31.10.11

La vida posible 1

Me levanté a las dos de la mañana y la luz de la cocina correspondía a Dietrich preparándose unas tostadas. Yo no solía entender sus intenciones ni dominar sus horarios, pero era como los latidos de la casa: a la madrugada él existía, o seguía existiendo.
Los martes, de cualquier manera, solíamos sentarnos a la mesa al despertarme, y tomar dos tazas de café negro. Yo solía contarle mis sueños, mientras él escribía en una libretita azul. No estoy seguro, pero hubiera pensado que los publicaría en forma de libro. Yo tomaba mi café negro silenciosamente, fumando y hablando de unicornios, hablando de peces, hablando de ladrilos que hablaban, y él escuchaba con aire distraído, del que yo podía inferir que era el aire más atento que se podía tener. Cuando se terminaba el café, Dietrich desaparecía por la entrada de la casa y no solía verlo hasta el mediodía, salvo excepciones siempre curiosas: una vez apareció sólo para cambiar la ventana del baño, otra vez volvió cinco minutos a media mañana para dejar dos valijas llenas de libros sobre su cama.
Usualmente no podía dormir más, pero mi turno de trabajo no comenzaba hasta las seis. Desde la partida de Dietrich todo se volvía de nuevo silencioso y aburrido, entonces me acordaba de Daphne. Daphne era una pelirroja francesa que vivía en el 6, al fondo de la galería izquierda, de modo que su ventana quedaba casi enfrente de la mía -diría enfrente, pero hubiera sido una imprecisión: fue mas un desacierto del arquitecto, que pensó que sería gracioso no dejarme ver por las noches a la ventana de Daphne.
Esa noche hacía calor y los grillos cantaban desde sus escondites. Atravesé el patio bordeando el inmenso cantero cubierto de madreselvas, a la vez que observaba las estrellas que iluminaban mi camino, pero más iluminaban la puerta del 6. Adentro se sentía la respiración acompasada de Daphne. Sé que el casero no hubiera aprobado del todo mi actitud en este momento -estaba en contra del reglamento de la buena convivencia despertar a mitad de la noche a los demás pensionistas-, pero también sabía que a Daphne eso no le importaba mucho. Siempre quiso dormir quince minutos como Da Vinci y siempre durmió diez horas seguidas, entonces agradecía mis intromisiones a la madrugada.
Cuando abrí la puerta las estrellas también iluminaron su pequeña alfombra de 'Bienvenidos'. La tenía adentro de su habitación, contrariamente a las buenas costumbres, alegando que era ella quien decidía a quién dejar pasar y a quién no. Por lo demás, yo me sabía bienvenido. Dejé la puerta abierta y tomé asiento en una silla en el rincón, mirando alternadamente al paralelogramo de estrellas en el piso y a la roja cabellera de Daphne, que rebosaba apenas su almohada. La miré por diez minutos, y sin decirle nada, ella había abierto los ojos.
—Qué sorpresa... —me dijo, todavía envuelta en una densa telaraña.
Quel bonheur á ma vie —preferí responder—, te voir en dormant et venir á te reveiller.
—Merde, c'est toi. Mais merci.
—De nada —dije, y me levanté de mi silla. Estuve unos segundos parado en el medio de la habitación, sin saber qué hacer. Miré alrededor. Las estrellas proyectaban una luz extraña sobre las paredes. Sobre la pared opuesta a la entrada se veía su biblioteca, un nutrido estante con numerosos lomos que se asomaban en desorden, ya manipulados. Esto me llevó a mirar a Daphne. ¿Habría soñado con alguno de ellos?
Sobre la pared izquierda, había dos cuadros: Charles de Gaulle y Patti Smith. Más abajo, un escritorio con papeles en francés y en español. Daphne había sido traductora para una empresa de ediciones, pero lo había dejado hacía dos meses. Todavía tenía trabajo pendiente que a veces hacía en su aburrimiento culpable por las noches. Le pregunté por qué lo definía como 'culpable', y me dijo que el genio no debería aburrirse, pero yo le dije que a veces era inevitable. Desde entonces trabajaba en forma más relajada. Qué calvario debía ser querer ser una cosa que jamás se podría ser, pensé casi musicalmente. Pero a Daphne no parecía importarle más que en la teoría: apenas si se esforzaba, todavía, para encontrar un nuevo trabajo.
Sobre la parte superior del escritorio había tres fotografías enmarcadas. Una de ella con sus padres, dos franceses sonrientes, su padre de unos poderosos ojos azules y su madre de una cabellera roja aún más viva que la de Daphne. Ninguno de los dos estaba vivo, habían muerto en un accidente. La foto había sido tomada en Lascaux hacía diez años. La sonrisa de Daphne parecía de una eternidad irrevocable. La segunda foto, una de una inexpresiva Daphne en una playa, nunca supe cuál, bastante reciente. Había mucho viento. La tercera de un hombre joven y de piel oscura, con una mirada penetrante. De fondo, un prolijo jardín de flores rojas y hojas verdes. Sabiéndola todavía enmarañada en un sueño que no se decidía a irse -y por eso, más sincera-, le pregunté restándole importancia quién era ese hombre joven.
—Marc —respondió con una voz pesada. Agregó después de unos segundos: —solía amarlo pero pensaba que tenía un mapamundi en su prepucio.
Las estrellas seguían alumbrando el suelo cubierto de pullóveres crema y jeans gastados. Yo me senté, y al cabo de diez minutos de espera, prendí el segundo cigarrillo de la noche.

29.10.11

Café y cigarrillos

Creo que no hay mucho que añadir... es natural que compartamos intereses con nuestros contemporáneos -a mi parecer-, y con los contemporáneos de mis padres, quizás también. Como lo decía Iggy Pop en la película, quizás no somos de la generación de los pasteles y del café, de la década de los '40's, pero no neguemos que el café y los cigarrillos son en realidad, como lo leí de Anthony Giddens, el trasfondo de una conexión mucho más importante, mucho más mano a mano; una elocuencia llana, mirando a los ojos al con-comunicante, una aclaración de los tantos que quedan por aclarar, o simplemente, una excusa para ver a tu primo, aquél que acaba de bajarse del avión desde París, y te extrañaba.



28.10.11

Cervantes relativizando la mersa


Nokia,
conectar gente,
Nokia, conectar gente, marihuana, suomen kieli
mucha nieve, pelo de lobo, marihuana, suomen kieli, Nokia.
La máscara de Dylan Thomas,
la armónica histérica de Dylan, Robert,
T.S. Eliot y Ezra Pound frente a frente
(marihuana, lobos, Nokia)
Rosario, alienación, sombreros. Mucha nieve
lobos, suomen kieli, zorros en la nieve
Belle and Sebastian (Glasgow, Scotland), Paulina,
alfajores, tortas, marihuana
café
(y acá un universo infinito se abre)¹
conectar gente... criollismo de Nokia
(en finés cómo será)
Buenos Aires de 1963. Los gorilas
desazón mía porque nada es lo mismo
la vida linda está hecha de imágenes que encajan
de sensaciones apropiadas
del París de Oliveira,
no de la porteña inacción suburbana.
Creo que Rayuela es la causa de mis males...
les armes secrètes, Johnny Carter, saxofón, marihuana,
inmensidad, Svalbard y Jan Mayen, svenska, dansk,
Heimskringla,
soledad. Suomen kieli, Nokia, mi casa, mi café
mi caja blanca, mi jazz, mi bolso, mi sombrero
mis manos, mi puerta, mi vida, mi huida.





───── ♠ ─────


¹
La sola gota de café anticipó
             el jazz dorado de Charlie Parker,
             tus bellas piernas castañas en cruz,
             el plenilunio,
             la isla de Victoria, vista desde Rosario,
             la nube póstuma que anuncia la lluvia de la semana
             el café mismo listo en la cafetera,
             el cerrar de tu ventana cuando hace frío,
             el tacto de tu pelo liso,
             el chiste y la sonrisa,
             los gestos exagerados, pero con carisma,
             el primer cigarrillo, por el que nos morimos de ganas,
             mover esa ficha en el ajedrez, y la cara del adversario.
             Sigue la lluvia en el campo y el arroyo corre entre las piedras,
             corro a refugiarme en un techo para esperar el colectivo
Y el último trago de café es fuerte, vibrante,
como un solo de Charlie otra vez
como la sensación de mirarte seriamente a los ojos
y descubrir
             el fondo de un aljibe oscuro
             el golpe seco de una campana
             la palidez de la nieve por extinguirse
             un refugio en la montaña al atardecer
             las burbujas de chocolate caliente
             los granos oscuros de café,
             la sombra de los altos edificios de Buenos aires donde la noche
             se aproxima temprano.


───── ♣ ─────




24.10.11

Allende la estática rojiza

Hoy estoy alucinando con no ponerme zapatillas en toda la tarde
e ir a pasear por la ribera del Paraná medio
brillan todas las luces enfrente y me iluminan apenas,
nunca voy a saber qué hay detrás de estos árboles que son mi casa
y apenas llovizna sobre el espejo de agua gris, un poco triste la tarde,
mi sora está en casa, yo veo el humo de mi chimenea
seguramente esté cocinando pasteles todavía
antes de irse a dormir a las ocho. Y yo como una heroína
voy y vengo por la arena cocida
pensando qué tan ciego será el otro que a través de las luces de su ciudad no me ve
yo vivo en este pequeño pueblo escondido
que va y viene con la resaca del río
vivimos por puro capricho suyo, porque hace rato podríamos habernos ahogado,
qué pueblo podrido.













Y tus atardeceres están llenos de asfalto,
los míos están llenos de nenúfares,
mi geografía es mi único medio para alcanzarte,
yo sé que a mí no me entenderías si no entendés de dónde vengo,
soy apenas una mancha borrosa desde la playa que frecuentás de chico,
pero nunca viste este pueblo de la misma manera
hasta hundirte en sus calles bajas,
hasta quedar inmerso hasta las rodillas en su astucia.
Yo veo el sol brillar en contramano.
Vos lo ves salir en tu patio al este, todos los días a las seis de la mañana
invariablemente se esconde en mi patio porque yo vivo en la ribera oeste
es como si me pasaras una pelota.
Es como si me dejaras una carta en la puerta de casa diciendo
'pasame este sol bajo la mesa
como en un mensaje encriptado,
ya... mañana lo cuido cuando me levanto
y lo arrojo para que nos ilumine a mí y a vos todo el día'.
Yo lo sigo haciendo a diario.
Ni un día se me olvida.


Mi cabeza es mi única casa

Como en la república de las solitudes el soliloquio es moneda nacional, ya ni importa si hablo en glíglico como me enseñaron de donde vengo, y nadie quiere comprenderme; ya la gente me confundió demasiado que ni siquiera considero humana a la simpleza que llevo a cuestas. Y me llueve en la cabeza, y veo hervir los faros.
Yo sé que no debería estar en esta ciudad, hay demasiadas obras en construcción y ninguna va a ser jamás mi casa. La frialdad de la gente es demasiado irrevocable para esperar un abrazo. Y vos también metamorfoseada en esa gente detestable: tantos meses malgasté en querer ser una lanza y poder llegarte al corazón, que fue toda una frustración descubrir que tenías mucho mas costillas de las que calculaba. Siempre vas a ser así de fría... siempre vas a ser así de infranqueable. Vas a ser bella como la luna siempre, no me queda ninguna duda, pero voy a verte siempre a la mitad: nunca vas a alumbrarme todo el mes, salvo cuando me mires fijamente, con esos oscuros ojos que ya son más espacio sideral que calor de hogar a la noche.
Nunca pude ver más allá de tus cenizas y tus cráteres.
Tus pilares tornasolados -sé que los buscaste y que seguís buscando la manera de tener pilares;

quizás porque mi soliloquio tampoco es símbolo de solitude, sino de esperanza,
todavía debería intentar una última patada a donde me tenga que ir.
Todavía debería intentar ser algo más de lo que soy hasta ahora
algo que suene difícil, impronunciable,
algo que pueda echarle en cara a las circunstancias del momento,
algo que me otorgue autoridad,
algo que pueda usar para disimular que estoy inexorablemente perdido en tus ojos burlones.

23.10.11

Saint-Germain des Prés, au sixième arrondissement

Escribo esto para notificar a mis asiduos lectores -esos que están en el fondo de mi imaginación-, que estoy pasando por uno de esos momentos poco productivos en lo que respecta a 'literatura virtual', 'espacios de expresión cibernéticos', o cualquier eufemismo que prefieran elegir para la palabra blog.
De cualquier manera, como no quiero que este proyecto quede a medio camino como los otros dos o tres blogs a los que referí anteriormente, me comprometo a esforzarme a escribir por lo menos alguna entradita por semana.
En esta ocasión de improductividad quisiera compartir con ustedes un fragmento de un libro conocido de un autor conocido. El nombre de libro es Marelle. El autor es belga de nacimiento, argentino de facto.
Este extracto corresponde al capítulo 93 y lo copié en una hoja de papel como si fuera a necesitarlo posteriormente.
Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, lo he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al vesre. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto.
Creo que me serviría aprender de este padre belgoargentino que elegí... yo mismo soy tan utilitarista, cuando se refiere a


[...]

11.10.11

Prescindibilidad de las mañanas

Cuando por fin uno se da por enterado de que el mundo allá afuera existe, ¿no es una sensación bella?
Más allá de que el mundo se conozca, se puede conocer de nuevo: es como vivir horas muertas de la vida, horas que pensabas que no ibas a ver, y ahí están, desarrollándose. No desenrollándose: el mundo está tranquilo donde está, en la gigantesca bola de hilos que se abraza a sí misma, a sus habitantes desquiciados.
Yo salí de la clase a las diez de la mañana e iba por toda velocidad por la calle 9 de Julio, en dirección al norte —donde vivo yo, el extremo norte de la ciudad, casi casi lindando con el Paraguay, un extremo norte no sólo de la ciudad, sino de la Argentina toda, pero nadie reflexiona en estas cosas—. La ciudad de Corrientes no es una linda ciudad, o mejor dicho: es una linda ciudad, pero sus habitantes dejan mucho que desear. Es así que no ves nada nuevo, nada que tenga sabor a búlgaro, a tamales, a desiertos, a azúcar impalpable, a géiser.
Sin embargo, son una buena oportunidad estas caminatas matutinas por 9 de Julio. Mi calle favorita, por todo el ajetreo que tiene, casi se pueden sacar conclusiones sociológicas anónimas, digo casi porque en un pueblo no existe lo anónimo. Y entre los personajes que desfilan, la mitad reales, la mitad imaginarios, percibo una oleada de humanidad que, después de todo, es la ciudad donde vivo, nada muy extremo, nada muy fatal. Ninguna de las grandes metrópolis del mundo, ni una economía en ascenso indiscutido. Más bien que vivimos estancados, o en recesión. Y así y todo somos personas ajetreadas en una callecita colonial, con edificios de hormigón monstruosos.
El primero fue un hombre que me miró con complicidad cuando vi pasar, con detestable gesto, a una ruidosa camioneta del Partido Autonomista, y el pensamiento recurrente de 'no te voy a votar porque sos el que hacés más ruido, es regla de tres simple', y parece que el señor pensó lo mismo, porque mientras yo escuchaba Massive Attack él, con una mirada inquisidora, me pidió una opinión que di tácitamente encogiéndome de hombros porque sinceramente no entendí ni quiso entender lo que me dijo. Él se dio vuelta con rapidez y yo enfilé para el semáforo, antes de que se ponga verde.
En la esquina las señoras iban y venían con parsimonia, más parsimonia que apuro, y yo siempre tengo un apuro parsimonioso pero apuro al fin. Entonces, mientras se ponían delante de mí y de mi marcha sostenida, una por una, y yo tenía que esquivarlas con destreza, tenía tiempo para entretenerme mientras el semáforo se ponía nuevamente en rojo. Y con suerte no tenía que cruzar ninguna avenida, porque los semáforos de la avenida no te dan tiempo para cruzarla entera —siempre terminás clavado en un parterre, peor estar en un parterre con una señora que parece ocupar todo lo ancho del descampado de asfalto.
Pero volviendo a la 9 de Julio, una calle por demás angosta, una imagen por demás incongruente con las anchas avenidas que bordean lo que se denominaría 'la zona privilegiada de la ciudad', aunque conozco mucha gente que vive en la zona privilegiada y no son privilegiados para nada, y conozco muchos privilegiados que no me privilegian con conocerlos; yo seguía mi marcha. E inmerso en mis cavilaciones casi no advertí —los advertí porque era imposible no advertirlos—, una pareja que se usteaba hasta 1986, cuando murió uno de ellos. Uno era ciego, y se percibía un dejo de ironía en su mirada perdida, e iba de traje y corbata muy llamativa. De su brazo, guiándolo, una señora, que llamaba la atención por su aire japónico, era altiva, de un carácter fuerte, y no me miró cuando pasó, y yo no me sorprendí para nada. Parecieron dejar un vaho verdolaga en el aire liviano; cuando me di vuelta, no quedaba nada.
Yo moría de sed y no podía esperar para tener un agua tónica, lujo que todavía no tuve la oportunidad de darme. Casi estaba llegando a la esquina de San Juan, y viniendo por 9 de Julio, siempre hay viento: uno de los edificios que en su momento era el más alto, supongo, ahora sólo tiene fama de pajarera, inunda de una sombra imponente a toda la esquina. Y de viento, mucho aire que se mueve. En la base de ese edificio hay un indigente siempre sentado en el mismo lugar, y como hoy es martes, y eran las diez de la mañana —hoy ya es once y veintiocho, y la muchedumbre quizás se disipó sensiblemente, porque la gente, mal que mal, también corre a cocinar a los lindes del Paraguay, o a la zona sur de Corrientes, que es un lugar mucho más apacible, casi diría más intercultural.
El indigente, aunque sentado, parecía de una altivez sólo comparable a la japonesa que había visto una cuadra antes. Y gritaba su monólogo con sorna, pero sobre todo, con mucha violencia, y sólo pude entender una parte de él: «...pourtant, ce n'est pas une raison de vous quereller avec moi pour ce fauve. Quelle histoire me cherchez-vous à cause d'un quelconque périssodactyle qui vient de passer tout à fait par hasard, devant nous? Un quadrupède stupide qui ne merite même pas qu'on en parle! Et féroce en plus...». No me pareció tener mucho sentido, o tener un sentido histórico inescrutable.
A esta altura, yo muriéndo de sed, y el sol cada vez más alto, y mi ojo izquierdo que no dejaba de molestarme —la perpetua preocupación de quedar, yo también, progresivamente ciego—, casi me impidió percibir al magnate que pasó a mi lado, pero de nuevo: era un personaje demasiado conspicuo para dejarlo pasar. De hecho, pasaba de incógnito: siempre me sorprendió que este magnate nunca anduviera en auto. Y ya había visto dos o tres veces a este excéntrico personaje. Pero como dicen en la zona sur de la ciudad, o por lo menos ahí lo oí de casualidad, cuando sos millonario, se te está permitido ser un poco excéntrico. Había escuchado dos descripciones de él: uno me decía que era una persona humilde, más allá de todas las propiedades que tenía, desde Corrientes a Floripa misma. La otra descripción fue más un relato de sucesos. Dos cigarrillos intercambiados con él, tengo fe de que me hablaron de un Parisienne, y al fin, preguntado el señor del relato por una opinión personal, se abstuvo: 'nunca se sabe, con estos hombres', me dijo, 'cuándo te quieren hablar por amistad, y cuándo te quieren hablar por negocios. No sé cómo será... pero debe ser complicado tener amigos así'. También se decía de él que era un ser detestable, pero qué le vamos a hacer: ambición es ambición, o como dijo mi viejo: negocios son negocios. Creo por mi parte que es casi lo mismo, y por eso me llamaba irónicamente Guevara.
En fin: al magnate sólo lo reconocí porque alguien gritó de la vereda de enfrente '¡don G.!', y el señor, ante el vocativo, dio vuelta el cuello y saludó con los ojos entrecerrados. Fue en ese momento donde pensé que sólo había dos personas haciendo cosas bien en esta ciudad: él y Romero. No sé quién es Romero. Pero hace cosas bien... o por lo menos, está invicto con empates.
Casi al mismo tiempo pasé por un graffitti que rezaba: 'mucho dinero, poco cerebro'. Quizás se aplique a las hijas de magnates como ellos, pero para amasar una fortuna, no me cabe duda de que se necesita mucho cerebro, o muchísima suerte: el dinero es un tesoro preciado por la mayoría de la sociedad occidental. Hay que ser un individuo destacable para quedarse con una parte de ese tesoro por el que todos se abalanzarían al mismo tiempo, y no lo hacen por cobardía, por desidia, o por falso espíritu antiimperialista, porque todo eso debe haber.
Ya llegando a la zona norte, que sería la misma calle pero menos interesante, no hay mucho más que contar: es un barrio notoriamente más apacible. Me llamó la atención ver caminar mucha gente con chupetines, pero ya no esperaba ciegos ni magnates.
Un solo indigente, callado y con una cabeza de plomo y una cabellera enmarañada, dormía en español junto a un graffitti que yo había hecho, color celeste, en una plaza antes de cruzar una de las cuatro avenidas. Avenida que vi a toda hora con cielos de todos los colores, y acompañado de las personas más dispares, pero sobre todo, avenida que vi solo. Dicen que debajo de esa avenida se esconde un arroyo que sigue fluyendo, y siempre tuve la idea de un arroyo que corre a una velocidad vertiginosa y con un caudal casi incontenible. Pero después de esta caminata, el arroyo es sólo un hilo de agua, y todo se desliza suavemente, casi por inercia, como una bicicleta a mediodía.

Contrapicado miraculous: S. Juan y 9 de Julio


Sueño con Stefford

Un domingo cualquiera me fui a dormir y tuve el siguiente sueño:

Caminábamos con un hombre, y era una noche despejada. No tenía casi sensaciones, ni frío ni calor. Tenía la certeza de que atravesábamos una ruta tranquila del interior de la provincia de Córdoba, y las sierras se adivinaban a los dos lados, porque ya no quedaba ninguna luz para apreciarla.
La conversación se tornaba aburrida. Ya habíamos abordado los detalles más gruesos de la política interna del momento -era sin dudas el año 1938-, pero ninguno de los dos era especialista en el tema. Desviamos la conversación con naturalidad a una extraña mixtura de sedimentos telúreos cordobeses y aviación.
A la media hora de iniciado el sueño, sentí que estaba llegando a un lugar que había leído en una revista hace mucho tiempo, quizás el domingo que me fui a dormir. Abriendo los ojos de par en par pude ver una mujer que se acercaba caminando a toda velocidad. Cinco minutos más pasaron, no obstante, antes de que la mujer llegara a situarse enfrente de nosotros. Miré a mi compañero -ahora supongo que su nombre habrá sido Eugenio, o Eduardo-, y él parecía entender la situación por completo, y no sólo eso: fue él quien me explicó que estábamos a mitad de camino entre Alta Gracia y Córdoba, ya en las tierras de un tal duque, o quizás un barón.
Guten Abend —dijo rápidamente—. Wo bin ich?
—In Argentinien —dijo Eduardo—, así que sería mejor hablar en español.
—Sí, sí, disculpe.
Corría el año 1938, pero la mujer tenía en manos un ejemplar de Clarín del día 27 de agosto de 1931. Parecía completamente sorprendida.
—Yo me iré —dijo—, siempre he sido un poco claustrofóbica. Pero quiero que entierren esto, no en el macizo de piedra allá, porque no tengo la garantía de que esos polacos no sean curiosos. Quiero que lo entierren en cualquier pino de por aquí, el pino que vean primero, no el que vean segundo, no el que quieran elegir.
Dijo todo esto con un acento alemán bastante añejo. Acto seguido nos entregó un diamante gigantesco. Yo lo reconocí. No recuerdo su nombre, pero me sonaba vagamente a constelación. Eduardo lo agarró sin vacilar y su luz reflejó la luz de la luna. Lo guardó en el bolsillo sin mirarme. Levanté la cabeza y la mujer se despidió, pero ya no estaba.
— ¿Quién era esa misteriosa mujer? —me animé a preguntar.
—Rossi Hoffman se apellida. Quizá la recuerde usted hoy, más probablemente dentro de sesenta años.
Fuimos a buscar un árbol y desperté.



6.10.11

"I heard the voice of heaven saying don't be scared of anything"

Recién escuché resonar en los pasillos de mi casa -hartos de ruido, vacíos en excentricidad-: 'voy a prender la luz'.
A mí me sirve la libre asociación de ideas a veces. Así que no me costó unir las palabras segunda y tercera y eliminar la cuarta y la quinta, de manera que quede la frase: 'voy a aprender'.
Esto me sonó tan extraño, ¿y por qué? ¿La gente dice 'voy a aprender'? ¿No, verdad? Acá no, por lo menos, y eso es lo que me preocupa: que en otros lugares, o en otras casas de este mismo barrio acaso, la gente sí diga 'voy a aprender'.
Sirve la técnica, no sirve el conocimiento. ¿Es eso?
¿No se cansan de vivir en la técnica, que es la misma todos los días -a diferencia del conocimiento, que cambia cuando se multiplica?


4.10.11

Judy

"Judy got a book in school,
She went under the cover with her torch,
She fell asleep 'till it was morning,
She dreamt about the girl who stole a horse.
Judy never felt so good except when she was sleeping."



Judy worries me, she
hasn't talked to me in days
I knew she was fearless, but when she gazes to the street
between the curtains of her bedroom,
I know I've seen a tear,
and I couldn't swear I've seen her grin again.
As if she was waiting for her own fall,
as if her heart was about to tear apart,
indeed, Judy worries me.


I don't think you should deny no hugs,
somehow, any heartbeat
makes our heart beat as well.
I can see she's not talked for days,
and when it rains, the silence becomes even more dense, as if it could be
nailed to a wall to make a portrait.
She's feeling alone, Judy, she is feeling alone,
and you can see she's not fearless anymore,
through the days she spent in isolation
can you guess she's no longer optimistic?


Judy's word when I approached was she was feeling OK,
she apologised for her silence but said that she has never been much of a leader,
much of a hero, and she might be made of iron, but even iron starts to rust.
I can't tell you what I felt, Marie, when her eyes looked deep into my soul, as if I was made of
paper: there's fire inside her, it's turning away, but it's still incredibly powerful.
She hasn't lost her mind, Marie. It's touching. I can't think of a concept. If only I could reach into her daydream...


Judy's growth is a metaphore of our lives. We shall never understand what she screams in her silences, but her soul has grown until it hit the four pink walls of the second floor. She's done with hatred, she won't feel any more anger or dissappointment, and it's not worrying that she spends her days gazing to the street. Hard times are coming for Judy, and she doesn't want to leave this bedroom for the rest of her life: this brown autumn street, is her window to the six thousand nations, the seven billion living spirits that exist beyond the white door.


There's still time for art in Judy's eyes...
the fight is not over yet, I thought,
it is not over until she stops breathing, and creating is the same as breathing,
she's not dead in any way
of course her good luck might want to abandon her,
but no one dies in the eve of their death,
and the mercy of God (or anyone who makes these arrangements) is so big,
that it will kill you in the right time, not before.
And today I see Judy, and somehow
she'll live longer than any of us,
for her spirit will remain everywhere,
in the rain in the clouds,
in the mirrors of water on each sidewalk in my city.

3.10.11

Lo espiritual y lo espirituoso


───── ● ─────

Lento pero seguro: estoy viendo una película que me recomendaron hace ya tres años. Se llama 'Despertando a la Vida' (Waking Life, en inglés) y es del año 2001. Me la recomendó Raymond. Lo interesante que tiene Raymond es que, de alguna manera, compartimos cosas con delay. Una breve historia: a Raymond lo conocí bien cuando él tenía 19 -que son los segundos 18-, o sea, que él casi tenía mi edad que yo tengo ahora, hace tres años. De manera que las cosas que él me recomendó para mis 14, son las cosas que en realidad hubiera sido lógico escuchar con 17, con 18 años. Si yo hubiera visto esta película hace 3 años (omitiendo el hecho de que era mucho más complicado encontrarla hace 3 años, hoy ya no), no la hubiera entendido tan bien como lo estoy haciendo ahora. Y eso que todavía no estoy entendiendo todo, lo que me hace pensar que soy un poco más tonto que Raymond; pero aún así, rescato cosas interesantes de esta película.
La elegí no al azar. Hoy tengo un estado mental muy reflexivo, reflexivo de las grandes cosas de la vida -pondría graaaaaaaandes, si no sonara poco académico-. De dónde venimos, hacia dónde vamos, y preguntas más trilladas. Por a o por b, no importa, pero necesitaba algo que reflejara este estado mental reflexivo y que me permitiera ahondar en respuestas a preguntas que todavía no formulé, casi como una meditación guiada, como algo que también pueda aportar a tranquilizarme, pero en primera instancia, a 'despertarme'. Elegí esta película, entre otras cosas que podría haber elegido, porque sabía hace tres años que era de ése carácter -si bien no la había visto nunca, la vi por extractos y por comentarios que Raymond hizo al respecto de ella. Ahora estoy descubriendo que no erré mucho en mi decisión.
Voy a seguir pensándola y disfrutando, ahora hice una pausa para esperar a mi Internet, que es apenas más lento que mis reflexiones. Felizmente hubo una frase que llegué a anotar porque me hizo acordar a una conversación que tuve hace un rato con Tina, y que me gustaría compartir como epílogo de esta primera parte de la segunda entrada más pretendidamente cinéfila del blog -naturalmente, después de la de Mickey Rourke.

"Y aún así, cuando nos comunicamos entre nosotros y sentimos que hay una conexión y creemos que nos han entendido, creo que tenemos la sensación de una comunión casi espiritual. Esa sensación es pasajera, pero creo que es para lo que vivimos".¹

Buenas noches a todos.


¹"And yet, when we communicate with one another we feel that we've connected and we think we're understood, I think we have a feeling of an almost spiritual comunion. And that feeling may be transitory, but I think it's what we live for."

el freewheelin' II


"—I would like to know what is at the center of your world.

 —Hm, well, I'm 22. I guess I would say me."




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Leyendo esta entrada me di cuenta que mis objetivos en el transcurso de los últimos tres meses cambiaron... seguramente sería correcto decir, más bien, se anularon.


Me di cuenta, a mi pesar, de que yo solía ser un niño con un capricho irrevocable que, una vez que se cumplió, se paró del piso, recibió el regalo con sus ojos llorosos y lo disfrutó por tres días, y después se puso un traje y comenzó a tomarse la vida en serio.


Me gustaría pensar que no es tan así. Ahora que dije que 'cumplí el sueño de mi adolescencia', sería correcto que mi adolescencia terminara al fin, pero creo que mi adolescencia acaba de empezar... porque desde que gasté todo el dinero que tenía en unas vacaciones a Santa Fe capital, me veo sin mayores objetivos, y gasto mi dinero de manera mucho menos inteligente, mucho más efímera. Mucho más hedonista. Y en eso consiste la adolescencia, o por lo menos es la idea más fácilmente asociada a ella: el hedonismo.


Siento que al fin recibí los dulces por los que estaba pataleando hace tres años, y decididamente los disfruté, fueron los dulces más dulces de todo el mundo -más allá de que, para algunos, no hayan sido precisamente dulces, más bien la manzana prohibida del árbol del Edén. Creo que el estilo de vida que conocí en Santa Fe no es el que decidí adoptar, o mejor dicho, se convirtió en sólo una de las opciones: el medio camino entre una vida  apacible y mediocre, dedicada a mi esposa y a mis hijos, en una casa del campo; o una vida austera y de éxito académico obstinado, que llegaría tarde o temprano, y en cualquier lugar del mundo.
Básicamente, con la entrada, pude apreciar cómo moví hacia adelante una vez que me di por satisfecho. Tanto es así que mi segunda sudestada ya no consistió en una fascinación constante por el mundo nuevo y tantas veces anhelado, sino una mixtura de nostalgia, borrachera, y lo que sentirían las golondrinas.