28.2.12

Córdoba es como un baile



Córdoba

(bueno, carajo, si estás podrido/a de leer sobre Córdoba, retirate que nadie te puso un arma en la cabeza [¡todavía!])

es como un baile. Desde el primer día que la conocí es un baile; un día le dije a alguien que llegar a Córdoba a las siete de la tarde de un domingo [de un sábado, de un lunes] de invierno es como llegar tarde a una fiesta donde no conocés a nadie y todos ya están bailando. Este ánimo lúdico que todavía no me cansa pero que en un momento me cansó, fue la causa de mi primera impresión tan desfavorable; la gente no se quedaba quieta y para peor yo, deprimido y solo, me quedé en un hostel, donde la privacidad no existe en demasía, mucho menos una tarde de temporada alta. Esa gente bailaba en inglés, en alemán y en hebreo y no me prestaba mucha atención a mí, que había llegado con una valija bastante más grande que yo, listo para vivir ahí tres o cuatro días sin reserva hasta tal punto que terminé durmiendo en un armario. Fue una de las mejores semanas de mi vida; un idilio para nada absurdo, sin familia y sin muchos amigos, gastando plata al mejor estilo Alexei Ivanovich, llenándome de préstamos que se me fueron perdonados con generosidad. Yo también bailé, y cómo. Córdoba me invitó a bailar a la pista y allí terminamos mirándonos los ojos bajo las luces de Plaza España como esos enamorados que en algún momento se despreciaron a muerte. Boludeces, pero sigo de alguna manera mirándola a los ojos.

Hoy me sorprendió de nuevo esa sensación. Ya hace un mes que estoy viviendo en Córdoba, está bien que siempre me toma desprevenido con algún paso nuevo, pero en general ya sus mañas no me parecen mañas. Y fui hacer un trámite babilónico y un poco estúpido, me levanté a las nueve y cuarto de la mañana, hora rara en mi reloj biológico (perdonando un poco a Aureliano y a mi despertador, ya que los dos cumplen funciones más o menos comprendidas en el mismo nivel de molestas), como cuando estás leyendo un folleto turístico y de repente te cruzás con una palabra como obnoxious. Después de mi café con leche de rigor que acaso es mi única religión, y de bajar las escaleras para saludar a la portera de la cual jamás tengo noticia al no manejarme en los mismos horarios que ella, salí a la calle: era si los hay un día perfecto para hacer trámites, el cielo está nublado y si bien sentí unas gotitas de llovizna sobre la parte anterior de la nariz, lo más placentero de todo era un viento que venía directamente del boulevard, es decir, sentido oeste, puro desde las sierras y fresco, sorprendentemente fresco. Es así que cualquier camino me daba igual, no quería estar en casa encerrado; de cualquier manera instintivamente tomé el más corto. Y he aquí la danza: en las calles aledañas no se siente, quizás el turista conozca los pasos peatonales que hay alrededor de la plaza principal, no precisamente la plaza principal; para ser más específicos, esquinas como la de Independencia y Entre Ríos, que tienen un empedrado confuso en el cual no sabés si estás parado ya dentro de un bar o sobre la calzada para autos, con una señalética que no sirve más para marcar el convento de las Carmelitas. Y es dentro de todo bastante tranquilo, o más tranquilo que la plaza principal: esto ya es una mezcla colorida de indios que tocan la quena, chinas que quieren entrar a los bancos, diarieros que se quedaron sin autonautas en la cosmopista, señores que caminan con sus hijos que caminan con sus nietos que venden celulares, que compran muebles, que miran con ganas los camiones amarillos de Prosegur; empleados mismos de Prosegur custodiando los bienes de personas que no conocen, con armas en la mano, siempre de a dos, hablando como delincuentes, que bien podrían serlo si no tuvieran un uniforme que los identificara en la legalidad. Caminar en medio de toda esa gente es como bailar; bailar de un lado para el otro esquivando tal o cual hombro que viene a embestirte apurado, así como evitar los autos que en la San Jerónimo (esquina por demás deforme) vienen a su vez evitando colectivos. Atravesar la plaza es otra dimensión de paz; bordearla es más o menos una catástrofe. Allí, lejos, en las esquinas inútiles, crece la piedra gris, mientras que en el medio suben árboles altísimos, árboles fundacionales, que están allí por puro convenio, costumbre y tradición, ya que no creo que sirvan de mucho para absorber el negro tufo de los colectivos que recorren la 27 día a día (no leí estadísticas, pero quién te dice que no van a ser menos de diez mil). Me tocó por otra parte alejarme una cuadra y volver a entrar al baile; ya sin pareja, porque perdí a la china de vista, di un par de vueltas por los bordes de la pista, y hasta en puntas de pie, para que nadie se de cuenta que me iba. Finalmente, ya que había encontrado muchas cenizas pero ninguna cenicienta, volví a subir por la calle más fea y de nuevo a mi barrio, que en comparación es un páramo desolado con confiterías.

La manzana y sus gusanos

25.2.12

Entrada desordenadamente musical

A propósito de Jack White, esto primero no me gustaba... ahora me agrada, sólo me agrada, vamos a curarnos de prejuicios y tratar de saborear las cosas como son, sin representación, sin culpas. Isis, la canción de Dylan, interpretada* por los White Stripes:



La historia que cuenta es lineal, y me molesta un poco que el buen criterio de Jack White (o simplemente una inocente equivocación) altere un poco el orden de las estrofas. La original me parece una historia perfecta, arriesgo a decir una canción perfecta sin exagerar demasiado. Un recuerdo perfecto también; yo tuve mi propia Isis y juntos, entre otras cosas, cruzamos el puente que separa dos provincias y robamos comida del casino.

Ahora bien, esta entrada nació por dos razones: como fue una madrugada de viernes un poco más aburrida que las anteriores, estaba en mi pieza acompañando los tres acordes de Isis a los gritos sólo para hacerme odiar, y se me ocurrió darle una oportunidad más a la interpretación de la parejita dispareja. La segunda razón fue que quería probar esta nueva manera que descubrí hoy de meter audios de YT sin video.
Los tres acordes se escuchan óptimos. Buenísimas noches.

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*Recién me llama la atención la palabra interpretación. Se me ocurre por vez primera que puede interpretarse de las siguientes maneras, aunque suene a obviedad: 1. como la forma de entender la canción que tiene Meg White (según sé, fue su idea hacer este cover); y 2. la acción y el efecto de haberla ejecutado en conjunto.

24.2.12

Che, gracias por existir

Jack White canta, en los tres primeros versículos del capítulo 7 del 'De Stijl' (y sé que no le va a ofender demasiado la analogía): "well, I'm back in school again / and I don't really know anyone / I really wanna be your friend...".
[Antes de seguir o de comenzar incluso, ¿nunca estuvieron reflexionando sobre algo mientras escuchaban una canción, y cuando le prestaron atención la respuesta a todo vino así, como un bochazo de helado en la cara, en el instante donde escucharon la letra que tenían de fondo? ¿Es estúpido ponerme a pensar causas... cósmicas acaso?]
Una tarde llegué a lo que ahora llamo Plaza Seca, pero en ese momento era un agujero del infierno hirviente de piedritas ámbar chiquititas, un pasillo largo y al aire libre donde al final, había un bosquecito de árboles con sombra que sin embargo no representaban ningún alivio. 2 de febrero en el hemisferio sur, figúrense por favor. Y yo escuchando el "Afuera vienen los lobos...", sí, y sintiéndome lobo yo mismo, con esa actitud de ¡ahora los voy a conquistar a todos!, mientras los dragones de la ciudad de Córdoba paseaban (apuntes de ingreso dixit) y el sol, a lo alto, me quemaba la coronilla. Yo no aguantaba más en casa, primero porque estaba solo, segundo porque hacía calor, tercero porque era mi PRIMER DÍA EN EL NIVEL UNIVERSITARIO, y sin dejarme de acordar de Sammy en ningún momento, que dormía con la mochila y ya vestido para ir al colegio, yo estaba listo dos horas antes y, como no podía aguantar más en casa, una hora y media antes ya estaba caminando por la Chacabuco -ignoraba el camino más corto para llegar y no me importaba si me perdía porque, de cualquier manera, había salido demasiado temprano.
Che, yo no esperaba un ejército de ingresantes, no lo esperé en ningún momento hasta que vi el ejército; cuando llegué yo, éramos 5. Una chica que hoy estaba con una remera amarilla, la vi por la ventana; José, que ya dejó la facultad, y dos locales que aparentemente se conocían porque no dejaban de hablar. "Che... ¿y cuándo comenzamos a hablar en sánscrito?". Ta bien, había llegado hora y media temprano, pero en el calor y todo ya me estaba aburriendo.

Yo no sé qué haría hoy sin esas noches por Ciudad mientras caminamos, bajando bajando bajando, no se escucha un solo grillo y no hace más calor ya a esta altura, y sólo pasaron 20 días; me dijo mi vieja que en la universidad iba a conocer gente copada pero mi vieja no sabe nada, ella no los conoce, son más que copados. Aprender aprendí, aprendí a desaprender, hoy nos aprendieron que desaprendamos, y yo aprendí que en realidad no estoy aprehendiendo tanto en comparación con la confusión que convirtió mi cabeza en un caldo de sintagmas nominales: la carrera recién empieza, el desafío es no ser cagón, entender por qué estoy parado -o sentado- donde estoy y a dónde voy a llegar -porque sentado también se llega a muchos lados.
El intercambio con la gente, cosa que este último tiempo realicé como primordial, es mucho más que primordial: si pudiera tan sólo hacerme amigo de cada una de las personas que van y vienen con sus bolsos en una terminal de ómnibus... pero esas cosas no se pueden, y para eso inventaron la facultad los jesuitas, qué joder. Cada alma me enseñó algo. Cada alma tiene una manera de ver el mundo y encima, todos hablamos el mismo idioma -de ahí la idea de desaprender: Cardenal, estás sumamente equivocado, no es solamente el idioma lo que nos hace distintos; somos NOSOTROS los que nos llamamos a ser distintos. Y esta reflexión, más que nada agradecimiento de parte de esta conspicua institución como es el Asteroide B-612 (ya ni sé si se merece el título, ya en realidad dejé de saber muchas cosas), agradecimiento hacia las personas que en estos 20 días me enseñaron cosas, me enseñaron a desaprender cosas, me regalaron señaladores el día de la muerte de Spinetta y me ayudaron a que las piedritas ámbar no sean representación del infierno sino más bien de un purgatorio moderado; en fin, gracias*. Brindis por el comienzo pero ustedes pongan el espumante.


*Un poco más concretamente: Vicky me dio muchas ganas de escribir esto que yiraba pero no lo tenía explicitado ni en mi cabeza. No voy a transcribir lo que me dijo porque ella lo transmitió como un secreto, pero un agradecimiento doble y un espumante doble. Ser proactivo, qué expresión linda, che.

Patada en los cojones sin título

Debería estar durmiendo (es jueves), puedo entrever entre mis cortinas coloreadas algún empresario modesto que ya se levantó para hacerle el desayuno a su esposa. A las 4 y 20 de la mañana me preguntaron qué hacía despierto; ya son casi las 6. No quiero ahondar en detalles de cuán bella está la noche, en la correntina vida vi una noche tan fresca y apacible, ni siquiera teniendo en cuenta que ya son sus últimos minutos. Después de estar media hora acostado volví acá para escribir otra -espero que última- cosa; mi estado de humor, que durante toda la noche fue óptimo, a la hora de adoptar la ansiada posición horizontal cayó, cayó muy bajo. Tampoco sobre esto quiero ahondar en detalles.

Me di cuenta que estoy enojado con alguien. Ese alguien debería suponer que yo estoy enojado, aunque no es de mi carácter enojarme; menos con ese alguien, dado que toleré sus irresponsabilidades toda mi vida. No espero que lo conozcan y decididamente no voy a ser yo quien cuente mi historia, y en realidad esto no tiene por qué estar a la vista de ustedes, exponiéndose cual histrionismo sin apropiada canalización; por lo demás ya es demasiado tarde y debería arañar las paredes para poder dormir en vez de estar arañando el teclado con los resabios tontos de mi propia indignación. Pero quisiera transcribir, así, no fielmente (porque todo lo que transcriba será destruido en el momento en que tenga que gritarlo, valga la redundancia, en forma oral), lo que mi enojo provoca, lo que mi indignación propone. ¿Políticamente correcto? ¿Justo, patriota? ¿Patafísico? Lo cuelgo acá porque todavía está exento de juicios esto que estoy por escribir; en el momento en que lo diga, los juicios se verán, espero que el receptor auditivo y atento cierre bien el culo de apestosas y fútiles opiniones.

Dieciocho años bancándome irresponsabilidades. ¿Vos creés que me gusta que me tomen de gil? A mamá, ¿vos creés que le gusta enfrentar esto sola? ¿Siempre fue así de mala para elegir pasatiempos?
Ya conseguí laburo. Seamos honestos, sé honesto con vos mismo porque yo no te estoy pidiendo nada por compromiso: no querés aparecer, no es que te hacés el boludo porque sí, no querés aparecer y listo, aunque quieras no podés. Ya estamos grandes para andar esperando que te recuerden tus responsabilidades; o las asumís, o no las asumís, pero bancátela. De cualquier manera, no te preocupes que ahora ni siquiera sos necesario. Ya no vamos a andar boludeando como moscas alrededor tuyo esperando que aflojes algo, ya podemos prescindir de eso, del boludeo incesante, de la insistencia que aparentemente te mata. Del ¡ah, cierto!, fingido o no, tardío siempre, dejate de joder. Ya conseguí laburo. Lo mejor que podés hacer ahora, si no te nace colaborar ni siquiera (y ahora por favor, que no sea por compromiso porque ya aprendimos cómo no necesitarte); mantenete al margen, en la puta vida espero que tengas la intención de decirme a mí cómo tengo que vivir, porque decididamente vos no la tenés muy clara y en cierto modo estás muy, muy equivocado. Sólo puedo esperar una cosa: que cuando me toque estar en la situación donde estás vos ahora, ojalá no me nazca ver a mis propios hijos como clientes o parásitos con los cuales hay que prever, negociar, endurecerse, cerrarse, alegando con falsedad que me están pidiendo mucho más de lo que puedo darles.


Hola. Si leíste reaccioná. No me hagas putearte -va a ser mucho menos llevadero.

23.2.12

Arquitectura olfativa

No sé si hay algo en común entre el café donde se conocieron Abelardo Castillo y su esposa, con los pasillos de un edificio de mediados del siglo veinte donde vive mi tía abuela (para más precisión, un décimo piso de la avenida Córdoba);en realidad tampoco conozco el café en cuestión, pero conozco varios cafés, y en algunos de ellos respiro ese olor a tía abuela de los pasillos. En los edificios modernos no hay eso, es un olor estándar, un olor cuya pureza ofende al olfato. Quizás sea producto de, justamente, lo nuevos que son; probablemente el hermoso olor que siento en edificios viejos proviene de impurezas que se acumularon a lo largo de su medio siglo de existencia: bolsitas de basura y pasos yendo y viniendo por los pasillos de un décimo piso, concurrido solamente por sus vecinos, pero cada uno de los cuales sale de su casa dos o tres veces al día incluyendo acaso los domingos. Sí, tienen mucha historia, y esa historia se transmite por el olor, y ese es el olor del que tengo la necesidad para alegrar una tarde de feriado lluviosa. Ya sé que los hombres inútilmente desean la inmortalidad porque no saben sentirse felices en una tarde de feriado lluviosa: yo sé bien qué puede hacerme sentir feliz una tarde así, pero no sé bien dónde encontrarlo. Acaso lo supe en Corrientes, siempre que podía iba, y sentía ese olor a encerrado y a historia, a historia encerrada en suma (que no estoy seguro de que sea lo mismo), que se sentía subiendo media escalera, el tufo inolvidable que provenía de los pisos de arriba donde no había ventanas sino hacia la calle, que era un tufo de humano moderno y estandarizado que ni te cuento. Desde la mitad de la escalera (bastaba sólo la mitad de la escalera para sentirme feliz, sin que me echen) se podía ver a la vez un negocio clausurado de diarios Clarín y una tienda de tabaco que todavía seguía funcionando; yo quiero saber quién compraba tabaco en Corrientes donde sólo una vez vi una persona liando cigarrillos. Pero todo eso sumaba, cómo no. Y ésa es la atmósfera que estoy queriendo encontrar en un barcito de por acá; creo que ya visité un par, pero no estoy seguro de encontrarlos abiertos una tarde de feriado lluviosa, a mi disposición con un cafecito con azúcar o edulcorante por las viejas épocas, incluso miel (hace poco descubrí que la miel también endulza). Acaso estoy hablando gansadas y sí están abiertos los cafés una tarde de feriado lluviosa, pero de cualquier manera, no me agrada pagar la cuenta de un lugar sólo por su olor, aunque en realidad lo he hecho por las más variadas circunstancias: cafés de aburrimiento, cafés de vicio, cafés de soledad, cafés de tristeza, cafés de nostalgia, cafés de lluvia, cafés de café, cafés de compañía (que en realidad terminaban siendo licuados de ananá con agua o cervezas de 968 ml.). Preferiría conocer una tía abuela aquí, una tía abuela que no sea fascista (la única tía abuela que conocí acá, era fascista), una tía abuela que acaso no sea mi tía abuela pero con una casa de olor a abuela que pueda visitar cada vez que tenga ganas para sentarme en el zaguán y ver esos cuadros de nenas que las abuelas tienen y que no se saben si son sus hijas sus nietas o quiénes.

Isis

No encontraría sorprendente ni repulsivo que fuéramos hermanos
haber nacido tras los barrotes de la misma cuna
es sólo una metáfora para lo que pasaría dieciocho años después.
Creo que estas palabras van porque te extraño;
sorprendente quizás sea la circunstancia
sorprendente acaso el producto de las ganas de pensarte.
No estoy solo
no podría estar solo aunque quisiera
ni estoy seguro de haber estado solo nunca
pero no significa que sea llevadero
por algo te conocí y sobre todo por algo conocí tu ausencia;
es más o menos estar solo
es más o menos no tener madre ni hermana.
Ni mirar de atrás los barrotes de la cuna
ante los monstruos cínicos que nos presentaron como la familia
los amigos
y los profesores.
Quiero decirte de qué forma le mostraría a ellos los dientes
sólo para comprobar que vos lo harías igual;
pongo mis manos en el fuego y seguramente el fuego se apague.
A veces llueve sobre mi cabeza
cuando me siento abajo del ombú a cantar Louis Armstrong
a veces pienso que mi cabeza es mi única casa
pero todo esto ya lo sabés;
mirá si merecerás ser destinatario de misivas totalmente inciertas
nadie en el mundo merece ese título mejor que vos
desde ya que no estoy seguro de haber compartido el colchón con vos
mucho antes de haber compartido el colchón con vos,
mirá si no merecerás ser destinatario de veinte mil abrazos
que escondo detrás de un muro gris bajo el cielo hirviente;
no sé si tendría que añadir algo más o es hundir mis pies en el barro.
No sé ya si incluso a mí sos capaz de mostrar los dientes.

22.2.12

Un mes mal que mal bien cordobés

Ya sé, otra vez tendría que estar estudiando, y otra vez estoy mirando al mundo desde el fondo de una fuente de agua azul purísima; ya me vienen las ganas de escribir sobre Córdoba, no, hoy sobre Córdoba no voy a escribir, si bien es algo que flota en el aire como el aceite evaporado del hornillo.
Hoy se cumple un mes que llegué, casi un mes de vida en solitario. ¿Qué fueron de mis noches y mis días en este lugar tan lindo? Noches, caminé muchas. Días, dormí la mitad, la otra mitad creo que se fue en tazas de café y sus restos: a esta altura estoy convencido que las tazas y las cucharas fueron los utensilios que más usé en mi estadía. Otra vez son las 4 de la mañana, otra vez tengo sueño, otra vez tengo pila de cosas para estudiar. Textos principales, textos complementarios. Esto hace un mes no era así; me hubiera matado el desarraigo y el aburrimiento si no hubiera sido por mis amigos geniales, que de a poco se van extendiendo, van encontrándose entre todos, van uniéndose como se unen los nudillos de la plastilina de Svankmajer sobre la mesa. Y es genial: los círculos se funden en un abrazo alrededor de mí y no se puede estar solo, ya de nuevo somos muchos en la Embajada, ya nos juntamos entre cuatro o cinco a llorar temas de chamamé, o a reírlos todavía (porque mal que mal hace un mes estamos aquí y ni eso). Ya se está volviendo un pueblo Córdoba, un pueblo con las calles muy anchas, y todo eso me ayuda a no extrañar.
Pero dije que no iba a hablar de Córdoba. Iba a hablar de mí -para variar y como recomendó cw.-, pero es imposible hablar de mí en detrimento de todos estos demás aspectos. ¿Qué debería relatar, mi desayuno? Mi desayuno que de por sí no es igual a todos los desayunos que tenía en Corrientes, si es que alguna vez los tuve; ya el último tiempo no vi los albores de la mañana, no sea así al revés, cuando la mañana venía a mí y no cuando yo volvía a ser yo para ver nacer la mañana. En Córdoba la cosa no es muy distinta, pero secretillo que mis progenies ni nadie sabe: yo desayuno en vez de almorzar, almuerzo en vez de merendar, meriendo en vez de cenar y acto seguido duermo. Mi horario de comidas está retrasado tres o cuatro horas, y es la magia de vivir solo y no tener que lavar los platos -porque como después de lavar los platos, nunca al revés. De esto hace un mes. Todas las cosas, o casi todas, las que están metidas en este departamentito, no las compré yo pero son cosas mías, todo es mío, todo lo poseo, el departamento no pero por eso se llama 'inmueble' y por eso es, quizás, tan prescindible: el prefijo bastardo le saca la gloria y se vuelve prescindible, todo lo demás, lo de adentro, se vuelve no imprescindible pero mucho más importante y sobre todo encantador. Y he descubierto que hay dos clases de cosas dentro del departamento que es casi mío: una clase de cosas que no me guardan ningún misterio y son en su mayoría descartables (como una esponja, un tubo de dentífrico, una lata de salsa portuguesa); y cosas que pertenecen a una segunda casta, un poco más heterogénea que la anterior, de contenido acaso indescifrable, largo, tendido, abierto, ambiguo, complejo: Los hermanos Karamazov, el cuaderno que escribí cuando tenía 14 años, los apuntes de Semiótica que tengo que leer para mañana, el humor de Aureliano cuando no quiere comer, y la lámpara de lava violácea que siempre, siempre, parece guardarme alguna sorpresa antes de apagarla para dormir, con su luz tenue iluminando desde un rinconcito, el opuesto a la lámpara de alto consumo que dejo prendida sin que mis progenies ni nadie sepa, ni Greenpeace, qué carajo, por las dudas.

Algo no incluido en 'un mes...'

Sé que quizás sea esto apresurado pero no veo que las cosas empeoren en los próximos meses sino, al contrario, que sigan mejorando: sé que ustedes no están al tanto y no es mi deber informarles, pero me gusta visitar una casa por la calle Duarte Quirós, sería a unas 8 cuadras de mi casa, no es mucho especialmente cuando pasamos por la mitad del camino. Y en esa casa, que en realidad es un quinto piso sin ventanas a la calle, hay dos fuentes de agua azulada. Es temprano, es muy temprano y a la vez es muy tarde, son las cinco menos diez minutos de la mañana, pero el futuro no va a empeorar, lo sé, y serán algunas más mis visitas a esa casa, antes de que una ventolina me la aleje de mis muñecas, antes de que una brisa me impida asirla de nuevo por el cordel, antes de que un huracán la despeje y vuelva a ser una casa desierta, por lo menos para lo que es mi percepción, con las puertas tapadas de hojas de ficus y ramas de cadmio.

Si esa casa tuviera ventanas que dan a la calle, sería hermosa; pero yo confío en visitarla ni bien comience a nevar (porque es otra cosa que confío que va a pasar este año, Córdoba va a ver de nuevo la nieve, y yo voy a venir con bufandas, armado como un provinciano caluroso que tiene dos semanas de invierno al año), va a ser mucho más hermosa, porque se va a saber que afuera está nevando y nosotros, dentro, también estamos nevando, y cómo. Pero el agua de las fuentes azules no se congela. No aspiro conocerla en todas sus propiedades, pero ya estoy seguro de que no se congela y todo va a parecer de película independiente argentina (aunque me dijeron que todo el cine argentino es independiente, verifiquemos fuentes).

17.2.12

Srñomi

Hasta las 3 estaban abiertos los museos; hoy era 'noche de museos', se da una vez por año hoy jueves y muchos cordobeses (y muchísima gente que no era cordobesa) se habían amontonado en las puertas del Palacio que con sus luces rosadas sugestivas, prendidas hasta hace un rato, iluminaba el espacio que hay entre las rejas y su dorado acabado; adentro, el césped era pulmón y los jóvenes miraban la luna.
Ahí fui; no diré que me enamoré porque sería una redundancia y quizás una exageración. Me produjo una sensación parecida a la que me produce la Ciudad en general; causa es sin duda de mi prosa horrible que quiere explicar con palabras (error desde el vamos) imágenes que vi y que me asombraron. Seguramente no volveré a pisar el Palacio en mucho tiempo porque es algo un poco alejado tanto de mi gusto como de mis posibilidades; la gente se amontonaba hoy porque en la trasnoche, horario por demás hermoso, la entrada al Palacio era gratis y se podían ver los cuadros de cerca y degustar desde dentro los balcones que alguna vez pisó algun rey, la araña bajo la cual la esposa del mismo rey se paró con su vestido blanco inacabable, y las escaleras que se ven pero ya no se usan.
Dentro había, cómo no, cuadros increíbles. No sabría si son de valor incalculable o si tenían valor alguno; eran sencillamente increíbles. Más que nada fechados a principio del siglo XX, los cuadros de arte contemporáneo eran raros y luego vi que en realidad lo que habían hecho eran amontonarse en otro lugar que se llevaba las impresiones más vivaces. Increíbles también eran los objetos que formaban el decorado infinito del Palacio que, increíblemente, pertenecía a alguien y que ahora pertenecía a todos -por lo menos hoy. Detalles como el final de los pasamanos de la escalera eran de una belleza que, en todo lo que deslumbraba, no podría comenzar a describir. Fue entrar en el hormiguero más vivo y feliz que mis ojos habían visto. Las escaleras, curvas, dobles, que llevaban la vista para los costados reptando por los peldaños por entre las galerías blancas hacia las ventanas que, rosadas, titilaban al fondo, estaban pobladas de gente, de gitanas que sacaban fotos a sus hijas que en el nivel inferior aguardaban; de viejos de sombrero que pensaban poesía en la cabeza y desarmaban acaso la estructura que diseñó otrora un arquitecto loco.


Veinte minutos después fuimos al otro museo. Y fue salir del zaguán del manicomio para entrar en el manicomio mismo; ya las paredes grises lo hacían horrible, hermoso, impresentable. Y venía, como pateando la escenografía, Milo Lockett mismo con su ingenuidad adolescente y el orgullo de mostrar murales enormes de arte en bruto, colorido autodidacta, chaqueño -cómo no, de algún lado sonaban sus formas risueñas. Y mensajes en las paredes que te hacían creer que vos podías comenzar a adivinar dónde la mente del artista estaba divagando mientras al mismo tiempo guiaba su pincel por la mano de una manera que a primera vista parece arbitraria pero no es; discúlpese si mi prosa pobre no puede explicar algo que se ve y que acaso alguien haya visto. Pareciera inspirado en los sonidos de la calle, en los diálogos de las señoras, en ese tren que había visto hace media hora en un pasaje de la Quiaca y ahora estaba sonoro, llegando.
Tres o cuatro millares de curiosidades más se avecinaron próximamente, y no las quiero relatar; recuerdo casi nítidamente la imagen del faro irguiéndose por encima de una estructura en construcción desmesuradamente grande, y a lo lejos el parque Sarmiento extendiéndose en toda su oscuridad intrigante; más abajo la Balcarce y la casa misma, con ese efecto que tienen las calles cordobesas de saberse muy cerca y a la vez estar metros por debajo de nuestros propios pies. Entrando de nuevo a un pasillo lleno de fotos de gente anciana bajo el agua, de alguna manera supimos subir una escalera y, metidos de lleno en el personaje intrigado de quien ve una maravilla por primera vez, pasamos a través de un corredor negro y, de una manera que jamás entenderé, vislumbré impresionado la palabra Srñomi.
No es éste
¿Alguna vez notaron, al llegar a un lugar, que ése lugar sería el que los sorprendería?
Nada tengo para decir sobre Vázquez; un artista tan talentoso que las letras de alguien, por menos conciso que sea, no podrían abarcar el vértigo de su ironía y los pasajes que él supo pintar de noche (de noche y sobre un lienzo, y transmiten la noche entera, una noche liviana pero inequívocamente noche).
Marcos de madera de tamaño variable pero casi todos pequeños, representaban paisajes trastocados por símbolos, que a su vez representaban un idioma acaso arbitrario (aunque algunos, vi, estaban escritos en neerlandés). Pude fotografiar un par, y no son malas fotografías pese a no ser las mejores, y cuando disponga de ellas haré de esta entrada un apéndice. Perdóneseme el abuso de hipérboles; recuerdo haber mirado el mismo cuadro quince minutos sin dejar de sentir que estaba observando ahí, en la noche, el amanecer que difuso se cernía pese a que de este lado era increíblemente noche, noche densa, noche cerrada, noche fría, y yo en movimiento. El cuadro mismo se movía. Se caía hacia delante en toda su inmensidad azul y al fondo, tras las casas y tras los baldíos, estaba el cielo que se tornaba naranja y más arriba, tras las formas geométricas que lo cortaban, más rasgos de un idioma ininteligible. De este lado y a mi izquierda, había una pequeña inscripción. Recuerdo vagamente qué decía pero no quiero incurrir en errores; la transcripción vendrá con la imagen. Es una cosa bellísima. Salí convencido de que nunca había visto un cuadro así de hermoso.
Salir del museo fue un poco volver a entrar, y bajar por la avenida con parterre para llegar a mi casa, un poco en la noche que se hacía más húmeda y más calurosa, era ver la ciudad que seguía funcionando, respirando casi al mismo ritmo que el día, como si las hormigas que conforman las luces amarillentas del boulevard nunca durmieran, como si vivieran en detrimento de dormir.
Torpe pero detalladamente quise transcribir las impresiones que me dio esta noche. No sirvo de crítico ni de descriptor, acaso una simple recomendación que no llegue a nadie; desde un comedor con luz azulada: vengan, vayan, es un lugar realmente hermoso.

13.2.12

Más de la docta para empachar

De tanto hablar de cosas con Bruno
(léase de Beirut, Kerouac, Jazzuela, Residentes, Palm Springs, Los Ángeles [léase Bukowski {léase Kerouac}])
me dieron ganas de escribir. Nuestro tema de conversación todavía (porque me metí al blog mientras hablo con él, sólo para escribir sobre esto mientras todavía tengo ganas de escribir sobre esto), es, entre otras cosas, los antros de mala muerte, que él me cuenta unos de Venice Beach, CA, refaccionados para funcionar como bares y viviendas -Usina un poroto-, y yo por mi parte los bodegones de mala muerte de la Balcarce que es todo lo que tengo a mi alcance pero que no deja de ser poco, y sus franquicias de la zona de Puente Centenario, territorio más áspero, más oscuro, "que favorece el amor y la delincuencia en proporciones más o menos iguales".
Me pidió ser un anfitrión apropiado en la capital cordobesa y de paso esto me recuerda que debo un proyecto que nunca terminé: un recorrido fotográfico por la ciudad reciente, nueva, y perforadora de emociones. Fotografías demás está decirlo no tomadas por mí, o probablemente tomadas por mí con cámara prestada, requeriría un laburito pero lo haría más personalizado, más querible.
Una prosa que molestaría a JP Feinmann, sí señor, pero en este momento tanto el estado climático del barrio como el estado de mis responsabilidades molestas como moscas están desordenados; y Aureliano duerme en el placard, escondido entre dos cajas de zapatos y una bandera de manzana.
Sí, antros de mala muerte: me hablaron que más allá del puente que mencioné se extiende Alta Córdoba, un barrio alto de casitas chalet muy prolijas, con rejas correctamente pintadas y terrazas llenas de azahares; prolijos parques sin redondos de colores pero con palomas, arbustos, juegos para niños recién pintados y una vista majestuosa de la ciudad que, babilónica, se extiende abajo. Para comenzar, la zona de la terminal, que es donde vivo yo: ya de este lado del arroyo (porque estos dos paisajes están separados por un arroyo que a veces incluso se sale de quicio), aparecen como manchas oscuras en la poetisa de las veredas infinitas, comunidades de drogadictos, milanesas a 15 pesos, rapipagos, fábricas de sándwiches, latas de agua tónica, compraventas de heladeras. Bordeando el arroyo el paisaje es el mismo, sumando quizá algún prostíbulo y alguna ferretería. He caminado por allí convencido de que estaba en Santa Fe; he caminado en Santa Fe sin perderme porque sabía llegar a mi casa de Córdoba. Es todo lo mismo, "todas las ciudades la ciudad".
Estoy perdidamente enamorado de sus paisajes, sus caras y su gente, y a pesar de que seguramente no viva aquí toda mi vida porque ya estoy armando el equipaje para irme a Rumania en el año 2014, estoy ansioso sobremanera de hacer de guía turístico para cualquier persona que le interese lo que a las demás, por lo general, les resulta cotidiano, irrelevante y soez.

¡Hola, Miguel!

Me pareció de interés general (sobre todo porque es un tema de conversación estándar entre desconocidos), comentarles que desde ayer vivo con Aureliano, un gatito atigrado cordobés de tres meses de edad. Solía llamarse Bocadito, no me acuerdo por qué, pero decidí en buena hora cambiarle el nombre por el del conspicuo coronel, y pese a que todavía nos estamos conociendo, nos llevamos bien; él con su inexpresividad juguetona y sus saques antropomórficos que asustan, y yo con mi irresponsabilidad y mi descuido, que a veces no sirve ni para aguantarme a mí mismo. Duerme en el placard de noche según he descubierto, a pesar de que doné una almohada a la causa que el usa de manera muy antropomórfica también: duerme con la cabeza apoyada en la almohada y el resto del cuerpo peludo y gris en el piso de cerámica. La mayor parte de su tiempo lo ocupa en morderme los pies o rasguñar las sábanas, actitud sobre la que tendré que aplicar el conductismo de Pavlov, según me dijeron, y pegarle con un trapo y decirle NO vehementemente. Muy seguramente no lo haga.
Sus mayores diversiones son dos medias de mujer que no sé por qué estaban en mi placard. También le gusta desordenar las piedras de su caja, que es demasiado chica para él, y comer con la cabeza gacha y tranquilamente antes de arremeter con toda furia a mis pies que andan preparando café alrededor de la mesada de mármol. Compartimos el atún; a él le gusta más que a mí, me temo, y eso que me gusta mucho. Todavía no salta demasiado y no ha causado mayores desastres que el de tirar mi araña portasahumerio al piso y desordenar mis papeles de la inmobiliaria -que son los menos importantes.
Quiero aprovechar este espacio para disculparme por mi reciente falta de productividad; no tengo excusas, simplemente la mente muy corta.


9.2.12

Borges y el peronismo

Y esto ocurrió en Buenos Aires en 1946

JORGE LUIS BORGES, ESCRITOR QUE ENORGULLECE A LA ARGENTINA, FUE ENVIADO A INSPECCIONAR GALLINAS
 
Bajo estos mismos títulos dice un diario porteño:
 "Ha sido comentado en los más diversos tonos en los ambientes artísticos, la medida adoptada por las autoridades edilicias contra el escritor Jorge Luis Borges, quien desde hace dieciocho años desempeña un puesto importante en una biblioteca del municipio. No es necesario abundar acá en consideraciones acerca de los sólidos méritos del prestigioso escritor a quien de cierta manera puede considerársele como jefe de una escuela: el "borgismo", que de ciencia cierta existe, pero que algún día será analizada ampliamente. La producción, la obra y la acción de Borges son, asimismo, tan vastamente conocidas dentro y fuera del país, que no es necesario que nos detengamos a analizarlas en estos momentos. Pero el escritor es quien va a hablar.


— ¡Hola, don Jorge Luis! ¿Cómo le va?
 
—Ya lo ve, vivito y coleando.
 
— ¿Y qué le pasó en la Municipalidad que se cuentan las cosas más dispares acerca de su traslado, cesantía o lo que fuere?
 
—Nada; una cosa muy sencilla. Yo toda la vida he tenido dos 'hobbies', por no decir dos debilidades: los libros y firmar. Cuando chico firmaba en las paredes. ¿Se acuerdan ustedes de aquellos poemas murales? Me ha gustado siempre firmar lo que escribo y, a veces, cuando algo de un amigo me gusta mucho, también lo firmaría.
 
—Sí, bueno, está bien; pero eso ¿qué tiene que ver con el asunto de la Municipalidad?
 
—A eso iba. Como a mí me da por firmar todo lo firmable, resulta que firmé cuanto manifiesto me trajeron los amigos. Estos manifiestos ingenuos en que se afirma que la verdad debe triunfar y que la libertad es libre, como dice el paisano.
 
—Bueno, pero ¿qué pasó, entonces?
 
—Un momento; en los poemas no hay que pegar saltos. Hace pocos días me mandaron llamar para comunicarme que había sido trasladado de mi puesto de bibliotecario al de inspector de aves —léase gallináceas— a un mercado de la calle Córdoba. Aduje yo que sabía mucho menos de gallinas que de libros y si bien me deleitaba leyendo "La serpiente emplumada", de Lawrence, de ello no debe sacarse la conclusión de que sepa de otras plumas o diferenciar la gallina de los huevos de oro de un gallo de riña. Se me respondió que no se trataba de idoneidad sino de una sanción por andarme haciendo el democrático ostentando mi firma en cuanta declaración salía por ahí. Comprendí, entonces, que se trataba de molestarme o de humillarme simplemente. Naturalmente que si, como ustedes dicen, me hubieran trasladado a las funciones de agente de tránsito, a lo mejor me da por calzarme el uniforme, y ya me hubieran visto allá arriba en la garita armando un verdadero despatarro.
 
—Y usted, ¿qué actitud adoptó?
 
—Ninguna; me fui a mi casa. Tenía un libro de Elouard y otro de Vercors para los cuales no encontraba manera de roer tiempo a otras cosas y leerlos. Y me puse a leer y me olvidé del mundo. Pero al día siguiente, la realidad me dio un vuelco; de la Municipalidad me comunicaban que hacía veinticuatro horas que estaban esperando mi renuncia y que estaba ya en mora. Estaban, pues, plenamente convencidos de que no iba a aceptar la situación y que iba a renunciar. Me conocían, ¿verdad?
 
—Indudablemente.
 
—Eso es todo; la verdad, nada más que la verdad, sólo la verdad."
 
(Diario El Plata, Montevideo, 25 de julio de 1946)


7.2.12

El Madmo

Les digo la verdad, sí, Guadalupe (representación en persona de todas mis obligaciones académicas por el momento, que no leerá esto mientras yo no figure demasiado en el blog de la universidad), quien suscribe tendría que estar estudiando la evolución lingüística del español. Por supuesto que es un tema que me interesa; más que interesarme, fue la razón misma por la que me metí a estudiar lo que estudio. Pero vos lo sabés bien, Guadalupe, tan bien como yo: lo más difícil de estudiar es comenzar, y yo todavía no comencé. Y sabés bien, porque seguramente dormís con el cronograma bajo la almohada, que todo esto de la evolución lingüística del español es para mañana; lo sabés casi tan bien como el estudio comparativo que hiciste entre el sánscrito y el griego antiguo. Pero hay algo que no me va a dejar empezar por el momento y quisiera comunicar a ustedes a través de mi prosa para nada concisa.
Le dije a Carmën (una de las colaboradoras tácitas más activas del asteroide) que iba a escribir esto mañana, pero como Johnny Carter, para mí mañana es más tarde que hoy y hoy es mucho más tarde que ahora; y ahora mismo esto no puede esperar, porque lo estoy degustando como degusto mi café con leche, se los presento, a mi izquierda.

El álbum en cuestión (saltando etapas innecesarias de introducción) se llama El Madmo. Realmente, no sé bajo el estandarte de qué conglomerado creativo catalogarla, pero poco importa; les sorprenderá tanto como a mí conocer esta faceta de una artista consagrada como es Norah Jones. Especialmente si son admiradorxs de Norah, y si en su momento pensaron que "Norah Jones y Jack Johnson harían la pareja más tierna del mundo en nombre de la libertad musical y la paz mundial..." y cuando pensaban (si es que alguna vez se les cruzó por la cabeza) que Norah y Jack son dos personas que seguramente nunca fumaron marihuana, hasta que un día un buen santo les dijo que Jack Johnson fuma marihuana a dos manos (Charlie dixit), y ahora se están enterando (como yo, y amén a la desgracia o a la suerte) que seguramente Norah también fuma mucha marihuana.

La faceta desconocida y surge (no se lo veían venir) que el álbum es una cosita punk muy tierna, algo así como una PJ Harvey, pero no quiero meter moco porque no soy muy familiar con PJ. Con Patti tampoco. Espero no errarle si digo que es parecido a esas dos princesas. Con Norah Jones a la voz (y no recuerdo haber oído un piano en todo el rato que estuve escuchando este disco), cuando me lo compré (ok, no) pensé: "bien... esto va a ser algo promisorio o por lo menos muy, muy insospechado". La portada me hace acordar a los mejores álbumes ska-punk californianos que marcaron mi adolescencia media; otro aspecto atípico porque el álbum salió en el año 2008 y Norah es neoyorquina. Púuuumba.

Con ustedes el Madmo. Ahora sí, a disfrutar mi diccionario etimológico indoeuropeo. Agradecimientos especiales a
http://www.diluviosonico.blogspot.com


5.2.12

El morboperiodismo

No suelo meterme en nada que se parezca a "esto", pero me parece SUMAMENTE SENSATO compartirlo.

Eduardo Feinmann de C5N y Radio 10 debe estar feliz, tomando champagne, pidiendo más sangre, más truculencia, más morbo, más sensacionalismo, más madres de asesinos pidiendo que maten a sus propios hijos. Más tragedia. Eduardo Feinmann sería feliz si todas las semanas tenemos un odontólogo Barreda,  los gerentes de noticias “chochos” viendo cómo pueden aumentar el raiting vendiendo policiales a “troche y moche”, poniendo musiquitas de terror y el cartel de urgente. Por favor, más terror, más miedo, es la agenda que pretenden.  Más  violación de la privacidad, más victimas llorando, más cadáveres en vivo y en directo, más reconstrucciones de asesinatos. Qué felicidad: cómo sube el raiting, un punto más, “soy feliz”, que el crimen y el delito estén permanentemente en el hogar. Así también pueden mezclar todo, confundir a los televidentes diciendo que “la delincuencia se ha descontrolado y las autoridades no hacen nada…” “Necesitamos más policías, más mano dura, basta de que los delincuentes entren por una puerta y salgan por la otra. Con los militares estábamos tranquilos, esto no pasaba.” Mientras tanto siguen dando cada 5 minutos noticias violentas.
En este contexto donde algunas empresas periodísticas y algunos animadores televisivos parecen vampiros ansiosos de más sangre les pido a los hijos y a los nietos que nos están leyendo, en relación a sus papas y abuelos, que si ven que están frente al televisor muchas horas, traten de correrlos, de buscarles otro entretenimiento porque posiblemente terminen mal, nerviosos, perseguidos, paranoicos, les aumente la presión. O si pueden, sugiéranles que vean Canal Encuentro, Canal A, Utilísima, Gourmet pero les pido por favor que los liberen de los Eduardos Feinmann y compañia. Verlos les hace mal a la salud. Cuidalos y cuidate de Eduardo Feinmann y de lo que él significa. Cuidate.

(Gerardo Yomal - http://puedecolaborar.blogspot.com/2011/12/cuidate-de-eduardo-feinmann.html)

(y el otro Feinmann en contra de los blogs... qué cosa che)

Junip

No obstante la falta de inspiración, quisiera escribir sobre esta banda.
Me la recomendó una de las personas más indescifrablemente buenas que conocí en mi vida; lo conocí hace un año. Lo aprecio muchísimo y lo extraño sobre todo cuando escucho esta banda y un par de otras bandas que también me hacen ir a otro planeta, y extrañarlo como se extraña a un hermano mayor o a ese par de medias que te abrigaron los pies cuando helaba tras las ventanas.

Si quisiera que mucha gente conociera a esta banda, haría una cita textual de Wikipedia; eso le sacaría, sin embargo, un poco de encanto. Primero porque las bandas se corrompen un poco en la fama excesiva; segundo porque es casi tan mía que requiere un poco de autoproducción.
Ahora bien, si tuviera que ser un poco técnico, lo cual es un puntapié para comenzar a hablar de cualquier cosa que requiera técnica, tendría que decir que esta banda se enmarca en una movida bastante renovada de folk-indie-europeo-puntocom. El tipo líder, José González, es aparentemente un genio creativo y con antecedentes exitosos de solista, y tiene una historia bastante parecida al hermano/par de medias; hijo de un psicólogo exiliado por razones políticas de un país (que resulta ser la Argentina), vivió en Suecia toda su vida. No sabría si es también hispanoparlante, pero tanto él como su banda, Junip (ignoro la tipología-convención para escribir Junip; la he visto así JUNIP pero también me gustaría haberla visto así junip como e. e. cummings), cantan en lengua inglesa.

La música que hacen es música bastante invernal, como lo es para mí el indie folk; descubrí, para mi mayor y más oportuna apreciación, que es música ideal para escuchar antes de la tormenta. Transmiten un mensaje espiritual. Música de cronopios de la nueva era, porque estos junips son, en todo, contemporáneos. Su mejor y único LP hasta ahora, llamado Fields, es del año 2010, por mucho el año con el invierno más largo de mi vida. Compartí con poca gente junip, así como solo una persona compartió a junip conmigo. Sería optimista pensar que es una banda tan linda que todos quieren guardarla para sí mismos, lo cual es algo bastante malintencionado; es más lindo que pensar que nadie la conoce. En la radio insanidad, el azúcar de tu café, widget aquí a la izquierda presente, buscando y buscando, pueden dar con dos temas de esta banda: rope & summit, que es el primero que escuché y recuerdo haberlo puesto cuatro veces seguidas pensando que era una frontera musical que efectivamente fue, y without you, que descubrí que es mucho más difícil reproducir de lo que parece. Como bonus, un cover que no pude pero quise creer: teardrop de José González solo, que aparentemente fue un éxito y siempre lo hace, con esa voz tan característica y esa cara de neanderthal concentrado encantadora que he visto que pone cada vez que tiene la guitarra sobre el regazo y tipea esas notas, sólo con los dedos, para lograr la armonía suave que es la salsa pomarola de ese plato de fideos caliente cuyo olor inunda nuestra casa un día de invierno soleado.


Progresivo primer contacto con la vida universitaria (che, qué más...)

No mucho. La facultad ya comenzó, estoy en ese filo sorpresivo de ser newbie, y ya ensayé dos o tres caminos de ida y de vuelta (sobre todo de vuelta), entre los que me sorprendió volver por Independencia, que había sido que desemboca ahí en el Bosque Nativo, y termina yendo por subidas y bajadas hasta terminar aproximadamente a 6 cuadras de casa. No importa.

No estoy con mucha inspiración para escribir, pero quería resaltar la manera en que los profesores, al ver tu cara de perdido el primer día de clases, te bombardean con información en su mayoría innecesaria que no te va a hacer más sabio pero por lo menos te da una pauta de lo poco sabio que sos en el momento. Me ha pasado con muchos estudiantes de Letras que, aunque compartimos gustos en común, no les entendía un pomo de lo que hablaban; tal es así que la profesora-estudiante que tengo en la mía, la Comisión Celeste, nos habló del Octaedro y sin embargo todavía no hablaba dentro de la Vía Láctea, pero recordemos mi condición de newbie; todo eso, höffentlich, va a pasar.
El resto parsimonioso.
Demasiado parsimonioso estaba; ya comencé a fabricar un reflejo de vida demasiado emulativo a lo que sería mi vida en Corrientes. Formé un grupillo de amigos de poxilina (los copados, los perdidos); formé una pasión acaso efímera que está por verse, y terminé de formar también una gran amiga con la que me gusta estar en soledad. Y aunque nada de eso reemplaza lo que tenía (que lo vi hoy, de completo, cuando abrí la primera página del Espejos de Eduardo Galeano con una dedicatoria que me habían hecho para mi cumpleaños y yo nunca leí, y me redujo a un estado anímico bastante abismal), es una estrategia limpia para no extrañar tanto lo que tenía y sigo teniendo pero no de la misma manera.
Lo que no significa que vivir acá no sea la miel más dulce de las que he probado en mi corta vida, ni mucho menos que sea amargo hablar sobre libros cuatro horas seguidas, cuatro días a la semana.
¡Salud!

Animate y ampliala -peposo

Esta mañana

Soñé con vos sobremanera.
Como si hubiera sido una mancha sobre las sábanas
el cofre de tu extensísima representación
y te hubieras quedado toda la noche
juntando los vestigios con alevosía para cuando me despertó el teléfono.
Fueron sórdidas las cosas que te dije
que nunca te hubiera dicho
pero (aparentemente) siempre tuve ganas de decir.
Soñé que estábamos en una fiesta.
Una fiesta popular; creo que estaba casi todo el mundo de allá
cuando en realidad acá estoy solo
con una pequeña comunidad de emisarios.
Creo que tus ojos reflejaban a alguien más,
no sabría quién
y no me quisiste decir
pero pude intuir
que yo no estaba;
soñé que te abrazaba
y por alguna razón
no te dejaba ir.
Egoísmo tonto, se ve.
Cuando la telaraña farsante se apartó un poco
de la almohada pegajosa
y me di cuenta que eran las seis de la tarde
y que yo estaba soñando con vos desde hacía siete horas,
y atendí el teléfono con voz ronca
de recién levantado pero sobre todo de una recién conciencia
todavía estabas embolsando todo en un fardo
y alejándote por entre el pasillo la escalera.

1.2.12

La calle Balcarce

La calle Balcarce es una calle de Córdoba capital. También lo es en muchos otros lugares (destacablemente Salta, donde es una calle de bares y artesanos los domingos por la tarde, y termina donde comienza el Tren de las Nubes); pero hoy voy a hablar de la de Córdoba porque hoy aprendí a mirarla con otros ojos.
Generalmente las calles en Córdoba se dividen en dos o tres etapas de distinta deseabilidad: tal es así que Ituzaingó, en el comienzo de su numeración, es un hormigueo constante de tiendas de tela y señoras gordas que se prueban vestidos y empresarios que salen de sus cafetines para irse todos a la Bolsa de Comercio, que queda casi en la esquina de Ituzaingó y Rosario de Santa Fe, a partir de la cual Ituzaingó muere y cambia su nombre. De estos antros de mala muerte, entre zapatillas de goma en rebajas y ropa interior de precio y calidad homogéneos, si se continúa cuesta arriba, cruzando el Boulevard, se cambia a una atmósfera sofocante y colorida de bares diversos, cada uno más caro que el otro, y más o menos con el cruce de la Rondeau, realmente estamos curados de prejuicios: es una calle de mierda. Realmente la detestaba hasta que anteayer, por pura casualidad y navegando muy lejos de allí, encontré un cartel que rezaba "Ituzaingó - 1000 - 1100": uno de los barrios más apacibles, tranquilos, floridos y bellos que vi en mi vida. Quien lo diría.
Balcarce es una calle que atraviesa mi casa lateralmente, es decir que la mayor parte del día mis ventanas dan a esa calle menos a la noche donde no dan a ninguna porque cierro las cortinas. La calle es una subida violenta y al mismo tiempo una bajada violenta, pero más allá del Boulevard (por donde queda la entrada a mi departamento), no hay más que parkings para autos y algún que otro interesante negocio de compraventa; para arriba, es un universo oscuro, y realmente me entró la duda de que si iban a cortar la luz de nuevo, porque no se veía nada y venía la amenaza cirniéndose y silbando. Tan tupidos son los árboles que tapan los faros, que la calle es un monumento cuesta arriba, que para mayor paradoja termina en un bosque con una escalera que sigue subiendo hasta latitudes que no quiero conocer de noche. Hay los negocios usuales; hay los edificios usuales, de una entrada exageradamente grande y llamativa, con un jardín en el medio y unos ascensores de última generación y unas llaves magnéticas y unas cortinas ordenadas; todo eso a excepción de la llave es de lo que mi edificio felizmente carece. También hay grandes espacios vacíos entre los altos edificios que de noche se aprecian como salvoconductos por donde la lluvia entró y permaneció hasta evaporarse, y los granizos suicidas se quedaron de cara ante la nada. Y no puedo dar detalladas explicaciones porque no vi mucho; sufrí solamente con lo empinado de sus veredas, que no sé como hicieron para armarlas, mismo con las casas, mismo con los ostentosos jardines de los edificios de cien mil dólares el metro cuadrado.
En suma, hoy caminé por la Balcarce y me enamoré de ella. Fui en una dirección acaso impráctica del todo porque no me lleva a ningún punto de interés personal, pero es realmente un placer sentirse solo por esas calles que no tienen un vestigio de coloniales y sin embargo parecen haber nacido desde antes de la ciudad, por el hermetismo salvaje de su oscuridad y su silencio.
Todo esto en el marco de una teoría que todavía sostengo: es distinto irse a vivir a una ciudad que poco se conoce, pero realmente me sorprende que Córdoba todavía siga sorprendiéndome. Y en los lugares más insospechados. Quien diría que a una cuadra de mi cama podría encontrar un lugar gratis, tan sorpresivo, tan surreal, tan perfecto.
Realmente es una ciudad muy, muy deseable; abalánzense turistas.

P.D/También hay una franquicia de un hostel del cual me hice muy amigo; es el hostel donde paré la primera vez que pisé Córdoba con ojos de ciudadano inocente y turista autogestivo. Realmente odiaba Córdoba a esas horas. Al final de esa semana, no podía pensar en un lugar mejor. En el hostel paré cinco veces más y no voy a olvidar cuando me preguntaron si sabía tocar la escalera al cielo y yo dije 'SI' casi como un reflejo, y abandoné la cerveza que tomaba con dos amables mexicanos.
P.D 2/Prometo fotografías de la calle Balcarce. Quizás lo prometo. Quizás fotografías. Acaso no de la Balcarce.

Caja vacía

No me gusta mucho poner letras de canciones porque sí...
pero yo no lo podría haber expresado mejor.
Así estoy ahora. Y estamos bien con ella. Los dos.
Tirados en una alfombra.

"Tore open the package it was an empty box
no meaning to me, just an empty box,
sender was a woman...

She said, she's sending me everything that I
I never gave her before,
She said 'fill it up and send it back,
fill it up and send it back',

So I sent her back an empty box,
A big mistake, sent back an empty box,
Half in the shadows, half in the husky moonlight,
And half insane just a sound..."














¿Escribir, hoy? No... o capaz un ratito...