28.9.11

Genética básica

Recién pasó algo rarísimo. Yo estaba parado junto a la ventanilla de una camioneta estacionada frente a mi casa y adentro había un hombre, que era yo. Y él hablaba nimiedades por teléfono. Yo esperaba descalzo quemándome los pies con el asfalto, porque hacía mucho calor. Entonces terminó de hablar.
A veces lo miro y reconozco en él a mí mismo... y en cierta manera lo soy, pero en cierta manera muy distinta no soy él. Uno puede admirarse a uno mismo, pero no puede disentir con uno mismo, y esa es la prueba de que ese hombre no soy yo.
Mantuvimos una conversación de dos minutos cuando llegó una mujer y se subió a la camioneta. Era una mujer alta, de ojos claros -un poco más claros que los míos, desgraciadamente: en materia de ojos, yo estaría sentado en el asiento de atrás al medio, una mezcla de los dos, una generación posterior.
La conversación con el hombre terminó y el hombre arrancó la camioneta. El hombre y la mujer se despidieron. Yo los veía en perspectiva parado desde la ventanilla del conductor, entonces veía las dos caras, una al lado de la otra, una más atrás que la otra.
En el medio de las dos caras, había una mezcla, una transición: ese ingrediente era yo.
Esas personas eran mis padres.
Y resultaba rarísimo verlos así, uno al lado del otro -cosa que pasó dos o tres veces desde 1996-, y ése fue justamente el motivo que me impulsó a escribir.
Nunca tuve ocasión de comprobar la fortaleza de los genes, la veracidad de la biología.

27.9.11

Totum revołutum

Justo cuando pensé que el mundo no me deparaba sorpresas...


(carcajada), bueno, paremos. Yo tengo 18 años. Por supuesto que el mundo me depara sorpresas. Ahora, no busquemos las raíces de mi cinismo en un desdén sin precedentes, sino más bien, en el mundo que me rodea: un mundo que, aunque uno se mate por buscarlas, se me presenta sin sorpresas. La sorpresa es en sí una sorpresa, como si me sorprendiera que me regalen un papel de regalo, que sólo envuelve un regalo.
Así que presento mi sorpresa...




Justo cuando pensé que el mundo no me deparaba sorpresas, el mundo llama a mi puerta y deja una bolsita tornasolada.
Adentro de esa bolsita había una noche de frío en una ciudad aguada.
Yo no me esperaba nada que lo que venía -por eso mismo era una sorpresa-, pero todo salió muchísimo mejor de lo que esperaba. Hasta el punto de que hasta hoy me dura una emoción que no pude calmar con melancolías efímeras (es decir: condenadas a una próxima desaparición), hace tres días que no me viene moviendo el alma el jazz y más prefiero salir a caminar bajo la luna o bailar bajo el sol, y veremos qué hago en los atardeceres.
Hasta que me dije a la tarde que debería dejar de pensar todas las tranquilas posibilidades y dejarlo ser, porque de tanto pensarlo, todo lo que pase podría dejar de ser una sorpresa, pero está clarísimo, a la vez, que nunca, JAMÁS, se sabe qué viene.
Sobre todo tratando con gente tan impredecible.

Hoy me estoy divirtiendo, mañana veremos. Mañana seguro me divierta el doble... y eso es un riesgo peligrosísimo. ¿Será que nunca voy a volver a ser serio?
Cuando sentía que yo era una manzana cerca de pudrirme, colgándome por unas hilachas del borde de la rama, casi sopesando cada gota de lluvia que aguantaba, diciendo 'me caigo de un momento a otro',
paró la madurez, paró la putrefacción, paró todo con un beso, y volví a respirar profundamente.
No, sigo siendo el mismo de siempre, no soy un viejo conservador, no soy un maldito amargado, sino un enfermo confundido e impulsivo.
Y cuando los impulsos se comparten de a dos, es infinitamente más divertido...

Ya basta, para comprender la gravedad de mis acciones, tendría que pasarme a mí mismo un video con mis ojos entrecerrados, y a ustedes, aquí, embedear alguna cosa sin sentido, sólo para que entiendan la profundidad de su gracia, la descarada dicha que me inundó el ser cuando entendí que todavía tenía alguien con quien reír, quién sabe hasta cuándo, pero en unos momentos en los que el tiempo parece indeterminado.

22.9.11

El infierno es sólo provisional hasta que abramos las puertas del cielo

En la capital de los sueños no se habla un idioma extraño.
(Come on, Satchmo!)
Yo entiendo cada palabra de lo que dicen
y así, la primera y la segunda vez que la visité
me pareció tan lejana su gente,
como si hubiera un abismo infranqueable
como si hubiéramos estado caminando en distintas direcciones
desde que nacimos en adelante.
Esto me sorprendió, pero seguí caminando.
Sus paisajes tampoco eran extraños.
Yo había visto viñedos y montañas, ciudades a punto de sumirse en el mar y la capital de los sueños no tenía nada de eso.
Tenía algo de onírico, porque la había deseado siempre
entonces estaba cubierta con un poco de neblina, pero nada fuera de lo normal.


De hecho era plana y flanqueada por ríos
como los paisajes que conocí de chico
porque carajo, yo había nacido en un lugar análogo y no lo entendía aún.
Entonces no tenía valor turístico.
Esa neblina se me habría filtrado hasta los pulmones
porque estando en la ciudad, no podía pensar en nada preciso.
A veces me quedaba mirando un punto fijo
y cuando me preguntaban 'qué me pasaba'
yo les decía 'no puedo creer que esté finalmente aquí'
era inevitable, lo sé,
pero es como un regalo que estás esperando hace años.


Me sorprendió que no haya llovido en toda mi estancia.
La lluvia es moneda corriente en todos los paraísos menos Mendoza
quizás sea fácil atribuirlo a mi buena o mala suerte
pero quizás sea más lógico que la capital no haya querido que me entristezca.
Así y todo, la pasé bien, todavía no entiendo cómo
en la capital, hay que decirlo, hay también muchos psicotrópicos
pero no creo que hayan aportado a su surrealidad.
Más bien me hicieron entender por qué su gente está tan loca.
La cosa es que crucé el río izquierdo y me fui
y la comencé a extrañar a los cincuenta kilómetros.
Yo no viviría ahí ni loco,
pero ninguna ciudad estaba dotada de tanta locura,
tanta belleza,
tanto desdén,
tanto misterio.

Sucedidos/2

El hombre que acusa
Antaño don Verídico sembró casas y gentes en torno al boliche El Resorte, para que el boliche no se quedara solo. Este suceso sucedió, dicen que dicen, en el pueblo por él nacido.
Y dicen que dicen que había allí un tesoro, escondido en la casa de un viejito calandraca.
Una vez por mes, el viejito, que estaba en las últimas, se levantaba de la cama y se iba a cobrar la jubilación.
Aprovechando la ausencia, unos ladrones, venidos de Montevideo, le invadieron la casa.
Los ladrones buscaron y rebuscaron el tesoro en cada recoveco. Lo único que encontraron fue un baúl de madera, tapado de cobijas, en un rincón del sótano. El tremendo candado que lo defendía resistió, invicto, el ataque de las ganzúas.
Así que se llevaron el baúl. Y cuando por fin consiguieron abrirlo, ya lejos de allí, descubrieron que el baúl estaba lleno de cartas. Eran las cartas de amor que el viejito había recibido a todo lo largo de su larga vida.
Los ladrones iban a quemar las cartas. Se discutió. Finalmente, decidieron devolverlas. Y de a una. Una por semana.
Desde entonces, al mediodía de cada lunes, el viejito se sentaba en lo alto de la loma. Allá esperaba que apareciera el cartero en el camino. No bien veía asomar el caballo, gordo de alforjas, por entre los árboles, el viejito se echaba a correr. El cartero, que ya sabía, le traía su carta en la mano.
Y hasta San Pedro escuchaba los latidos de ese corazón loco de la alegría de recibir palabras de mujer.




don Eduardo Galeano, extracto de El libro de los abrazos (1989)

Mientras tanto en Virasoro Town


19.9.11

Tropofobia

Salí nadando de la orilla de un arroyo del Perú, una ribera igual a otras riberas, con árboles verdes que se abalanzan sobre el espejo de agua que no refleja el cielo, sino infiernos que yacen bajo él emitiendo sus propias luces. Brillaban las luces del amanecer tornasolando el cielo y el agua estaba fría y espesa, como un caldo viejo en una olla de hierro. Naturalmente, el arroyo no era demasiado profundo, pero estaba plagado de hojas de agua y animales que iban y venían a ambos lados. Era muy temprano para divisar con claridad las costas, pero veía las sombras negras de los árboles que tapaban el cielo bicolor hasta cierto punto detrás del cual nacía la inmensidad. No tardé en perder el camino en el que vine, y pensé que la fatalidad de mi decisión no llegaría de un momento al otro -porque en cualquier momento podría venir y buscarlo-, sino que iría creciendo progresivamente hasta llegar a alguna altura en la cual sencillamente no podría volver de mis propios pasos.

Al cabo de dos días de nado parsimonioso, desemboqué en un río en el cual me manejé por inercia, y cinco días más de quietud me arrojaron en el Pacífico, en el cual mi marcha se hizo muchísimo más inmensa, muchísimo más trascendental. Las cosas brillaban por su peso y el agua se estaba haciendo poderosa, cálida y naturalmente muy profunda. Ya sentía muchísima vida bajo mis pies. Y seguí caminando, porque mi afán de fuga era mucho más fuerte que los tiburones que iban y venían. Sudamérica estaba opaca en ese amanecer de marzo en el cual me entregué a la delicia de estar finalmente solo, y navegué el Pacífico usando mis propios brazos como vela. No veía ningún carguero ni veía ningún avión de cabotaje. Tan sólo la Sudamérica virgen. Era difícil creer que estuviéramos en éste siglo y no fuera así de virgen por todos lados, como yo la veía ya expatriado.

Mi marcha continuó sin mayores percances. A los cinco días de nado a través de las aguas del Pacífico, éstas comenzaron a tornarse más frías. Una semana después de entrar en las aguas frías, de repente sentí un abismo insalvable bajo mis pies. No lo veía, pero sabía que estaba allí: el vacío que queda después de abandonar la plataforma occidental. Cuando comenzó a llover sobre el Pacífico lacónico y sin tempestades, veía chapotear el agua sobre el agua, y comencé a extrañar la música. Estaba naturalmente desnudo y no llevaba equipaje. Más tarde me llamó la atención este punto. Dos semanas después, sabia perfectamente a dónde me dirigía, y pese a que estaba en el punto más profundo desde entonces y cada tanto sentía resurgir algún animal ciego perdido de las profundidades, seguía con un optimismo incontrolable, casi como si fuera tan involuntario como mis propias brazadas. Todavía era sólo la música lo que extrañaba cuando también comencé a extrañar la ciclotímica sencillez de mi gato, a quien había dejado sin nadie, pero no me importaba, porque si yo estaba a punto de cruzar el Pacífico a nado, necesariamente un gato tendría que saber procurarse comida en la gran ciudad.

El reingreso a la plataforma continental, una subida un poco más lenta pero decididamente notable, coincidió con el atardecer más bello que había visto en el trayecto: una tormenta se había recién disipado, y yo estaba silbando una tranquila canción de jazz. Había sobrevivido a duras penas a una tempestad, y ahora me consideraba inmortal -por lo menos, invulnerable a los hechos fatales que yo no consentía que sucedieran.
La plataforma se hizo cada vez más cercana pero naturalmente todavía mis pies no podían tocarla en su grandilocuencia, pero ya sentía cómo estaría allí. Por primera vez en dos meses, escuché la voz gruesa de las montañas, en oposición a la voz tranquila del mar, una voz que no era ni de hombre ni de mujer, pero bien podría haber sido uno de los dos, o un coro de los dos, o una conversación telefónica mixta; sumado naturalmente a la voz de cada uno de los peces, a la voz de cada uno de los volcanes. No extrañaba los árboles, extrañaba sólo la música y la gente callada, sólo como extensión del laconismo de mi propio gato, que a esta altura estaría muerto o feliz o muerto y feliz.

Tres atardeceres muy lindos también -aunque no lindos como el primero- necesité para sentir de nuevo la tierra bajo mis pies y sostenerme con mis piernas que, aunque muy débiles de tanta marcha, todavía no habían olvidado, felizmente, cómo caminar. De modo que pude pararme, todavía inclinando mi cabeza hacia arriba, aunque dos horas después ya caminaba normalmente. No obstante, todavía no veía ninguna costa, ni vislumbraba ningún indicio. Me incliné y me sumergí para tocar el suelo. Estaba hecho de arena y barro. Calculé que tocaría la tierra blanda y baja de algún país desconocido y agreste, jamás una costa hospitalaria, ni siquiera escarpada.

No sentía hambre, solamente sentía un poco de aburrimiento, combinado con la nostalgia de la música y de la gente callada. Me habían gustado mis dos meses de soledad. No supe representar nada más tarde -ni una rebelión, ni un impulso al absurdo, ni siquiera una demostración de cualidad física-, cuando fui preguntado en una lengua indoeuropea qué significaba para mí haber cruzado el Pacífico. Me sentía un poco como Forrest Gump, que no sabía explicar por qué corría. No lo hacía por histriónico, quizás me arrojé de ese arroyo del Perú por inconsciencia. Fue allí donde dejé de merecer la atención de los hablantes de las lenguas altaicas, y no acumulé ninguna clase de seguidores que quisieran cruzar a nado los mares, a diferencia de los estadounidenses que siguieron a Forrest Gump. La gente le tiene mucho respeto a los mares, y a la soledad, sobre todo a la soledad. Yo digo: los mares no siempre son hostiles, y la soledad es siempre transitoria. Si fuera permanente, no hubiera escuchado esas preguntas en una lengua indoeuropea.

Fueron cuatro o cinco días de caminata bastante tortuosa los que me dejaron ver por fin una costa, que necesité una semana más para llegar. Mis brazos estaban cansados, pero mis piernas lo estaban aún más. Con tranquilidad, me acosté sobre la arena, aún no totalmente en tierra, y dormí unas horas medio sumergido en el agua salada del Pacífico, como quien duerme en los brazos de una novia. Desperté a medianoche. La luna ya hablaba en japonés, y las montañas cantaban con voz de contralto. Acababa de llegar. Ya ninguna cosa me pareció demasiado fatal. Caminé más por inercia que por interés, pensando que había llegado a casa, cuando en realidad también estaba consciente de que había abandonado mi casa hace dos meses, pero que de algún modo, yo pertenecía a la tierra -y a la Tierra-, y poder caminar con los dos pies hacía este país no tan distinto del Perú.

Al cabo de seis días acabaron las tierras bajas y encontré por fin una meseta de una altura considerable, altura que tuve que salvar mediante una escalada dolorosa. A poco de subir encontré un sendero y también lo caminé por inercia, y tardé media hora en llegar a una casa de adobe. Parecía solitaria, pero se escuchaba el clamor de las montañas más claro que en ningún otro lugar, y el coro de los mares, de los teléfonos de la tierra y de sus jardines de vida vibrante, más lejano que nunca.
Me arrepentí toda mi vida de tocar la puerta de dicha casa. Un hombre me atendió en diez segundos -que bien podrían haber sido meses, no me hubiera importado: tenía muchísimo tiempo que perder, según me explicaron después-. Visiblemente escandalizado, gritando cosas en una lengua altaica que todavía no conocía, comenzó a golpearme con violencia hasta arrojarme al piso, gracias a mis piernas que todavía estaban débiles por dos meses sin caminata. No me sentía en condiciones de incorporarme. El hombre entró en la casa de nuevo y salió con una larga escopeta. Yo no temí por mi vida, pero me mostré perplejo, y esto se transmitió en el semblante del hombre, que también me miró perplejo. Me preguntó algo con la larga escopeta firme entre las manos y no respondí más que con una mirada sostenida todavía de perplejidad.

El resto de la historia es bastante -ahora lo veo- lógico. El hombre me maniató silenciosamente todavía extrañado, como si estuviera haciendo algo que se le hubiera ordenado, aunque él no supiera por qué debería hacerlo. Me envolvió en una vieja bolsa de papas y dos lunas más tarde dos hombres vestidos de verde vinieron a buscarme. Todos se comunicaban en una lengua altaica, y las montañas cantaban todavía sin voz. Cuando vi más hombres las montañas callaron, aunque pude verlas desde sus pies abalanzándose sobre mí, más imponentes que nunca. Vi en mi marcha difícil, porque todavía tenía las manos atadas y estaba envuelto en una bolsa vieja de arpillera, más casas de adobe con techo de paja, luego caminos de pavimento, luego luces y semáforos, señoras con pelo sucio que paseaban perros tranquilamente, que luego fueron reemplazadas por adolescentes de baja estatura con pelo brillante que se comunicaban a gritos en una lengua altaica, que a veces quisiera ver calladas para poder escuchar a las montañas, aunque ya se habían callado hacía bastante. Las veredas tomaron forma y yo me sentía en casa, aunque no entendía una palabra de lo que hablaban mis compatriotas. Los edificios fueron de hormigón y se hicieron cada vez más altos. Y vi tantas cosas con tanta violencia, que la Providencia recomendó a mis guías encerrarme en una pequeña celda oscura, lo cual fue realmente una trivialidad, porque yo no hubiera ido a ningún lado, a no ser que me hubieran ofrecido un océano distinto, un océano todavía por conquistar.

Mi negación a hablar -es más, creo que quizás ya no dominaba ningún idioma hablado en algún momento- me mantuvo más tiempo encerrado en esta celda. Mis guías trajeron, escandalizados, tres o cuatro intérpretes que me hablaron en indoeuropeo, cuyas palabras vagamente comprendí como referí anteriormente, aunque me limitaba a verlos hablar sumamente interesado. Finalmente se dieron por vencidos. Dejaron, como muestra última de perplejidad, tres hojas y un lápiz, sobre las cuales estoy escribiendo lo siguiente. Sigo extrañando la música y la gente lacónica, no la gente que quiere hacerse entender a los gritos. En adición ahora también extraño, de alguna manera, la soledad del océano infinito y azul.

12.9.11

Sueño 116, lector con empatía

the entrance is not really clear
I just arrived here, I won't tell a story
I approached slowly to the gates of glory
and I pulled a bottle from my vest
nobody's gonna tell me I'm in my best
I'm gonna prove it all by myself

when you're home alone but homeless
you're gonna twist your wrists and leave
by the time you park your car you won't be near
and tell me, is that feeling around freedom?
discover the roads others have already been on
and in the way to find a cure to boredom and desdain.

I'm just in the city because others are away
I've arrived here just thinking I might leave some day
but there ain't 'to come' at all
explaining it would be dull
to park the car, grab a map and say 'I'll go make some tea'.

I ain't laughing about your loneliness
be sure you're laughing about it with me
be my guest and come to have some tea
we gotta talk before you become meaningless
'cause my way's cruel and lonely
and there ain't a path I'm gonna walk with someone else

Nos metimos en un problemón

Ya me estoy conociendo, esta noche no voy a dormir bien, de manera que cuando me despierte mañana a las 5 de la mañana voy a tener en la boca el sabor amargo de los que no duermen bien y la picazón en los ojos y la mente clara como el Atlántico a mediodía (?)
Así funcionan las cosas, yo ya estoy ansioso desde ahora, yo no sé qué esperar ni sé cómo va a terminar ni cuándo esta ansiedad. Voy a estar ansioso desde el primer viaje a la terminal hasta el segundo, y después del segundo, voy a torcer la boca y decir 'ok, la vida sigue para todos chicos. Habrá que bailarla'.
En algún punto desearía que todo esto fuera una sorpresa así no estoy agonizando como el zorro ni tratando de calcular por dónde va el colectivo y en cuántas horas llega.
También desearía en algún punto que me pusieran a hacer exámenes o una traducción sumamente aburrida y de urgencia conspicua, así paso la noche ocupado y cuando es hora de ir a dormir me doy cuenta que son las cinco de la mañana y es hora de agarrar mi sombrero e irme.
Tampoco sé si lo que siento o lo que voy a sentir es enteramente grato pero no es el momento de sentir esas cosas, así que esos enigmas van a ir solucionándose progresivamente.
Estoy seguro de que ya conozco mis reacciones y va a ser exactamente igual siempre pase lo que pase y en el momento que pase, y el momento donde cambian es el momento donde tendría que comenzar a preocuparme, o a alegrarme.

Tampoco sé si debería tener la mente hirviendo o si, como corresponde en estos casos, debería sentarme en el sofá y tomarme un escocés yo solo.

10.9.11

"Pa'ella cociné, pa'ella lavé, pa'ella soñé, paella completa $2,50"

Un buen sábado soleado sopesé mi propia cabeza y descubrí que iba perdiendo arena por las orejas y ya no distaba de doscientos gramos si se quiere hilar fino. Adentro había palmeras secas y se caían sus hojas inertes sobre mis rodillas. La examiné un poco mejor. Nada: granos de arena que se hacía cada vez más fina. Es decir, que en algún momento hubo piedras, pero el sol, la lluvia y las estrellas -porque todo ha de ser que influencia al desierto-, fue desgastándolas. Y así mi cabeza fue perdiendo peso y terminó lo que es hoy, una reliquia de tiempos mejores sobre un charco de arena que no hace más que ensuciar mi casa, pero que podría irse al mínimo cambio de aspiradora, si yo tuviera esas voluntades.
Entonces todo en mi casa daba el aspecto de sucio, seco y roído. Yo me paseaba por los pasillos con mi cabeza inútil descansando sobre un estante de madera con termitas que supo aguantar el peso de los libros que después ya se hicieron también inútiles. Mi cabeza me escrutaba con intriga, y perdía arena lentamente por las dos orejas. Trataba de seguir mis movimientos con ingenuidad, pero yo me movía demasiado rápido de un lugar al otro, pensando qué podía hacer con mis problemas. Mi cabeza, naturalmente, no podía darme soluciones, porque tenía sus propios problemas: si quería hablar, se arriesgaba a perder arena por la boca.
—Tengo 99 problemas, y son todos el mismo...
Me detuve en seco y miré fijamente la cabeza seca. Ella sabía qué hacer, lo veía por sus ojos distantes de árabe -porque las características más dispares en todas las cabezas remontan a una sola raíz común: en este caso, el desierto-. No podía darme pistas, simplemente yacía sobre el estante. Y yo miraba mi propia cabeza, pensando que todo dependía de mí. Y caminé esta vez profundamente, y a sus ojos que cada vez estaban menos aguados, y a su semblante que hacía semanas estaba muriéndose de sed, se le hizo más fácil seguirme.
Yo continué caminando por los pasillos en círculo, esta vez lentamente. Masticaba mis propios pensamientos asiéndome de una lógica sin premeditar. Tenía muchos problemas, es posible, pero la lógica de mi cabeza era que todos se podían reducir indefectiblemente a uno.
Dos horas después me pareció vislumbrar la solución, pero la cabeza pesaba cada vez menos. Si bien lento, el tránsito de arena por las orejas no paraba de ser regular. La pesé de nuevo, y calculé cuarenta y cinco minutos de tiempo para poder llevar mi plan a cabo. Mi proactividad consistió en algo simple: en la tercer puerta del armario de la habitación, a la izquierda, escondida entre el saco gris y el traje pesado de invierno, y colgando sobre las botas de piel de castor, yacía una escopeta de caza antigua y larga enfundada en gamuza azul marino. Había llegado a mis manos por alguna canallada hereditaria, porque las escopetas no podían tener historias muy agradables. Me rehusé a tenerla como propiedad en principio, pero el albacea seriamente me indicó que era algo fatal, porque yo era el único heredero vivo, y representaba, mal que mal, una parte importante del patrimonio, más por valor sentimental. Lo que no entendí hasta ese momento era por qué había tomado una determinación inconsciente de cambiarla de lugar hacía tres semanas, cuando comencé a ver rastros de arena por toda la casa.
La jugada se cerró y comencé a cuantificar el tiempo con precisión. Cuando estaba en la calle con la escopeta enfundada en gamuza azul a cuestas restaban cuarenta y dos minutos. El resto de la historia es otra historia. Treinta y dos minutos más transcurrieron hasta que fui y volví de su casa, habiendo ya ejecutado el acto. Sentía que las soluciones ya estaban dadas pero también sentía una corazonada extraña, como una picazón leve que iba haciéndose más insistente a medida que me acercaba a mi casa. Y en efecto, cinco o seis minutos antes de que se cumpliera el plazo, abrí la puerta de mi departamento y una ola vigorosa de aguas muertas que provenía, apenas pude ver, de la cabeza sobre el estante ya con la boca abierta, como tratando de impedir una fatalidad, me arrastró cinco pisos más abajo, y heme aquí, sin saber dónde me encuentro, ni sin contar con la certeza de una absolución próxima.

9.9.11

Martina Rennis

El coronel apenas si comprendió que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad.
Gabriel García Márquez 


Enfrento mi resignación hacia el mundo y hacia los hombres, y me volví una misántropa con tanta discreción que hasta mis allegados más sensibles creyeron que simplemente procesaba un mal humor añejo. Mi resignación consiste en haberme convencido a mí misma, sin mucho trabajo pero más bien con muchísimo ímpetu, que la vida no es otra cosa que un eterno vagar por caminos que vienen a nosotros completamente en sus azares austeros, cuyo devenir nosotros no podemos elegir, ni podemos discrepar con el resultado de sus callejones sin salida pedregosos.
Y el delirio de los hombres que están felices hace nacer en mis vísceras un desprecio que puedo comparar sólo con una brasa ardiente. Y lo peor es que, como si hubiera sido educada para ser princesa, me tengo que tragar esas brasas y no dejarlas pasar por entre los dientes de mi sonrisa tantas veces ensayada.
Así fui perdiendo contacto poco a poco. Esperé encontrar en el pavimento de las calles algún misántropo que quiera acompañarme, pero la vida no preparó ese azar, y me sentí demasiado estúpida en la espera. Mías son las veredas más limpias de la ciudad, míos son los ventanales que dan hacia el sol naciente, porque el mar que está sólo metros más allá de los cristales impecables da hacia el este, un este infinito que terminará quién sabe en qué tierra lejana, con quién sabe qué clase de personas que quizás podrían sorprenderme, pero todavía no conozco.
Ya lo digo, Q. me cansó, me cansaron sus idas y venidas, me cansó su aire áspero y su gente falsa, me cansó la rutinaria enfermedad de sus hombres, que quieren hacer pasar sus prejuicios por cortesanos.
Sé que hay gente que ignora mi existencia y no espera nada de mí. A esa gente saldré a buscar, y ya lo tengo decidido: volveré sólo cuando los azares de la vida pongan otra vez una pared en el laberinto en el que yo misma salté, como si no fuera una decisión fatal, sino simplemente confundir las palabras «tire» y «empuje».

8.9.11

Ficción #6

Bajando los doce pisos que componen el edificio de ladrillos donde hoy soy tan feliz porque le tengo miedo a los ascensores, su imagen va y viene en mi cabeza como si hubiera una campana que repiquetea mientras camino golpeándose contra las paredes de cal sin brillo, que hacen una empresa peligrosa subir o bajar esta escalera de caracol de noche.
La imagen es una imagen sin edad pero con forma de péndulo, que se mueve a una velocidad exasperante: en contraste con la tranquilidad aparente con la que bajo las escaleras del edificio de doce pisos.
Cuando llego a la vereda Aureliano está acostado sobre sus patas traseras en el borde de una maceta de la calle, y todavía no entiendo cómo llegó allí. Es media tarde, y yo sentía la necesidad de abandonar el edificio, aunque todavía sin idea de a dónde ir.
Le dirijo una mirada al gato para preguntarle si quiere acompañarme, y sacude la cabeza. "Hoy prefiero dormir".
-Siempre preferís dormir, gato de mierda.
Y me alejo hacia la esquina con determinación esperando que el gato me crea que por fin formé un carácter íntegro. Cuando me decido a ver sobre mi hombro, Aureliano ya no está. Habrá aprovechado la recta final antes de que la pesada puerta de vidrio se cierre, y habrá cometido su propia empresa de subir los doce pisos él solo si no tuvo la suerte de ver bajar a alguien en el único ascensor que está en servicio.
De modo que mi camino a quién sabe dónde sigo, y la imagen, que ahora dispone de un espacio mucho mayor, pero también mucho más impuro, forma un péndulo de mayor tamaño, y la gente me mira como preguntándome qué enmarañada pesadilla será la que rodea mi cabeza como una corona de espinas.
La imagen es, naturalmente, de Martina. Su ausencia prolongada -cuando la solía ver en los rincones de la calle, en los recovecos de la soledad a veces inducida por un alcohol hospitalario-, hizo que tuviera una recaída en la curva descendiente que imagino como mi vida sin nadie. Más aún que las vacaciones me encontraron ocioso y casi desamparado, y sin pudiendo entender el idioma de la gente que me habla alrededor, de modo que cada persona me parece un mundo cuya costa está demasiado lejos de mi carabela, que todavía navega sola y, peor aún, se está quedando sin reservas.
Pero aún mantengo la integridad, lo sé yo aunque lo ignora Aureliano. Y me preocupa que lo ignore, porque ser respetado -aunque sea por un sólo ser vivo, y ni siquiera podría decir que por una persona-, me hace sentirme menos solo. Corromperme la cabeza con sentirme íntegro ante alguien por lo menos cubre dos o tres hoyos de mi carabela que zozobra.
Ante mi soledad estúpida, ante mi austeridad efímera, necesito pan y circo...

Por qué mejor no ser perro, o cortina

Buenas noches los chicos, estoy acá por inercia muchísimo más que pura, y me di cuenta que no es así como debería estar haciendo las cosas.
Si tenés ganas de comer y terminás en la computadora te quedás con hambre, pero con un hambre bobo, como esas personas que cuando les explicás el funcionamiento de una bujía se te quedan mirando con un hilito de baba colgando de la comisura.
Si tenés ganas de mirar al cielo nublado, y sin embargo, seguís acostado en tu cama mirando al techo, en vez del cielo, se te va toda la proactividad al carajo, y lo más probable es que quedes toda una tarde sin moverte.
Pongamos un caso mucho más drástico: si te morís de ganas de ver 'a esa persona', ya sabiendo el lugar y la hora y hasta teniendo un discurso más o menos preparado y no vas porque tu perro quedaría sin alimentarse, sos el cagón del siglo. Y tampoco es así como deberías hacer las cosas.
Cuestión es: caminemos, besemos, tomemos café, miremos al cielo, pisemos hojas, saquemos la basura, pintémosnos los labios, miremos televisión, escuchemos un disco conceptual, organicemos nuestra biblioteca alfabéticamente o saquemos la escarcha del freezer, todo con ganas, sino para qué sirve.
Todo -lógicamente- lo que no implique responsabilidades. Las responsabilidades son el estandarte de la gente adulta -o la gente con autoridad, que no siempre es tan adulta-, para mandarte a hacer tal o cual cosa. El tema es que esa gente es tan contradictoria que con los años se olvidó el desprecio que supo tenerle a las responsabilidades, y más aún, la importancia que yace en descubrir las fuentes de la responsabilidad. Ya hace años dejaron de preguntarse: ¿por qué soy, o sigo siendo, un hongo?

5.9.11

Conversación con el coronel

Cuando yo llego el gato ya está acostado
como extenuado
apoyado sobre sus antebrazos como mirando una película de Sandler por la tele
yo llego y mientras me preparo un café
baja Aureliano de la cama por las baldosas
cortando el aire termina sobre la mesa y me observa, penetrante
como queriendo que le explique algo
yo lo miro y frunzo el ceño
'¿qué querés que te diga, Aureliano?
recién llego y estoy cansado
y vos no hacés más que mirarme'
'vos inútil', me responde con sarcasmo
'te olvidaste tu dignidad en otro lado,
cansado estás a las nueve
y toda tu vida esperaste luchar'
'quisiera tener tu determinación para hacer nada',
bajé ya los ojos, mirando la borra
'pero es más una cuestión de inercia,
no tanto una cuestión de voluntad'
'¿no seás arrogante, querés?', me dice Aureliano
'yo no elegí ser gato, pero vos podés ser Superman'
añadiendo agua contesto
'quizás estés en lo cierto,
pero quizás los dos estamos equivocados
y no estamos destinados a grandes cosas'
'es que gente grande hay poca',
me dice, el muy altanero
'yo podría ser uno y no soy,
pero sencillamente no te dan los huevos'
'discutamos otro día, ¿querés? hoy no me la banco',
y abandonando la cocina lo dejo dormido
y silenciosamente pienso hasta qué punto
fue una conversación con un gato blanco
y hasta dónde una conversación conmigo mismo.

4.9.11

El rioplatense

voy a levantarme de algún lugar de la nada de Buenos Aires y mientras el sol pasa por los resquicios que quedan entre los parquímetros y las vías del ferrocarril, por debajo del puente, y sigue más allá de la frontera de Almagro, yo saldré a pasear la calle, y seguiré así todo el día. con mi andar inocente, casi paso desapercibido entre la multitud, y hasta para mí mismo, que cuando me doy cuenta de mis problemas que dejé atrás, ya estoy en algún lugar bastante alejado, como Plaza Italia o Barracas, o de cara al Río de la Plata, que con la condición de correrlo contra corriente, me llevaría directamente a mi casa -pasando, naturalmente, por ciudades igualmente bellas.

No sé por qué me agarró la nostalgia a Buenos Aires en este momento -seis de la mañana de un domingo, en un momento también muy inoportuno de mi vida-, pero así es esta gran ciudad: me sorprende como una musa caprichosa en cualquier lugar y a cualquier hora. E inmediatamente comienzo a invocar todas las imágenes que asocio con Buenos Aires, desde callejones oscuros de Flores que todavía me faltan conocer, hasta esos edificios altos que están en avenidas como, por ejemplo, la Córdoba, o aquél caminar por Mataderos diciendo:
-Finalmente llegamos a Buenos Aires, chicos, y ahora es sólo cuestión de sobrevivir mientras escapamos a este calvario.

Buenos Aires es una ciudad tan especial... un espectro de lo ideal que sería ser nadie, si efectivamente fuéramos nadie, porque también das por sentado de que cuando llegás a una ciudad así de gigantesca, siempre va a haber gente que va a tomarte por alguien, así sean esos mismos nadies que a vos se te dio por ignorar antes.
Es decir, básicamente, no vas a estar solo aunque lo intentes, y si lo intentás, quizás termines descubriendo una nueva faceta de Buenos Aires.
Creo que es una ciudad que un advenedizo no podrá conocer en toda su vida, y un nativo terminará por desconocer tan pronto se ponga a explorar un poco más allá de la Buenos Aires suya de todos los días, así sea excavando por subsuelos o subiendo por terrazas. Es un idioma que manejan casi todos, pero nadie maneja a la perfección, porque es una maravilla tan amplia, que no se puede hacer sino conocer sus pequeñas maravillas específicas.

dado por vencido, me rindo ante el sol y bajo los ocho pisos que me corresponden hasta el patio de mi departamento por la calle Yatay, justo debajo del puente del ferrocarril Sarmiento. rendido ante el sol digo, porque finalmente amaneció, y el sol inunda, casi como húmedo, el patio entero, y es cuestión solamente de salir a la calle para reintegrarme a estos amaneceres que nacen con la misma clase de personas que me sonríen casi con las mismas muecas de sueño, y que me basta sólo imaginar, para sentirme de nuevo en Buenos Aires, ciudad que extraño, ciudad que detesto, ciudad abominable, ciudad tan intimidante, ciudad tan hermosa...

Ambigüedad sencilla: no sé a dónde voy

Cuando para vivir girando sobre mi eje
me sobran fuerzas y destino
para mirarte a los ojos fijamente
intento, pero todavía no puedo
cuando soy el espíritu inocente
que no va a dar el primer paso
cuando tuve que atravesar infiernos
y cuando tuve que conformarme con nada
cuando di vuelta sobre mis talones
y me decidí a mirar a otro lado
cuando tuve que atravesar infiernos
cuando tuve que enfrentar pirañas
cuando tuve que mirarte a los ojos
enfrentando a mis propios fantasmas
y una sonrisa lacónica que me describe
todo lo que supe ser de día
se pierde de noche entre las luces
de una ciudad que se sabe escondida
aunque no sepa esconderse
aunque no quiera cubrir mi expresión de incredulidad
aunque no quiera aprender aún a disimular
aunque vaya y venga entre treinta visiones diferentes
no quiero hablar, pero no quiero que te calles
es que tu luz aprendí a distinguir entre la gente
entre los edificios de la noche y el humo de los arrabales
entre la incredulidad de los hombres
y la estupidez de sus animales
la fiebre de los espejos en los que confían
una realidad cegada por la sobredosis de propia autoestima
el propio perderse de camino entre las flores del verano
tristemente ascendiendo en niebla desde los verdes prados
encarnándose con fuerza en el hormigón armado
y otra vez consumiéndose, arrodillándose ante tu majestad.
Qué estúpido me siento a veces cuando no puedo mantener mi mirada
y sigo mirando, en verdad, a la lejanía, sólo porque sé
que encerrás los poderes más penetrantes que conoció la historia
en dos ojos que entrecerrás como si nada
cuando caminás a los tumbos por esta ciudad hostil
donde yo soy un turista, y más que eso soy austero
y te observo
caminar a los tumbos para desaparecer por fin.

3.9.11

La flema y el humo

La tranquilidad
moral/musical/mental

me la reservo para mí esta noche en detrimento de todos sus demás aspirantes. Hoy estoy tranquilo y sin estupefacientes.
No tengo lugar a dónde ir ni me sobran motivaciones para declarar perdida la noche e irme a dormir. Por lo demás, es demasiado tarde para irme a dormir y tengo que revivir mañana muy temprano.
Tengo que emerger del mundo de los sueños y 'volver a ser Patrick' mañana demasiado temprano.
Y en el intermedio entre estar despierto ahora, e irme a dormir, y despertarme de nuevo dentro de dos o tres horas, no podía faltar censorship-proof.
Entonces vine a escribir porque todo el día tuve ganas de hacer una catarsis aunque, reitero, estoy muy tranquilo.
Se vienen sucediendo cosas tranquilamente lindas. Un laburo tranquilo, una paga tranquila, una salida tranquila, Lotus Flower, no demasiado café, un libro de Cortázar que nunca leí, mucha, mucha Costanera...
La vida se está haciendo muy tranquila pero siento que no se estanca todavía, porque tengo mucho laburo para hacer siempre. Es decir: ando apurado caminando despacio.
Entonces sigo tranquilo.

¿Y con todas las cosas que están por venir, qué hago?
Hace un par de semanas tomé la determinación de limitar mi proactividad porque, aparentemente, mis problemas se resuelven solos. Entonces aquí estoy. Yo no estoy ahorrando para viajar a Rosario de nuevo aunque me remuera de ganas, porque sé que va a venir tarde o temprano. Lo mismo para comprar dólares, lo mismo que para pagar deudas, hasta lo mismo que para comprar dos o tres pizzas con mucha, mucha cerveza.
Los momentos se suceden con tranquilidad desde el porvenir hasta el pasado, y yo quemando mi presente como se quema un sahumerio, no como se quema un cuarto de hotel incendiado, o unos trozos de carbón un domingo de verano a mediodía.
Sé que las emociones están por venir aunque se hayan ido, y en el intermedio, es saludable ser poseedor de una rutina volátil.
Así que estoy tranquilo.

¿Y amores? También se suceden con tranquilidad. Hay dos o tres giralunas, son cosas que van y vienen, son moscas que revolotean por sobre mi cabeza, son los trozos de carbón que todavía no se prenden, se prenden ya, y vuelven a apagarse -si no se les echa alcohol, alcohol que no se conjuga con mi creciente... tranquilidad.
Entonces estoy tranquilo, reitero.
Mujeres son para problemas, pero también solucionan muchas cosas. El tema es que ahora no tengo nada que solucionar, y a los problemas, que sería la otra alternativa lógica, es mejor no arriesgarse.

No estoy enojado con durabilidad ni intermitentemente feliz. Estoy expectante, sí, pero no estoy aburrido en la espera. Estoy sediento de conocer, pero voy conociendo de a poco, digiriendo lo que llega del mundo lentamente, pasivamente, como si estuviera aguardando la muerte en un geriátrico, pero no una muerte triste, sino una muerte que se veía venir y que ya, de tanto repensarla, llega con una bolsa de caramelos y un abrazo cálido, ya que no es una muerte hecha de huesos, es una muerte saludable, pacífica y con mucha tranquilidad.
Me consta que la gente alrededor anda mucho más estresada, camina mucho más rápido y amontona palabras sin pensar. Que cuando estoy escuchando una canción como Venus in Furs de la Velvet Underground viene alguien a gritarme por el estado de mi ropa sucia o las sobras del almuerzo. Y me pregunto en mi interior, asintiendo con la cabeza -ni siquiera molestándome en salir de mi trance-, si es así como hay que vivir la vida todos los días que nos quedan: preocupándose por la ropa sucia.
Así que...
estoy tranquilo.

2.9.11

Ficción #5

"Y conste que lo venidero nunca se anima a ser presente del todo sin antes ensayarse y que ese ensayo es la esperanza".
—Borges, Jorge Luis
El tamaño de mi esperanza, 1926


El lunes a la mañana tomé una hoja en blanco y puse de título Comunicación #1, y escribí lo siguiente.

No conozco ninguna fórmula de saludo para las relaciones que no existen -porque no podría decir si la nuestra es formal o informal, ni qué estilo requeriría este saludo-. Me limito a saludarte de la manera en que lo prefieras, de manera que sea un saludo abierto a tu interpretación. No me presento porque me parece una redundancia. Espero sinceramente que todo se sepa a su tiempo.
Tampoco conozco, y esto es un poco más grave, la magnitud de los sentimientos que afloraron desde que te vi pasar por la calle de tu casa, la calle Q., hace alrededor de un mes, y todos los episodios que se desencadenaron después y que terminan teniendo que ver con vos.
Hasta hace un mes creía tener mi vida resuelta y sus circunstancias en orden, y tu belleza omnipresente alteró la mayoría de mis esquemas. Antes me supe -¡me supe!- una persona centrada y estable. Hoy no sé qué soy. Algún matiz entre absurdo, entre caprichoso, entre soñador compulsivo que busca en bosques de artificio la verdadera felicidad de vivir.
No te pido que entiendas mis ideas, te pido que te pongas en mi lugar. Ya pasó un mes de sentimientos que podrían haber sido efímeros pero no lo son, y van en constante crecimiento. Realmente no sabía qué hacer, y por eso decidí escribirte esta carta anónima. Quiero comprobar si nuestras vidas vacías son capaces todavía de algún poema aislado. Quisiera estar ahí para ver la expresión de tus ojos, la mueca de burla o de conmoción, o el desdén infinito que emanes desde el momento en el que esta hoja esté en tus manos.
Y quería solamente decirte que tenés a un ingenuo enamorado, y probablemente no sepas cómo, y no se lo preguntes al ingenuo, porque sus respuestas jamás serán objetivas, mucho menos comprensibles...

Acto seguido, respiré hondo, tomé la hoja y la arrugué en una pequeña bola de papel, a efectos de hacerla incomprensible, y la tiré a la basura. Hoy jueves la rescaté del cubo de basura pero no consideré la idea de enviársela a su destinatario. Va a quedar arrojada en el desorden, merced a alguna casualidad imprevisible.

1.9.11

Au début il n'y avait rien, aujourd'hui il n'y a pas beaucoup encore

El otro día me puse a pensar qué nos define como ciudadanos de un mismo pueblo y, de manera paralela -porque teniendo la cabeza en dos lugares distintos hace que mis pensamientos terminen confluyendo en una fusión curiosa- porque en mis raíces me siento tan desarraigado, por qué siento que lo que está debajo de mis pies se está, sin más, pudriendo.
No es muy difícil dar con la solución: cuando no se tienen muchas cosas en común con una población, bien por ser un incomprendido, bien por querer llamarte de una manera distinta, se tiende a buscar otras poblaciones que puedan aplacar este pequeño vacío. Si se extraña, aplauso cálido, se vuelve. Y si no, se queda en otro lugar, qué le vamos a hacer, estamos perdidos -dijo Borges a Kodama. No es tan complicado el desarraigo, creo yo que no puedo hablar de desarraigo, me parece un desperdicio gigantesco tener un mundo fuera de la autopista y estar mariconeando porque se extraña la cama, la tele, la mascota y el café con leche. Por poner ejemplos triviales.
Pero más allá de eso, me puse a pensar más bien por qué tengo tantas ganas de irme. No es un capricho, o bien es un capricho un poco añejado -seis o siete años tiene, lo que le hace querer denotar autoridad-, cuando me di cuenta que el mundo es muy todo y el lugar de donde se viene es muy nada al lado de una inmensidad inmesurable, por tanto, mi vida no tendría que girar alrededor de un solo punto en el espacio.
Por supuesto muchísima gente ve un mapa y busca su país, en el cual casi podría dibujarse un embudo que, de manera muy inversa a los embudos regulares, atrae más cuanto más lejos se está del centro. Lo mismo sucede con las personas, aparentemente mientras más lejos se vas más fácil es extrañarlas, y yo extraño a un par de personas, pero mortificarme por extrañar y que mi vida se vea obstaculizada por eso, me parece una frugalidad. Y por eso me acusan de insensible y desconsiderado a veces, pero yo prefiero ponerle otro nombre a la misma circunstancia, de última, no confiero autoridad a los demás para que nombren mis propios estados de ánimo con sus propias medidas morales.

Esto en lo que refiere a distanciamiento geográfico, de razones muy simples. Conozco un puñado de ciudades y ninguna en profundidad, y me manejo vanamente con segundas o terceras impresiones, o recuerdos de variada intensidad, funestos, no de Funes. Y la ciudad en donde habito -de la cual ya manejo la impresión decimoctava o decimonovena-, es verdaderamente única en muchísimos sentidos. Pero creo que su característica principal es que desde que la Providencia me mandó a habitar aquí, casi como uno de esos caprichos empresariales que redistribuyen sus empleados a distintos puntos del globo, siento que no avanzamos ni para atrás ni para adelante, o bien, que avanzamos y volvemos a retroceder, o retrocedemos y volvemos a avanzar, lo cual es muchísimo más grave, porque estamos exactamente en el mismo lugar, merced a personas resignadas a su posición encuadrada en una rutina que les aburre pero que se les hace inexorable.
¿Qué nos pasa? ¿Nos falta carácter? ¿Nos sobra discreción, nos faltan guerras, nos faltan catástrofes -Alá no lo permita-, nos falta educación, nos faltan emociones, nos faltan prostitutas?
Camino por la ciudad, especialmente a la mañana -porque se respira un aire de vejez que quiere pasar por dinámica y no lo es- y veo a todas las personas inmersas en su propio mundo, que es el mismo de ayer y seguirá siendo el mismo de mañana, y la gama de sus actividades es la paleta más monocromática que existe, por alguna razón misteriosa. Hace poco inferí qué significa todo esto que pienso: 'estas personas (reemplácese por correntinos, pero realmente no creo que seamos el único pueblo del mundo en estas deplorables condiciones) no creen en la autosuperación porque están inmersos en la rutina'.
En tanto algunas personas dejan que la inercia maneje su vida, algunas personas -sin ánimo de ofender a ninguna sensibilidad susceptible-, son realmente tontas. Estúpidas -no me acuerdo qué palabra exacta usaba mi primo para esta clase de gente-, que también dejan que la inercia maneje sus vidas, pero en adición, son perfectamente inconscientes de ello. Entonces se ve que repiten los mismos clichés que el de al lado, y casi tendrían ganas de chocarles los cinco por la homogeneidad de sus opiniones, que deja al que está sentado en el banco de enfrente como el inferior y el distinto. Naturalmente que si el solitario ocupante del banco de enfrente es consciente de la clase de gente con la que está tratando, ni siquiera va a molestarse en sentirse inferior, quizás ni siquiera se moleste en tratar de refutar las teorías implacables del ingenioso monstruo de dos cuerpos y una sola cabeza que se ríe de él enfrente -en el mejor de los casos dos cuerpos, a veces son cuarenta, más frecuentemente quinientos mil-. Más aún: parece doloroso pero es muy cierto, que hay ideas tan brillantes que pasan desapercibidas porque su transmisión genera un aumento exponencial en la producción de baba de la persona que escucha, haciendo que tuerza la cabeza, que quede boquiabierto observando al banco de enfrente mientras esta persona expone su tesis, y acto seguido largue un lugar común que sea prueba irrefutable de que todo el esfuerzo que esa tesis implicó -léase investigación, comprobación, dialéctica y especialmente difusión- sea totalmente en vano.
Gente así de preadolescente hay en todos lados, pero en la mayoría de los lugares en los cuales no se aplaude la homogeneidad, sólo son preadolescentes. Tener un adulto encerrado con obstinación en su propia cárcel, es la prueba más triste de la perdición de un pueblo.
Y como yo no soy ningún héroe ni tengo intenciones de serlo, por comodidad no combato el propio patetismo de mis prójimos, y espero que alguien más lo haga. La esperanza de vida no es abundante ni mucho menos infinita, y vox in deserto me parece el fruto de trabajo más frustrante que mi dulce proactividad puede llevar a cabo, de manera que si alguien tiene el valor de enfrentarse a personas deliberadamente encerradas vivas en un ataúd, le deseo la mejor de las suertes, siempre por Skype y en la comodidad de un hogar con suerte lejano.