leí por primera vez de la existencia de esta banda el año pasado en una THC que hojeé pero no compré en la ciudad de Bariloche, cuando duraba el viaje infinito por los caminos del "Hare Krishna y el omnipotente y múltiple significado de la palabra random"; era verano pero hacía frío, llovió toda la semana, los turistas estaban contentos sintiéndose en una colonia galesa y gastando más dinero del que nosotros tuvimos en un mes. En la página de recomendaciones musicales estaba el disco Blue Lines, que es uno de los que más me gusta pero no conocí sino hasta este año. Unos días después nos cruzamos con Charlie, o él cruzó con nosotros el puente sobre un río del norte neuquino, y en spanglish básico nos dijo si conocíamos a Massive Attack, y golpeó una campana en mi cabeza que no sonó lo suficientemente fuerte para dar el sí conozco. Escuchamos Massive Attack, y todo lo que escuché después con Charlie cuando armamos la carpa en el patio de una comisaría y casi terminamos en cana, pensé que era Massive Attack cuando en realidad era indie y trip-hop variado; yo nunca pensé que me llegaría a gustar una música que él calificaba de tan "avanzada", era muy feliz con Beck, la Velvet y los Hermanos.
No sé, en síntesis, si escuché Teadrop por esos días o qué canción escuché. Quizás los títulos de las canciones de Massive Attack sean superfluos en su gran mayoría. Pero se remonta a esos días sin duda. De a poco la fui conociendo, y para cuando conocí a Isis Massive Attack era ya una banda que respetaba mucho desde el Mezzanine (todavía no escuché todo lo que su discografía tiene para ofrecerme porque no es una banda como esos sandwiches que querés terminarte rápido sino más bien como un café caliente que querés tomar pero te quema en su degustación). Estábamos tirados en la playa y puse la canción para mirar las estrellas; es el recuerdo más fuerte que tengo asociado con esa canción y de hecho cada vez que la escucho siento la arena en mi cielo y las estrellas en mis zapatos.
Massive Attack es una banda de muchos mundos, describí creo que tres pero podría seguir describiendo. No vale la pena que se la pierdan, realmente, aún si sus temperamentos son demasiado agitados para escuchar una banda tan tranquila (lo cual no la hace aburrida). Eso sí, está comprobado, por lo menos en mí, que ya soy sujeto suficiente para comprobaciones en este asteroide: no es para escucharla enojado, triste, preocupado, nervioso, ansioso, con mochila grande a la espalda llena de libros o piedras o con picaduras de mosquitos de la rodilla para abajo, ni siquiera en un picnic con más de cuatro amigos. Hay que tener siempre discreción en los momentos donde nos toca elegir la canción que queremos escuchar (que no siempre es la que "queremos" escuchar, y de ahí la importancia de las recomendaciones musicales de terceros); muchas veces es importante no dejarse guiar por la belleza de un título de canción que de momento nos shockea sino ver a un álbum, muestra sincrónica de la creatividad de un sujeto o un grupo de sujetos, como una unidad de satisfacción potencial.
(No se entiende nada de lo que digo, ¿no?)



Esta entrada dista de ser una reseña y es más una descripción de impresiones subjetivas, son las 5:11 am y no tenía ganas de escribirla, como ya dije, pero al mismo tiempo sirve para aplacar el dolor de cabeza. Así y todo dejo algo que acaso disfruten o sirva de puntapié inicial.

6.4.12

The Incredible String Band (patchouli)

"I took my lire and said:
Come on now, my heavenly
tortoise shell. Become
a speaking instrument"
(Sappho)



Les cuento de algo que me pasó tanto en 1968 como ayer.
No tengo ganas de sacar la cuenta de cuántos atardeceres se sucedieron tanto en Escocia como acá, en Córdoba, desde ese año hasta hoy; sí tengo ganas de hacer una estadística breve de cuántos fueron sublimes: todos. Hay una banda de esos años que también hoy sigue siendo sublime y que acompaña esos atardeceres.
Bob Dylan declaró alguna vez que la Increíble Banda de Cuerdas (la ISB) era su banda favorita. La ISB es una banda formada por integrantes tanto de Edimburgo como de Glasgow, en el año 1966. Se cataloga sin dificultad dentro de la rúbrica del folk-rock psicodélico; su disco más conocido, La hermosa hija del verdugo (The Hangman's Beautiful Daughter, annus mirabilis 1968) es descripto muchas veces como la quintaesencia de la cultura hippie y de toda la contracultura británica en general, por "promover ideas de vida comunal, misticismo oriental y panteísmo racional".
¿No suena a un lindo misterio? Dos o tres veces intenté recomendar, sin éxito, esta banda a algunos allegados. No creo que les haya interesado gran cosa; con esta banda descubrí la dificultad que se tiene en respetar a alguien sin recomendaciones musicales de por medio. Todo lo que me llevó a la banda (que ni siquiera fue Bob Dylan) fue la tapa de La hermosa hija, que Devendra Banhart combinó con la de Sgt. Peppers para ilustrar la portada de su Cripple Crow. Habré encontrado el nombre de la banda, que me llamó sobremanera la atención por lo simple pero desconocido, alrededor de noviembre del año pasado. Una de mis canciones favoritas del mundo sigue siendo la canción del Minotauro, que escuchaba apasionadamente por la época no tan lejana donde tenía que entender de qué hablaba Borges en La casa de Asterión (qué mejor tentación para un lector amateur que escuchar una banda que aborde los mismos temas que uno de sus escritores favoritos). Demás está detallar la paz que me transmite la banda, reflejo de la paz que sus músicos tuvieron al estar en contacto con su propio espíritu y su propia creatividad —acaso potenciada por alguna sustancia o por alguna creencia, fuera de nosotros está juzgarlo, nosotros que no podríamos seguramente hacer nada mejor de lo que ellos hicieron.

Escribo esta entrada para recomendar a todos mis eventuales lectores que escuchen atentamente esta banda. Atentamente; las voces parecen un poco desafinadas y el acento escocés del cantante Robin Williamson hace las letras incomprensibles al oído, que sumadas a veces con su retórica, también las hacen incomprensibles a la mente. Todavía me cuesta pronunciar Koeeoaddi, y no sé qué significa ni de dónde lo habrá sacado. Algunas parecen delirios vívidos de experiencias con alucinógenos, que se suman a una guitarra que de acordes simples saca sonidos majestuosos, un sitar cuyos raga (राग) suenan a veces en segundo plano y a veces en primerísimo, una armónica que parece soplada de los sectores más inspirados del pulmón sucio de Bob Dylan y un juego de voces que comunican una meditación conjunta y muy espiritual sobre los misterios de la vida, del agua, de la naturaleza y del universo. Son imágenes inducidas por sonidos, inducidas por la genialidad de estos escoceses. No es deplorable el aspecto filosófico, reflexivo y mitológico de este disco, que es uno de sus puntos más fuertes. Dice a propósito del título llamativo del álbum Mike Heron, compositor de algunas de sus piezas más elaboradas: "El verdugo es la muerte y la hermosa hija es lo que viene después. O podrías decir que el verdugo es los últimos veinte años de nuestra vida y la hermosa hija es el ahora, lo que fuimos capaces de hacer después de todos estos años. O podrías inventar tu propia interpretación, que puede ser tan buena como la nuestra".

Podría formar un ejército con todas las personas a las que escuché pronunciar la palabra hippie, pero este álbum "quintaesencial", sólo lo comparto conmigo mismo. ¿Es tan importante? ¿Por qué es tan "poco conocido"?
¿Es el hippismo una mitificación colectiva, acaso, una palabra que corre el peligro de quedarse vacía de sentido?
Sea como sea, el álbum y la banda son mágicos. Transmiten cosas que pocas bandas transmiten; y notificarles de su existencia que taladra a colores es el propósito humilde de esta entrada probablemente mal lograda.

M. Heron y R. Williamson, las dos cabezas
de la ISB, en el jardín de Frank Zappa,
el año del lanzamiento de La hermosa hija.

























Posdata del 6 de abril: a raíz de la recomendación musical de esta entrada, el blog amigo La Discoteca de Rabo publicó una entrada a su vez donde difunde el link para descargar este hermoso disco. Recomiendo muy fervientemente una visita a este blog con muchísimo contenido cultural gratuito como a todos nos gusta. ¡Gracias Alfredo!

5.4.12

Bird en acción según Cortázar y Kerouac

"Being photographed does not make a man a good writer.
It doesn't make a man anything."




Me encanta juntar testimonios sobre diversas cosas, el lector podrá fijarse en el historial (la censorshipología); que dos autores que admiro me den un testimonio sobre una misma cosa, ya es excusa para dedicarles una entrada. Preferí los pasajes por lo gráficos, símiles casi a una fotografía o una filmación. Creo que no hace falta señalar quién es quién.

Al final Marcel convenció a Johnny de que lo mejor era probar, se pusieron a tocar los dos y nosotros los seguíamos de a poco, más bien para sacarnos el cansancio de no hacer nada. Hacía rato que me daba cuenta de que Johnny tenía una especie de contracción en el brazo derecho, y cuando empezó a tocar te aseguro que era terrible de ver. La cara gris, sabes, y de cuando en cuando como un escalofrío; yo no veía el momento de que se fuera al suelo. Y en una de ésas pega un grito, nos mira a todos uno a uno, muy despacio, y nos pregunta qué estamos esperando para empezar con Amorous. Ya sabes, ese tema de Alamo. Bueno, Delaunay le hace una seña al técnico, salimos todos lo mejor posible, y Johnny abre las piernas, se planta como en un bote que cabecea, y se larga a tocar de una manera que te juro no había oído jamás. Esto durante tres minutos, hasta que de golpe suelta un soplido capaz de arruinar la misma armonía celestial, y se va a un rincón dejándonos a todos en plena marcha, que acabáramos lo mejor que nos fuera posible.



[...] y allá arriba en la plataforma Bird Parker con sus ojos solemnes, porque había perdido su anterior popularidad, hacía muy poco de eso, y ahora regresaba a una especie de San Francisco muerto para el bop, aunque acababa de descubrir o le habían hablado del "Red Drum", había sabido que los muchachos de la grandiosa nueva generación se reunían y aullaban allí, de modo que allí estaba, sobre la plataforma, examinándolos con la mirada mientras soplaba sus notas "locas", pero ahora-calculadas, los tambores resonantes, los agudos altísimos [...]

Al fondo de la bahía, 1884

Acabo de ver el avance de un documental sobre la provincia de Tierra del Fuego, la más austral del país.
Siempre quise ir a Tierra del Fuego. Siempre me llamó la atención el hecho de ir a lugares cartográficamente complicados, como recorrer la islita griega más pequeña (y de paso comprobar si se podría meter ahí a todos los hombres del mundo), o recorrer en barco el lugar donde se cruzan el Greenwich y el Ecuador; generalmente, son lugares que no tienen nada de especial y sirven sólo para decir "ahí estuve".
Pero Tierra del Fuego es un lugar especialmente atractivo porque aparte de albergar en su censo a la ciudad más austral del mundo, tiene una belleza de paisajes increíble y la gente que hay allí seguramente tiene muchas historias que contar. Demás está decir que nunca fui porque queda irremediablemente muy lejos, en un sentido en el cual no se puede sino ir para después volver, sea por una ruta o por otra (a saber, montañas o playa), donde no se puede avanzar más; a diferencia de la lejanía de Cuzco o de Potosí donde si estoy lejos la única que queda para volver es seguir subiendo, o por lo menos, el ensanchamiento del continente me permitirá ensayar otros caminos.
Fue sin embargo mi intención un día ir, y no pasé de Bariloche con dos amigos [Bruno y Frodo]. En los preparativos de este viaje, consultamos a un chabón que había recorrido toda Europa con la mochila durante un año o un año y medio, años después fue a la India y el año que nosotros fuimos al sur él había encarado para Perú en camioneta con algunos amigos.
Nos tiró un principio, basado en la experiencia, que nos pareció novedoso y esperanzador: "Una vez que comenzás a viajar, no podés parar más".
Nuestros ojos se iluminaron, recuerdo; no sé en qué habrán estado pensando los otros o qué habrá estado pensando Caio en su infinito orgullo de ser la voz de la experiencia, pero a mí se me mezclaban las imágenes de la parte del sur que ya conocía con las imágenes de Martín del Castillo arrancando en camión con un tano laburante. De cualquier manera fue un sur muy distinto y vivido de una manera también muy distinta, porque no había ido sino una vez y con mi familia.
Voy a ser conciso en cuanto al hecho de que hace muchísimo no hago un viaje tan extenso, sino para visitar gente en ciudades grandes y nunca, o casi nunca, para ver paisajes imponentes; esta 'necesidad humana' que, según me dijo Caio, una vez desencadenada iba a ser inagotable, no parece tener el ímpetu que me prometieron y para eso es urgente otro viaje antes de que me gane la desesperación en un encierro. Este video que vi no hizo sino recordarme uno de mis objetivos geográficos que, quizás comparado a otros resabios de latinidad en Europa oriental sea muy próximo, pero a pesar de eso (o justamente por eso) sea uno de los más urgentes, forme parte de mis ilusiones hace algunos años más grandes.

4.4.12

La ética nostálgica

Tuve que presionar "Redactar" para comenzar a redactar, todavía sin ninguna convicción fuerte de sobre qué escribir; varias veces me ha pasado lo mismo y he recurrido a temas-comodín como escribir sobre Córdoba, o poner una imagen de una declaración de mala suerte que le hicieron a Filburt en algún capítulo noventoso, desdichado para él.
No tengo temas fijos, el blog no los tiene. No podría pedirle peras al olmo, pero podría sentarme bajo su sombra a esperar, a ver si cae algo (no sé cuál será el fruto del olmo, pero tampoco creo tener ganas de pedirle justamente ése fruto). Quizás debiera escribir sobre la imagen, gráfica por demás y quizás no transliterable, quizás no debiera escribir sobre nada; tengo muchísimas ganas de escribir y creo que es una falta de respeto no hacerlo, porque mi ausencia por acá ha sido demasiado prolongada. Es como no darle de comer a un gato.
En este momento estoy escuchando Bireli Lagrène. Es un discípulo o un heredero de Django Reinhardt, contemporáneo o más contemporáneo que él por lo menos, no sé en realidad si sigue vivo. La lista está mezclada con Oscar Alemán, que algún atrevido llama o llamará (acaso yo sea el primero) el Django Reinhardt argentino; para peor chaqueño. Todo esto, sumado al repentino provincialismo de mis conprovinciales del día de ayer, puesto que fue el 424 aniversario de la fundación de San Juan de Vera de las Siete Corrientes, me pone un poco en nostalgia.
A propósito de eso reflexioné sobre las cosas que, en la balanza sumándose, no hacen a mi estancia en Córdoba (que por momentos es más una espera para volver) una cosa insufrible. Se me ocurren varias y muy puntuales; lo único más puntual que eso son las cosas de Corrientes que me dan ganas de volver. Ya nombré algunas. Tengo amigos que tengo ganas de visitar, calles que tengo ganas de caminar, y bebidas que tengo ganas de tomar en algún parque aprovechando que allá no es ilegal tomar en la vía pública (y esto suena, así, feo, pero cómo lo aprovechan los correntinos es algo admirable, sin ninguna culpa sino a la mañana cuando quieren todos hacerse pasar por los más finos moralistas). Unos meses antes de venir pensaba "ok, esto va a ser un poco como 'el lado de allá' y 'el lado de acá', y tendré que ir alternando libros y relatos en ambos lados para mantener a todos felices". Es mucho menos que eso. Es peor porque el allá y el acá no están muy definidos sino mezclados en la misma plastilina, y la embajada litoraleña presente acá se amplía cada día con la mención de algún chaqueño recientemente fallecido o recuerdos verbales de personas que caminaron las veredas de mi tierra, acá abundan. Veredas llenas de polvo que Sarmiento, y espero que se haya arrepentido, sacó de sus zapatos con desdén al abordar el ferry.
Alguien me dijo que le sorprendía que yo hubiera deseado un feliz cumpleaños 424 a Corrientes (no por acá sino por la red social); realmente no sé qué sería tan sorpresivo, porque es la ciudad la que cumple años, no las cosas que me molestan de ella (que casi no tienen nada que ver con la ciudad pero que están, mágicamente, circunscriptas exclusivamente a ella; de cualquier manera la arquitectura existe sin la tradición a pesar de no gestarse sin ella, y la tradición es a veces un parásito execrable y afortunadamente de fácil olvido). Es en fin una linda ciudad, y creo que es muy simplista ya a esta altura decir que está habitada por gente de mierda, si es simplista decir que existe una sola faceta de gente de mierda (todo suena aún más simplista cuando lo escribo y mientras lo relea va a ir simplificándose más a cada palabra). Extraño ya hasta los más indeseables, porque sé que esta vuelta no me van a dar dolores de cabeza; la lejanía los hace más tolerables, y la cercanía es sólo un aplazamiento de la lejanía mientras dure mi permanencia aquí, entonces no encuentro razón para que no sean tolerables. De última, si este desdén se convierte en hostilidad y quiero patearles la cara, seguramente me lo devuelvan con una piña y no pueda dormir del lado izquierdo y me quede el ojo en compota. Qué demonios, no se me ocurre mejor trofeo, por lo insignificante y por lo efímero. Así que casi se justifica que esta lejanía haga las amarguras más traslúcidas, como si se miraran a través de una niebla que baña Santa Fe (lugar de donde aparentemente proviene mi acento y también mi desconsideración desmesurada), por ser lugar de paso entre las dos ciudades.

Todas esas cosas, repito, quizás me aten a Corrientes. No atarme, pero permanecen en su recuerdo como las visibles (y sobre todo perceptibles) aceitunas en una pizza. Ornamentos casi, separables pero al mismo tiempo intrínsecos en su naturaleza; como la Costanera misma, son como elementos de su folklore. Todo suma a la nostalgia, engañarme a mí mismo a esta altura sería tonto porque soy la única persona que tengo para confiar y sería feo hacerme creer a mí mismo que carol petrescu es un pragmático vil y un práctico mentiroso.
Y me pregunto, a manera de tesis hegeliana, si es tanto el amor que siento por Corrientes (que casi reemplaza a Córdoba a esta altura del discurso, a esa Córdoba ingenua de diciembre y a esa Córdoba apasionada de principios de febrero, que me iba mostrando todas sus facetas en un strip-tease que todavía sigue), por qué no me clavo el orto de una vez por todas y me quedo allá. Ojo que el amor te empuja, como en un colectivo lleno, para golpearte la cara contra la ventanilla del día frío que afuera se desarrolla, claro; pero ese amor no reemplaza otros amores. Si es que se pude amar a las ciudades sin que los psicólogos comiencen a hablar de parafilia. No, también tengo cosas que me atan a Córdoba, no fundadas en la nostalgia sino en la innovación: los pancheros son más lucrativos y más exitosos, las palomas son más limpias, los horizontes son más intrincados, los atardeceres son más breves (léase: las sierras del oeste), los vientos son más secos, el invierno se me aparece más áspero. Y la lista sigue. Cada tanto uno camina, ingenuamente guiado por un alma que nos encanta (y esto por favor, en sentido literal: ese alma capaz de encantamiento), y termina parado en una avenida anchísima frente a Ciudad de las Artes, con el camino definido para volver y el reloj diciéndote che, es tarde ya, ¿no te diste cuenta?, y sin embargo con ganas de seguir caminando para la dirección opuesta, léase, de la arboleda oscura que esconde tu casa a esas avenidas todavía más anchas cruzadas por vías, bares, estaciones de servicio, para acá La Rioja, para allá Alta Gracia, para acá, para allá, que los diferenciales, que los remises, que supuestamente no tienen permitido levantar gente en la calle sino por teléfono.
Ver, iluminada mi cara y la suya por las luces de los semáforos, como el camino se aleja y a la vez, mientras lo deshacemos, va aclarándose de a poco de nuevo, es algo sorprendente. Llegar a casa y que siga ahí tu vecina, que es por teoría personal una drogadicta; que la casa se te llene de mosquitos, que por fin hayas aprendido a usar la salsa portuguesa, que sepas arreglar un baño o que sepas, al fin, valerte solo en esta ciudad donde no te tienen fe las caritas burlonas de esas personas que te habían descrito como cagadores en serie; todo eso no tiene precio. Es la vida del que avanza para adelante, acaso más lentamente de lo que piensa pero con un progreso innegable. Muchísimas veces tengo la convicción de que éstas son las experiencias que valen, y no sólo el conocimiento académico (excusa prima de por qué vine a vivir acá, en realidad); conocimiento que podría haber acumulado allá, en una Universidad que quedaba no a la vuelta de la esquina pero casi de mi casa, pero que todavía seguía siendo mi casa la primera. Sofocarme, mantener el sentido de la comunidad en pos de alguna estúpida y pasajera predilección por lo cómodo, eso hubiera sido una decisión muy estúpida. Por eso no me quedé, creo, en última instancia. Y estoy sólo hace tres meses.
Hay gente que realmente es un dolor de huevos para sus progenitores y hay progenitores que, para su progenie, realmente son.
Es gigantesca, digamos, la generosidad que les debo, no como un favor de retroalimentación (así lo veo), sino como parte de una concatenación de favores, una pelota que tengo que patear para adelante a un pequeño que, acaso, esté interesado en conocer Brasov y yo asienta simplemente: "así quisieron tus bisabuelos".