19.3.17

House y la vocación

Es asombroso volver a ver Dr. House después de un año o dos.
Antes lo miraba con fruición: me devoraba cada comentario sarcástico, cada revoleo de ojos, y casi no me molestaba que la estructura de los capítulos fuese absolutamente predecible.
Ni siquiera me desilusioné cuando conocí a Carolin, una médica de Jena, Alemania, que me decía que las enfermedades que se citan en Dr. House existen, sólo que en una proporción de una en un millón, bastante raras como para suceder capítulo tras capítulo.
No me molesta, en realidad, porque sigo convencido de que el propósito de Dr. House es otro: una extraña militancia chic a favor de los escépticos de la ciencia, all over the world. Un trasfondo filosófico nihilista que nos dice que no hay Dios aunque un moribundo pueda jurar haberlo visto con sus propios ojos; trasfondo que va a arriesgar la vida de su protagonista para probar lo contrario.
Al final, y con todas las concesiones que hace el fanático de House, el marco narrativo ofrece la misma calidad epistemológica que el marco de la realidad: no se sabe, ni hay nadie que pueda probarlo. Ni siquiera un genio cojo.

Confieso que, una vez que empecé a estudiar Letras (carrera que dejé este año), tres o cuatro veces me agarraron ganas de estudiar medicina después de ver un episodio de House. Incluso, una vez le dije a una tía que iba a convertirme en oncólogo. Me dijo que por qué no me elegía una profesión más triste. Después recapacité. Y lo hice porque, en realidad, no era un propósito absolutamente altruista el que perseguía: pensaba que así podría salvar la vida de Charlie, que era fanática de House y había visto a Dios, según sus propias palabras. Una vez que salvara o no la vida de Charlie, casi que no me importaba, no me imaginaba quién vendría después. No era mi jurisdicción. Ahí desistí, y seguí estudiando Letras tres años más. Abandoné House cuando empecé Mad Men, aunque sabía que era demasiado tarde para guiarme por impresiones infantiles y meterme a estudiar publicidad: un paso a la madurez, digamos, del que poco a poco va queriendo dejar de ser como los protagonistas de las series que ve. Ya cuando empecé Mr. Robot (serie que dejé un capítulo y medio después de empezarla), esto de la vocación me pareció puro blablá. Cada decisión que uno toma respecto a su profesión tiene cosas buenas y cosas malas, y querer abarcar sólo lo bueno de cada profesión sin pasar por lo malo es tan infantil como creer que uno nació para ser publicista mirando las oficinas de SCDP por Netflix. El tema con las series es el mismo con cualquier otro mecanismo que nos incita a consumir más que a producir algo propio (léase, una obra o una carrera profesional propia): nos hace creer que todo se resuelve al final.

Lo que nos lleva una vez más a House, y a cómo el momento victorioso y culminante de cada capítulo es parte esencial, si no la más importante, de la incómoda pero efectiva estructura a partir de la cual se construye cada uno de los capítulos. Nosotros aceptamos que sean absolutamente predecibles, si a cambio, podemos asegurarnos de que todo va a terminar bien: la genialidad suprahumana de House va a corroborarse una vez más, y nos va a hacer creer que todos los momentos de estrés valieron la pena. Momentos de estrés que House no sufre, sino apenas sus internos; él, en una actitud más ejecutiva que hipocrática, está jugando yo-yo en su oficina.

Que el esquema de House no responda verosímilmente al esquema de la vida real como sucesión de jornadas caóticas a través de las cuales uno no puede llegar a ver por qué carajo uno hace lo que hace, ya vuelve a la serie incluso un poco demodé. Lo cual no es raro, porque está próxima a cumplir 20 años. Fue un fenómeno en su momento, pero apenas anticipatorio del boom de la Edad de Oro de las Series, en la que el aparato audiovisual pasó a cuestionarse todas esas cosas que la literatura se cuestionaba hace mucho, pero en un formato muchísimo más digerible. House permanece como un culto ingenuo, muy parecido al cuento de hadas, donde todos comen perdices. La gran decepción: no cualquier médico puede ser como House, si no ninguno. Casi que me hace pensar, en un acto (ahora sí) de lo que considero madurez, que me hubiera metido a estudiar medicina for all the wrong reasons.

Pero darse cuenta del mecanismo artificial y aparatoso que funciona detrás de las series, ese mecanismo que tiene que ver con las aspiraciones, los valores y la identificación, es el primer paso para dilucidar realmente qué camino tiene que elegir uno, en suprema sinceridad con uno mismo, para volverse el genio que anhela. Suponiendo, claro, que al final del camino va a haber alguien ahí para filmarlo.

15.1.17

La estación y el palacio

Decidí que mi única salvación estaba en la lengua. Empecé a preguntarme cómo se las había apañado Heródoto con las lenguas durante sus viajes por el mundo. Según Hammer, aparte del griego no conocía ninguna, pero como los griegos estaban entonces diseminados por todo el planeta –en cualquier confín tenían sus colonias, puertos y factorías-, el autor de Historia siempre podía contar con la ayuda de sus compatriotas, que le hacían de guías y de intérpretes. Además, el griego era la lingua franca del mundo de entonces; en Europa, Asia y África lo hablaba muchísima gente, como más tarde lo haría en latín, y luego en francés y en inglés.

Al tener cortada la vuelta atrás, no me quedó más remedio que recoger el guante. Me puse a empollar palabras inglesas, día y noche. Me aplicaba compresas frías en las sienes con una toalla húmeda porque me estallaba la cabeza. No me separé de Hemingway, pero esta vez me saltaba sus incomprensibles descripciones y sólo leía los diálogos, que eran mucho más fáciles:

—How many are you? —Robert Jordan asked.

—We are seven and there are two women.

—Two?

—Yes.


¡Y lo comprendía todo! Y esto otro:

—Augustin is a very good man —Anselmo said.

—You know him well?

—Yes. For a long time.


También lo había entendido, cosa que me insufló ánimo. Mientras deambulaba por la ciudad, me apuntaba inscripciones de los rótulos, nombres de productos expuestos en las tiendas, palabras oídas en las paradas del autobús. En los cines tomé notas, a oscuras, casi a tientas, de palabras que aparecían en la pantalla, y copié eslóganes de las pancartas cuando me topaba con alguna manifestación. Fui penetrando en la India no a través de imágenes, sonidos y olores, sino a través de la lengua, que, además, ni siquiera era el vernáculo hindi, sino una lengua extranjera, impuesta, pero que, aun así, estaba tan arraigada en el suelo indio que se identificaba con el país y, para mí, se había convertido en una clave imprescindible. Mi lucha por la India fue, en su primer asalto, una batalla con la lengua. Comprendí que cada mundo entrañaba un misterio y que el acceso al mismo permanecería para nosotros insondable e incomprensible, por más años que pasásemos en su interior. Más aún: descubrí una relación entre tener nombre y existir, pues cada vez que volvía al hotel me daba cuenta de que en la ciudad había visto tan sólo aquello que sabía nombrar, por ejemplo recordaba una hacia pero no el árbol que crecía junto a ella, porque desconocía su nombre. En una palabra, comprendí que cuanto más vocabulario atesorase, más pronto —y más rico en su inabarcable diversidad— se abriría ante mí el mundo.



Ryszard Kapuściński, Viajes con Heródoto, cap. 3: "La estación y el palacio"

13.1.17

La Luna Cautiva, pt. 2

Sí, me pasé a Wordpress. Así duré dos meses.
Empecé publicando historias que pasaron en Corrientes. Pequeñas historias nacidas de un viaje llenísimo de curiosidad, como si nunca hubiera ido a Corrientes en mi vida. Pequeños retratos de mis abuelos hablando, de Isabella y sus ocurrencias, de la lluvia que arreciaba en Resistencia cuando me bajé del autobús. Además, por cuestiones de formato, decidí publicar una entrada a la semana (cosa que no siempre pude cumplir, por supuesto), y a cada entrada adornarla con una canción al final, que respondía menos a mi ya gastada biblioteca musical que a cosas que iría descubriendo en le camino.

Toda la cuestión cobró muchísimo más sentido cuando me subí al vuelo 7236 de LATAM con destino a la ciudad de Bogotá. El nuevo mundo abierto ante mis ojos necesitaba ser descrito por mí, que no era el primero en atravesarlo ni el último; en este sentido, ante los ojos del mundo, era muy difícil escribir algo de valor noticioso, y sólo restaba -para ser original-, tergiversarlo a través de mi propia mirada y mis propias reflexiones, por cuanto suponía -sospechaba, nunca supe con certeza- que eran reflexiones medianamente originales.
Todo rindió los escasos frutos que puede rendir un blog a lo largo de seis entradas semanales: mensajes de gente que decía cuánto le gustaba leer mis entradas. Dos, o tres. Cuatro suscriptores por mail, y unas cincuenta visitas por semana. El blog es una planta que debe regarse. Y no espero que la tarea sea trascendente: se parece más bien a un trabajo de hormiga, una albañilería de nipona paciencia con la palabra, constante y silenciosa, la cual sirve más que nada para poner en práctica lo que uno va perfeccionando en el quehacer cotidiano.
Colombia es sólo un tema. Cuando se termine Colombia, ¿qué hacer?
No sé, ni me preocupa por el momento.

Sandia con queso es una oportunidad para mantener viva la curiosidad y las ganas de escribir. Y para desarrollar un par de habilidades extra: ser mi propio community manager, ofrecer un producto (tan poco relevante como un blog, pero un producto al fin) de cierto interés, o de cierta calidad. Hacer digerible la maraña de pensamientos que asolan la cabeza de uno, y la maraña de sensaciones que uno recoge a medida que va viviendo.
Y puede ser por falta de experiencia, pero este formato que encontré para hacer digerible el blog -que, en cierta medida, ya es eso y no puede ser otra cosa, y si cambia de formato (cuatro historias cortas + una canción al final) tendría que ser por un motivo justificable-, ya me está aburriendo un poco. Entonces, frente a la constancia y el orden, frente a un molde, frente a una pulcra presentación, necesito anteponer la inconstancia y el desorden, el desenfreno, "lo barroco" (ay, qué hermosa palabra para designar una cama sin tender), la diversidad de temas y sabores que, en realidad, asolan todo el tiempo y sólo a veces puedo darle forma y nombre y utilidad comunicacional.

Querido asteroide, de nuevo estoy de vuelta después de larga ausencia.
Y este lugarcito oscuro en el cosmos, sin repercusión ni publicidad, es el lugar ideal para que entre el interesado. Sin la presión de necesitar interesar. ¿Se entiende?
Responde a una carencia fundamental: el mundo es mucho más de lo que uno puede describir fielmente. Y tiene la dignidad (que no es menor) de un borrador, un ensayo o un palimpsesto: escribir sin forma, para mejorar el arte. Esas pequeñas piezas que están en el taller del artesano, que no han logrado ser una forma acabada que uno va a mostrar a la feria, pero que contienen ese detalle nunca antes logrado que lo hace sentir a uno orgulloso.
En este sentido, es mera expresión. Si es arte o no, no es mi jurisdicción. Tampoco desea ser la jurisdicción del asteroide. Siempre quise escribir en un lugar al margen de todo, de todo conflicto y de todo debate. Nunca se logra del todo, pero siempre sospeché que mientras más autobombo me haga, más voy a sentir la necesidad de escabullirme.

Eso es todo por ahora.
Los invito a leer ambos blogs. El primero y el otro. Cuál es cuál, creo que está bien claro.

20.10.16

La cordobesidad y los muebles de pino

1.

Mi vieja los descargó en la vereda en su frenesí de buena idea: muebles nuevos. Había que subirlos al primer piso por escalera. El escritorio fue fácil. Pino, fino, liviano. Lo complicado fue el futón. Lo desarmamos y lo subimos en tres partes, intentando coordinar nuestros esfuerzos con mi abuelo que había ido a ayudarnos, el que hasta hoy es el que más pecha. La luz de la escalera se apagaba sola, como en todos los buenos consorcios del diablo, y la mitad de la operación la tuvimos que hacer a oscuras en un pasillo que olía a perfumina y en una provincia a la que todavía no estaba acostumbrado.
Todos los muebles eran de pino o algarrobo. Color marrón claro. Ningún roble. Ningún nogal. Nada muy excéntrico. Decoración austera. Mamá compró lo que para ella era lo mínimo indispensable, y hasta hoy eso me sigue pareciendo muchísimo. El abuelo se calentaba más en ver cómo mierda íbamos a meter esos muebles en el departamento de un ambiente. Mi vieja es así: cuando le agarra el afán tarjetero, es capaz de comprar el sol. Esos muebles de pino me sabían a vida cero kilómetro.

Yo era la última persona consultada en el proceso de armar una base correntina en Nueva Córdoba allá por enero del 2012. Con justa razón. No sabía hacer una reconexión de gas, ni sabía cómo se hacía un guiso de lentejas. No sé si mi vieja sospechaba que tarde o temprano iría a aprender. No sé si sigue pensando que, con mucho esfuerzo y dedicación, mi guiso de lentejas podría algún día llegar a ser mejor que el suyo: para las madres, todos los hijos son siempre tabula rasa. Si se descarrían, intentan reencauzarlos amorosamente. Y si las sorprenden, se ponen orgullosas. Pero nada más. Para ella, todo ha venido de su útero, lo que es lo mismo que decir que todas las habilidades que desarrolle un ser humano a lo largo de su vida han venido prefiguradas por ella misma.
No hay lugar para sorpresas en la mente de alguien que cree conocerte de pe a pa, y da lo mismo si se basa en autoridad o puro prejuicio.

2.

Puedo decir con bastante certeza que la primera semana que viví solo en Córdoba fue la más feliz de mi vida.
Yo no podía creer lo que tenía, me parecía mucho. Hoy, viéndolo en retrospectiva (habiendo pasado por dos o tres momentos fuleros, que me hicieron tomar la decisión de desmantelar todo eso: vender los muebles, no renovar jamás un contrato de alquiler), también veo que tenía mucho.
Ese lugar era mi reino, mi reducto. Y lo mejor de todo: quedaba en un lugar que todavía me faltaba conocer.
Así se inició una serie de paseos diurnos y nocturnos en los que siempre me sorprendía algún detalle. Como la vez en la que, literalmente en la esquina de mi casa, estaban por abrir un bar y adentro sonaba Belle & Sebastian (banda con la que estaba sanamente obsesionado). La primera incursión a la peatonal fue un delirio que hasta hoy me parece excesivo: caminaba frenéticamente por las galerías sin saber dónde estaba ni dónde iba a terminar, escuchando el soundtrack de Amélie porque había leído por ahí que era "la música que sonaba a descubrimiento". Todo lo que absorbían mis ojos abiertos y atentos maceraba hasta volverse una entrada de este blog.
Todo eso conformó un ciclo de entradas en las que presentaba a Córdoba como un explorador ingenuo y alucinado. Algunas de ellas: Córdoba es como un baile, La calle Balcarce, Más de la docta para empachar.

3.

Mario me preguntó el otro día si conocía a alguien que la hubiera pegado en Córdoba. Le respondí tentativamente: Omar Hefling. Por supuesto que todo depende de cómo lo defina uno. Entonces, me pregunto por qué, y le dije sin pensarlo que porque tenía un sueldo de planta permanente en la Municipalidad.
Citó dos o tres ejemplos de personas que vivieron acá y se fueron, y en otros lados fueron exitosas. Conocidos de él que ahora viven en Buenos Aires, en el DF. Él mismo me dijo, probablemente sin pensarlo o habiéndolo pensado muchísimo (con Mario nunca se sabe) que se iba a ir a vivir a un pueblo en Catamarca donde lo único que hay es desierto y mucho viento. A mí me sonó como si quisiera dar un paso al costado. Probablemente esté podrido de todo esto. Yo no. Yo quiero meterme al pogo.
No voy a decir que el desencanto inició con un episodio en particular. Nunca es así salvo en las pelis. Es mucho más lento, mundano y lamentable: descubrir que te estás desenamorando no es un proceso épico, sino una sórdida acumulación de pequeños trastornos que huelen a encierro. Lo demás, es sólo comprobación. Hace no más de una semana Franco, mi profesor de guitarra, me contó de su currículum. Franco tocó y produjo con músicos que fueron sesionistas de Charly, Spinetta — esto es, lo más lejos que podés haber llegado en el rock argentino de estudio. Pero no sólo eso: me contó que, pese a su experiencia (que él cuenta en forma modestísima, pero sin escatimar en precisos detalles) le costaba conseguir laburo en Córdoba porque todos los estudios importantes están manejados por tres personas. Me dijo los nombres. Eso es lo que más me duele: se sabe quiénes son.

Un tiempo tuve contacto con un grupo que oponía una sincera resistencia a eso, mostrándole los dientes a una parafernalia artística tan cristalizada como patética. Son los de Freak Kat Records, cuyo trabajo admiro muchísimo, cordobesidad aparte.
Pero a ellos les debo una experiencia en carne propia de la cordobesidad que no quiero imitar ni me interesa: el hecho de tener que pagar derecho de piso para que escuchen tus ideas. Es la raíz del conservadurismo artístico, sea en el ámbito que sea (y aprendí que, en lo que respecta a laburo artístico, eso que llaman circuito alternativo es sólo paralelo, pero no esencialmente distinto, al circuito que llaman mainstream). Lo que me parece increíble de los cordobeses es que lo expliciten con tanta soltura. Es la forma en la que las cosas se hacen acá, pienso. Y el hecho de que puedan dar fe de ello sin ningún tipo de remordimiento, demuestra que jamás tuvieron interés en revisar su forma de hacer las cosas.

4.
El desencanto con Córdoba nació de una curva muchísimo más larga y menos obvia que la correntina, ciudad en la que no tardé en darme cuenta que la cosa no iba.
A Corrientes le guardo cariño como uno extraña la cuna; esos seguros barrotes de pino (esta vez, color verde agua) que te aseguran que todo está bien.
A Córdoba, en el sentido sentimental, no le guardo ningún respeto. Una amiga de acá me reprochaba no militar en ningún barrio, sino ser un venido-de-otro-lado que viene a mamar de la Universidad, no sale nunca de Nueva Córdoba ("!", pensé) y cuando termine la Licenciatura se va a volver a su pueblo ("doble !"), como si Córdoba fuera una puta que usás, pagás y te vas.
Esos son los cordobeses que intento no cruzarme: aquellos que jamás se han cruzado al otro lado. A veces me da la impresión de que, no importa lo grande que sea la familia del arte cordobés, es sólo una familia: lazo cosanguíneo en el que se sabe siempre quién es el que manda, y se mira raro al yerno nuevo que cae vestido rarito a comer bagna cauda.

Pero mal que mal, los reproches que me hacen son con razón. Al final del día, no tengo ganas de comprar derecho de piso si eso implica estar veinte años jugando con reglas que no son las mías. Llámenme ansioso, pero una empresa vital no se decide de un día para el otro, de la misma forma que mi vieja jamás se queda con la primera oferta que encuentra en muebles de pino.
Y también: probablemente no tenga nada que aportarle a Córdoba, también por falta de ganas, más que mi laburo de hormiga que apenas me alcanza para vivir a mí. De ahí a poder hacer la revolución en los barrios por vía mancomunada, media un compromiso que no estoy en condiciones de asumir, porque antes decidí renunciar a la hospitalidad de la Docta.

5.

Digo, me gustaría que esta no fuera una de esas entradas de "me voy por estas razones". Lo que sí sé es que lejos quedaron esos días de optimismo desenfrenado en el que el olor a mueble de pino impregnaba todo (ay, esa vida cero kilómetro). Parece joda, pero cerca de mi laburo hay una casa de muebles de pino, y pasar por ahí todas las mañanas y oler la fragancia de los muebles expuestos en la vereda me hace recapitular fotográficamente todas esas aventuras que eran enormes y privadas.

Mucho después, la realidad golpea y de ese golpe uno extrae una síntesis. Generalmente se resume en "ni muy muy ni tan tan": condiciones que ni son óptimas ni son pésimas, sino que como todas las cosas reales (mundanas, como desenamorarse) están en un tibio punto medio.

Pero más valiente que una entrada de despedida es generar un texto programático. En este sentido, a la hora del regreso a Córdoba, que no sé cuándo será, voy a poner a prueba la siguiente hipótesis: ese tibio punto medio puede empujarse para mejor.
Soy consciente de un increíble cambio cultural que se ha dado en Corrientes en los últimos cinco años. Poniéndolo en escala, no parece la gran cosa; pero es mi cuna, de la que estoy para siempre enamorado, y los artistas de la escena correntina que han ido abandonando su dejadez y sus categorías me llenan de optimismo.
Córdoba es una ciudad mucho más dinámica. (Con un mercado mucho más dinámico, claro está). Pero, increíblemente, incurre en el mismo pecado en el que incurren los curas: pensar sólo en su claustro. Acá está muy mal visto sugerir que el de afuera te va a venir a decir cómo es la jugada. La endogamia es morbosa, y eso se nota en los productos. De lo que Mario cuenta, se infiere que lo más fácil es abandonar. Si te vas la pegás. Y si volvés, no importa un carajo qué hacés sino a quién conocés. Eso se infiere de lo que dice Franco.

La empresa de permear este denso tejido de lugares comunes que es el arte cordobés parece quijotesca, delirante. En el teatro se consigue mucho más que en la música, merced a los estudiantes egresados de la Facultad, que en gran parte vienen de otro lado. En la literatura no sé. El escritor, se me hace, es el tipo de artista más celoso con su invidualidad, no sea cosa que confundan su genio con el de algún otro. Prefiere dar un taller con su nombre antes que perder la firma en un medio.

No sé cómo hacer esto que me propongo, ni en este momento me interesa. Como no me interesó Corrientes cuando mi tarea más grande fue subir un futón de pino. A veces es hora de reconocer que ha llegado la hora de que el aprendizaje provenga, simplemente, del otro lado.

20.9.16

Tanto estudiar para terminar fumando Jockey largos

"¡Hola, maestro!"
(El kiosquero de enfrente de la facu,
cuando fui a comprar un Camel 10)

Tres largos años hace que no vivía esta adrenalina un poco tonta y arrebatada de preparar un final: los mates a trasnoche, los resaltadores resecos, la sensación siempre presente de que han quedado datos que todavía no se absorbieron, apuntes sin leer, a medio marcar, y que si me preguntan esto cagué fuego, y esto, y esto; una larga caravana de noches sin dormir, sin salir y sin culear para llegar hecho un manojo de nervios, un gran talón de Aquiles. Y que todo se dirima en esta instancia concluyente que dura 20 minutos en un aula semivacía; que tiene que ver más con la retórica que con el mérito, más con un capricho del bolillero que con la monumental preparación bibliográfica. Definitivamente, tiene más que ver con tics nerviosos (llanto y taquicardia) que con elevadas cumbres de la cultura.
Si pudiera, me fumaría dos puchos a la vez, pienso.
Y todo esto porque busco pertenecer a este recinto contra el que los rebeldes despotrican: la academia. Entendida, claro, como un salario a cambio de hablar de lo que me gusta a mentes ávidas y jóvenes, que es uno de los consuelos (pocos, a esta altura de la modernidad) para el que se mete a estudiar Letras sin intenciones de ser el próximo Flavio Lo Presti. Me la imagino a la Bixio caminando por los pasillos de Casa Verde condensando (en su persona, en su cuerpo, en su arrogancia) todos los doctorados de los que dispone; fumando Jockey largos con un comentario irónico y mordaz siempre al salto con su voz ronca; formada por la autoridad de largas noches solitarias de estudio como las mías propias, hace cuatro noches.

El destino final de la vida.
Sólo un niño piensa tan insistentemente en el destino final de la vida. Yo estoy sentado en una especie de purgatorio que es este banquito de madera esperando que me llamen para rendir una materia del ciclo básico, turno de examen ocho. Con pánico al fracaso como si fuera definitivo y anulador no sólo de un promedio que cuido celosamente sino de la confianza misma en mi capacidad (ya dudosa) de convertirme en académico. Oficio que debe tener sus bemoles (me los imagino, por algún motivo, enmarcados en algún reclamo sindical) pero que, por otro lado, garantiza el acceso a ese club de sabelotodos que se juntan a tomar café en Plaza de Filosofía, fuman Jockey largos como Juan por su casa y a veces se cruzan de piezas en un hotel lleno de conferencistas de literatura en Guanajuato.
Cuál será mi desazón cuando aparece una de las adscriptas que tuve en primer año (colérica, petisa, de pelo corto) y le dice a dos de sus colegas (anteojos, borcegos, con pinta de haber leído a Saer) que no ve la hora de irse de acá. No aguanta más este pasillo, esta facultad. No aguanta más la academia.

Sí, mi visión es un poco idealizada. Ahí está el niño de nuevo, queriendo a toda costa sumarse a la mesa de los grandes, muchos de los cuales no se toleran ni a sí mismos. Pero si Romina le ha pifiado de manera tan grotesca con la elección de un laburo que requiere mucho esfuerzo obtener, ¿qué me garantiza a mí que no me va a pasar lo mismo? Digo, ¿qué hago acá, en última instancia, sufriendo este purgatorio que aparentemente año tras año es sólo igual a sí mismo? Así es como la vocación de golpe le abrió la puerta al desencanto: con la palabra azarosa de alguien que transitó ese camino y asegura aquí entre nos (y yo, que no tenía que escuchar) que es una mierda.
Lo complicado de idealizar es eso: que idealizamos cuando no tenemos el camino recorrido ni mucho menos, y por consiguiente no tenemos argumentos para afirmar que es el correcto. La solución sólo parece ser un ejercicio de paciencia y tenacidad, y la fuga, una habitación de hotel en Guanajuato. Últimamente, ni siquiera aparece como consuelo probable una conquista sindical.

Pero ahora mismo, en vez de resolver definitivamente esta cuestión, sólo me queda como opción fumarme tres puchos a la vez. Y asegurarme que, tanto para el examen que estoy por rendir como para los grandes interrogantes de la vida, la respuesta está metida en un oscuro rincón de mi cerebro.


8.7.16

Boris Vian

En realidad, sólo existen dos cosas importantes: el amor, en todas sus formas, con mujeres hermosas, y la música de Nueva Orléans o de Duke Ellington. Todo lo demás debería desaparecer porque lo demás es feo, y toda la fuerza de las páginas de demostración que siguen procede del hecho de que la historia es enteramente verdadera, ya que me la he inventado yo de cabo a rabo.

Boris Vian 
en el prefacio de L'écume des jours (1946)

28.6.16

Mariana Enríquez

P. ¿Creés que ser periodista y narrar la realidad influye en [la aparición de los temas sociales en tus cuentos]?
R. Hace muchos años que no trabajo con la realidad. Hace muchos años que hago periodismo cultural, y el periodismo cultural es como el refugio del periodista al que le cuesta o no le gusta trabajar con la cuestión de la coyuntura. Quizás desde entenderla, hasta tomar una posición, me cuesta. Es un laburo que te tiene que calentar, y a mí no me interesa. Me acerco más a esas cuestiones como un ciudadano común. En el libro hay muchos casos policiales, pero sólo algunos son reales.

Mariana Enríquez en La Nación Revista, 26/6/16,
sobre Las cosas que perdimos en el fuego


27.6.16

Una petit-playlist para volver a Corrientes

A veces me acuerdo de Jorge o de Facu, compañeros míos del hotel, bastante más grandes que yo. Ambiciosos e inteligentes. Sometidos a renegar entre esas planillas de mierda para un jefe impredecible. Los recuerdo con cariño. Al jefe también. Si alguna vez trabajaste en un hotel, ya estás en la lista de personas con una o dos historias interesantes que contar. Supongo que lo importante es desarrollar la mirada. El mejor trabajo que desempeñé en ese hotel, aparte de ser un conserje diplomático y más o menos eficiente, fue desarrollar la mirada para cazar las historias. Desarrollar la mirada implica a la vez detenerse y retener los detalles, y poder contemplar el mapa completo. Había momentos especiales en ese hotel, que son los momentos que después son dignos de contarse. No en cualquier momento, pero evidentemente, en alguno, son dignos. Podría recordar aquí, sólo a modo de ejemplo, esa noche en la que recibí al dealer del jefe, que estacionó un remís en el parking, cuando en el hall había un policía montando guardia porque el hotel brindaba un programa de protección de testigos.
—Patricio —me dice C* por el interno a las dos de la mañana, llamándome por mi verdadero nombre—,¿Sigue ahí el cana?
—Va a estar toda la noche, C* —le digo—, el hotel está inscripto en un programa de protección de testigos.
—Ah, sí —dijo. Hizo un silencio de unos segundos y pensó en voz alta: —bueno... mirá... como decirte... va a venir un amigo en un remís. Hacelo pasar inmediatamente. Y si pregunta, decile que el policía está porque el hotel brinda un servicio de protección de testigos.
—OK, C*.
—Tratá de que no se ponga nervioso.
Pasó exactamente como me imaginé que iba a pasar: cinco minutos después un remís llegó recagando y yo, que lo vi por la cámara número tres, le abrí el portón automático. Entró un flaquito que se movía a la misma velocidad que su coche, y casi sin saludar se metió en el ascensor. Cinco minutos después estaba de vuelta. Miraba al cana de reojo, que no se daba por enterado porque estaba entretenido viendo la transmisión de Jesús María.
—Chau, 'ta luego —dijo con un dejo a kiosquero.
—Buenas noches —le digo, y le abro el portón automático. C* estuvo en silencio una hora o dos hasta que me llamó por el interno para pedirme que le suba tostaditas con manteca.

Esto fue a modo de ejemplo. En este momento estoy mecanografiando una entrada en este blog que estaba por hablar de algo totalmente distinto, pero como es tan cómodo mecanografiar (hace muchísimo no lo hacía, porque mi compu se rompió hace dos meses) me demoré en una anécdota que no viene a cuento de nada.
Hablaba de Jorge y Facu, nombres reales de empleados que no sé si lo siguen siendo de un hotel céntrico cordobés. Dos de las personas que espero, jamás lean esto. (Si manejo bien los botones de privacidad en Facebook, estamos salvados por el momento. Lo único que me cagaría el plan sería un súbito wikileak).
Cuestión que ellos son mucho más grandes que yo. Facu, creo, roza los 40 y se casó el año pasado y se fue de luna de miel a alguna playa bonita. Nació en Jujuy. Sigue hablando en jujeño por momentos y creo que sigue siendo hincha de su equipo en Jujuy, que supongo que es Gimnasia, porque para él el fútbol es bastante importante. Jorge es de Rafaela e hincha de Douglas Haig. Siempre me pareció un gesto rebelde no ser de la Crema, gesto especialmente admirable en Jorge que nunca caía con la camisa sin planchar.

Fue en mi inmadurez perpetua en la que yo me preguntaba, cómo podían pasar meses y meses encerrados en ese hotel sin volver a sus casas. Lo más angustiante era precisamente eso: un calvario que no tenía fecha de finalización.
Esto tiene una explicación lógica. Yo llegué acá, como muchos de mis amigos, en condición de estudiante, no de "laburante". Los estudiantes tienen un calendario común: en verano, todos se alzan a la bosta y Córdoba es, en algunas zonas, una ciudad fantasma. No voy a negar que nosotros, una manada de jóvenes acechados por los finales y las hormonas incontrolables, que hacemos quilombo en la vía pública y estamos explorando el mundo de vivir solos (ese extraño mundo compuesto de expensas, tachos de basura y noches solitarias), inyectamos una dosis de emoción a una ciudad que por momentos parece demasiado anciana.
Los Estudiantes de Otros Lados somos, entonces, una raza que no se compromete demasiado en lo cronológico. La mayoría ni sabemos si queremos vivir en Córdoba por el resto de nuestras vidas. Algunos ya hemos decidido que no, y mamamos frenéticamente de esta vitalidad académica para después levantar la carpa y darle paso al siguiente. El laburante es distinto. Tiene una idea bastante similar al "you're here forever" de Homero y pareciera que se resigna heroicamente a su sino. Esto me hacía demasiado ruido, porque yo no me consideraba un laburante. No sé qué carajo hacía en ese hotel. Por eso no prosperé. Si me hubiera quedado, hoy la paga sería mejor y estaría más nutrido de historias. Pero no había hecho el clic. Creo haberlo hecho, pero sólo creo, ahora que estoy en un laburo que me gusta y en el que siento que pertenezco, y no me apremia volver a Corrientes.

Eso me intrigaba muchísimo de Jorge y Facu. ¿No extrañan esa ciudad en la que pasaron su adolescencia?
El clic es ese: no extrañar. Aunque en realidad, no es no extrañar. Nunca es no extrañar. Es más precisamente sentirse parte del lugar en el que uno habita, que ese lugar pase al primer plano, y que la pertenencia a ese otro lugar donde uno (casualmente) nació llegue a ser tan reducida que pueda agotarse en sólo dos semanas de visita. Y a veces, ni eso. Porque si uno tiene sólo dos semanas "libres" al año, a veces baraja la posibilidad de irse a un lugar más interesante que un pueblito en el interior de Santa Fe.
Corrientes fue siempre un lugar al que yo escapé cuando la vida acá no daba más, y ahora no lo es tanto. Porque en Corrientes me tocó laburar también la última vez que fui, y probablemente me aburra como una ostra si voy allá dos semanas a nada más que rascarme los güevos. Y déjenme decirles una cosa, compatriotas: no hay nada peor que trabajar con un correntino. Al menos para mí, que estoy habituado al ritmo cordobés. Nadie más lento, ni impreciso, ni amodorrado que un correntino. Ideales para la ronda del tere. Y basta.

El catálogo de las nostalgias se va desdibujando a medida de que se amontonan los meses en el calendario. De tanto volver a recordar, los recuerdos se gastan como las medias. Quizás más pronto que tarde uno suelta ese refugio que es el terruño para empezar a pensar a futuro. Correspondería al menos hacerlo en los veintipico. Esto dicho sin ánimo moral. Hay gente que orienta su vida en base a su terruño. Yo soy muy inquieto para tener una maceta. Parece autobombo, por esto de que está tan de moda ser un nómade o un gitano o un nowhere man, pero es súper incómodo si no tenés Travel Ace Assistance ni podés elegir en qué momento irte y con qué recursos.
Uno se las ingenia para desaparecer. Sigue la regla Radiohead.
Mi gran pregunta es si ese lugar de donde venimos determina la dirección que tomamos al momento de alzarnos a la bosta.
¿Será?

Mientras tanto, digo, mientras se haga el momento, mientras no tenga vacaciones y mientras tenga que vivir acá (con la sospecha infundada de que no voy a morirme acá), lo que me queda es revivir esos momentos tan dulces que viví en otros lados. Uno siempre adora lo que ya no está, por un impulso estúpido pero a la vez lúcido de la naturaleza humana. Abrazamos más fuerte a ese amigo que volvió de pasar tres años de intercambio en Kirguistán al compañero de laburo que vemos todos los días. Nos convencemos de que esos reencuentros son los momentos especiales en la vida. Al menos, hasta que ese amigo empiece a repetir una y otra vez la misma anécdota de mierda sobre Kirguistán cada vez que vas a matear a su casa.

Entonces, digamos para terminar esto de una puta vez, mientras se aplaza el reencuentro, me queda armar una pequeña playlist de esos momentos tan especiales que viví en ese lugar que no es Córdoba, y que tampoco me animo a decir que es Corrientes, porque es más una imagen de Corrientes que queda grabada en los acordes, en los sabores y en los olores y que no agota la hermosura correntina, que es algo nuevo que descubro cada vez que voy y que, por lógica, no puede ser lo que estoy recordando ahora mismo.
Me piro, porque se acabó el tiempo de cyber.

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Una petit-playlist para volver a Corrientes

A veces me acuerdo de Jorge o de Facu, compañeros míos del hotel, bastante más grandes que yo. Ambiciosos e inteligentes. Sometidos a renegar entre esas planillas de mierda para un jefe impredecible. Los recuerdo con cariño. Al jefe también. Si alguna vez trabajaste en un hotel, ya estás en la lista de personas con una o dos historias interesantes que contar. Supongo que lo importante es desarrollar la mirada. El mejor trabajo que desempeñé en ese hotel, aparte de ser un conserje diplomático y más o menos eficiente, fue desarrollar la mirada para cazar las historias. Desarrollar la mirada implica a la vez detenerse y retener los detalles, y poder contemplar el mapa completo. Había momentos especiales en ese hotel, que son los momentos que después son dignos de contarse. No en cualquier momento, pero evidentemente, en alguno, son dignos. Podría recordar aquí, sólo a modo de ejemplo, esa noche en la que recibí al dealer del jefe, que estacionó un remís en el parking, cuando en el hall había un policía montando guardia porque el hotel brindaba un programa de protección de testigos.
—Patricio —me dice C* por el interno a las dos de la mañana, llamándome por mi verdadero nombre—,¿Sigue ahí el cana?
—Va a estar toda la noche, C* —le digo—, el hotel está inscripto en un programa de protección de testigos.
—Ah, sí —dijo. Hizo un silencio de unos segundos y pensó en voz alta: —bueno... mirá... como decirte... va a venir un amigo en un remís. Hacelo pasar inmediatamente. Y si pregunta, decile que el policía está porque el hotel brinda un servicio de protección de testigos.
—OK, C*.
—Tratá de que no se ponga nervioso.
Pasó exactamente como me imaginé que iba a pasar: cinco minutos después un remís llegó recagando y yo, que lo vi por la cámara número tres, le abrí el portón automático. Entró un flaquito que se movía a la misma velocidad que su coche, y casi sin saludar se metió en el ascensor. Cinco minutos después estaba de vuelta. Miraba al cana de reojo, que no se daba por enterado porque estaba entretenido viendo la transmisión de Jesús María.
—Chau, 'ta luego —dijo con un dejo a kiosquero.
—Buenas noches —le digo, y le abro el portón automático. C* estuvo en silencio una hora o dos hasta que me llamó por el interno para pedirme que le suba tostaditas con manteca.

Esto fue a modo de ejemplo. En este momento estoy mecanografiando una entrada en este blog que estaba por hablar de algo totalmente distinto, pero como es tan cómodo mecanografiar (hace muchísimo no lo hacía, porque mi compu se rompió hace dos meses) me demoré en una anécdota que no viene a cuento de nada.
Hablaba de Jorge y Facu, nombres reales de empleados que no sé si lo siguen siendo de un hotel céntrico cordobés. Dos de las personas que espero, jamás lean esto. (Si manejo bien los botones de privacidad en Facebook, estamos salvados por el momento. Lo único que me cagaría el plan sería un súbito wikileak).
Cuestión que ellos son mucho más grandes que yo. Facu, creo, roza los 40 y se casó el año pasado y se fue de luna de miel a alguna playa bonita. Nació en Jujuy. Sigue hablando en jujeño por momentos y creo que sigue siendo hincha de su equipo en Jujuy, que supongo que es Gimnasia, porque para él el fútbol es bastante importante. Jorge es de Rafaela e hincha de Douglas Haig. Siempre me pareció un gesto rebelde no ser de la Crema, gesto especialmente admirable en Jorge que nunca caía con la camisa sin planchar.

Fue en mi inmadurez perpetua en la que yo me preguntaba, cómo podían pasar meses y meses encerrados en ese hotel sin volver a sus casas. Lo más angustiante era precisamente eso: un calvario que no tenía fecha de finalización.
Esto tiene una explicación lógica. Yo llegué acá, como muchos de mis amigos, en condición de estudiante, no de "laburante". Los estudiantes tienen un calendario común: en verano, todos se alzan a la bosta y Córdoba es, en algunas zonas, una ciudad fantasma. No voy a negar que nosotros, una manada de jóvenes acechados por los finales y las hormonas incontrolables, que hacemos quilombo en la vía pública y estamos explorando el mundo de vivir solos (ese extraño mundo compuesto de expensas, tachos de basura y noches solitarias), inyectamos una dosis de emoción a una ciudad que por momentos parece demasiado anciana.
Los Estudiantes de Otros Lados somos, entonces, una raza que no se compromete demasiado en lo cronológico. La mayoría ni sabemos si queremos vivir en Córdoba por el resto de nuestras vidas. Algunos ya hemos decidido que no, y mamamos frenéticamente de esta vitalidad académica para después levantar la carpa y darle paso al siguiente. El laburante es distinto. Tiene una idea bastante similar al "you're here forever" de Homero y pareciera que se resigna heroicamente a su sino. Esto me hacía demasiado ruido, porque yo no me consideraba un laburante. No sé qué carajo hacía en ese hotel. Por eso no prosperé. Si me hubiera quedado, hoy la paga sería mejor y estaría más nutrido de historias. Pero no había hecho el clic. Creo haberlo hecho, pero sólo creo, ahora que estoy en un laburo que me gusta y en el que siento que pertenezco, y no me apremia volver a Corrientes.

Eso me intrigaba muchísimo de Jorge y Facu. ¿No extrañan esa ciudad en la que pasaron su adolescencia?
El clic es ese: no extrañar. Aunque en realidad, no es no extrañar. Nunca es no extrañar. Es más precisamente sentirse parte del lugar en el que uno habita, que ese lugar pase al primer plano, y que la pertenencia a ese otro lugar donde uno (casualmente) nació llegue a ser tan reducida que pueda agotarse en sólo dos semanas de visita. Y a veces, ni eso. Porque si uno tiene sólo dos semanas "libres" al año, a veces baraja la posibilidad de irse a un lugar más interesante que un pueblito en el interior de Santa Fe.
Corrientes fue siempre un lugar al que yo escapé cuando la vida acá no daba más, y ahora no lo es tanto. Porque en Corrientes me tocó laburar también la última vez que fui, y probablemente me aburra como una ostra si voy allá dos semanas a nada más que rascarme los güevos. Y déjenme decirles una cosa, compatriotas: no hay nada peor que trabajar con un correntino. Al menos para mí, que estoy habituado al ritmo cordobés. Nadie más lento, ni impreciso, ni amodorrado que un correntino. Ideales para la ronda del tere. Y basta.

El catálogo de las nostalgias se va desdibujando a medida de que se amontonan los meses en el calendario. De tanto volver a recordar, los recuerdos se gastan como las medias. Quizás más pronto que tarde uno suelta ese refugio que es el terruño para empezar a pensar a futuro. Correspondería al menos hacerlo en los veintipico. Esto dicho sin ánimo moral. Hay gente que orienta su vida en base a su terruño. Yo soy muy inquieto para tener una maceta. Parece autobombo, por esto de que está tan de moda ser un nómade o un gitano o un nowhere man, pero es súper incómodo si no tenés Travel Ace Assistance ni podés elegir en qué momento irte y con qué recursos.
Uno se las ingenia para desaparecer. Sigue la regla Radiohead.
Mi gran pregunta es si ese lugar de donde venimos determina la dirección que tomamos al momento de alzarnos a la bosta.
¿Será?

Mientras tanto, digo, mientras se haga el momento, mientras no tenga vacaciones y mientras tenga que vivir acá (con la sospecha infundada de que no voy a morirme acá), lo que me queda es revivir esos momentos tan dulces que viví en otros lados. Uno siempre adora lo que ya no está, por un impulso estúpido pero a la vez lúcido de la naturaleza humana. Abrazamos más fuerte a ese amigo que volvió de pasar tres años de intercambio en Kirguistán al compañero de laburo que vemos todos los días. Nos convencemos de que esos reencuentros son los momentos especiales en la vida. Al menos, hasta que ese amigo empiece a repetir una y otra vez la misma anécdota de mierda sobre Kirguistán cada vez que vas a matear a su casa.

Entonces, digamos para terminar esto de una puta vez, mientras se aplaza el reencuentro, me queda armar una pequeña playlist de esos momentos tan especiales que viví en ese lugar que no es Córdoba, y que tampoco me animo a decir que es Corrientes, porque es más una imagen de Corrientes que queda grabada en los acordes, en los sabores y en los olores y que no agota la hermosura correntina, que es algo nuevo que descubro cada vez que voy y que, por lógica, no puede ser lo que estoy recordando ahora mismo.
Me piro, porque se acabó el tiempo de cyber.

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Me clavé una para darle la razón a Guy Debord

Porque, en cierta forma, él está confirmando a su manera lo que yo sospechaba: cuánto nos cuesta disfrutar del presente, carajo.
¿Por qué motivo? Bueno... no encontré respuesta para eso todavía. Pero definitivamente leer "La sociedad del espectáculo" me anima a querer responder. Guy Debord dice en ese libro que toda nuestra forma de ver el mundo está mediada por un mecanismo llamado "espectáculo" que, a grandes rasgos, opera como si la realidad fuera la mercancía que fetichizamos, considerándola como mera representación, etc.
No soy filósofo ni académico y no me interesa acá hacer un Guy Debord for dummies (que parece ser, además, precisamente lo que necesito); sólo quiero recabar en esta angustia que implica que nuestras vidas se hayan convertido en un ideal publicitario que debemos poseer según no sé quién (el mercado, ponele).
Cada vez que yo subordiné mis deseos a este ideal, terminó todo mal. No disfruto nada por estar todo el tiempo calculando el mayor beneficio en base a Dios sabe qué criterio. A veces me siento una máquina de usar gente, o de esperar algo de ellos, o de preocuparme por qué piensa el otro de mí, porque evidentemente lo que espero del otro es su aprobación, su admiración y su aplauso.
Sólo en algunos momentos me di cuenta de lo inútil y ruin de mis fines y mis métodos, y estuve tranquilo. Cometí el error de olvidarme de eso mil veces y recaer en la ansiedad de poseer lo que no existe, con breves lapsos de creer que efectivamente lo había poseído. Lapsos que duran, ooooobviamente, lo que dura un aplauso.
El cálculo embrutece, ensordece y aturde, achancha. De cada situación genero una expectativa efimera y el feedback, el 90% de las veces, es, según ese bobo criterio, decepcionante. Ahí está la representación artificial del niño genio que persigo con mi necedad insidiosa. Ahí están también, cristalizados como la zanahoria pegada a la frente del burro que camina, todos los momentos de placer y de gloria que conllevan la realización de este ideal imaginario.
El otro día me ofusqué tanto viendo un video de Justin Bieber. ¿Vos entendés lo grave? El tipo, que no conozco y me parece artísticamente detestable, ¡me ganó! ¿Por qué? Porque él es el producto consumado que me mete a mí a querer jugar su juego.
Pero el ejemplo perfectamente consciente que me puse a mí mismo tiene que ver con lo sexual. No me parece que sea especialmente de tu interés, pero es pertinente comentar acá que ya hace algunosm eses eso de lo sexual es una seguidilla de desencuentros y, por ende, de frustraciones. Desencuentro me parece una palabra más que apropiada para describir lo que siento: estoy en otro lado cuando cojo, deseando vaya uno a saber qué o a quién y de golpe olvido que estoy cogiendo (sic), me olvido de disfrutar por repetirme a mí mismo que debería estar disfrutando. El problema, evidentemente, soy yo, aunque quiera eludirlo diciendo que lo que falla es el feeling o la química. Me río al pensar qué diría Rocco Sifredi si vengo a hablarle de química a la hora de culiar. Y es que para Rocco como para cualquiera que sepa hacer bien las cosas, culiar (y, por extensión, cualquier actividad tan relevante como culiar) requiere en primera instancia estar presente al 100%.
La pornografía, al menos la mainstream es, en este sentido, sumamente nociva porque pinta mundos que no existen para consumidores siempre insatisfecho. Representa algo que no se cumple en la vida real y ni siquiera para los mismos actores. Una manufactura más que cabría analizar bajo la lupa del texto de Guy Debord.
En el momento en el que me di cuenta de esto en teoría, pensé: bueno, lo voy a llevar a la práctica. ¿Qué hice? Pues, naturalmente, clavarme una paja en la oscuridad para confirmar a Guy Debord. Estimularme con lo que tuviera a mano (valga la expresión): algún recuerdo íntimo, o alguna sensación próxima, y no algún ideal abstracto (palabra muy importante en Guy Debord) de sexo perfecto que, lógicamente, no existe.
Así que podría decirse que hoy aprendí algo. Con los libros, sí, ponele, como si no hubiera estado buscando en Guy Debord la respuesta a una inquietud que ya venía de antes.
Podría decirse, en rigor de verdad, que aprendí algo importantísimo clavándome una paja en el oscurito.

26.6.16

Guy Debord, 'La sociedad del espectáculo'

La alienación del espectador en favor del objeto contemplado (que es el resultado de su propia actividad inconsciente) se expresa de este modo: cuanto más contempla, menos vive; cuanto más acepta reconocerse en las imágenes dominantes de la necesidad, menos comprende su propia existencia y su propio deseo. La exterioridad del espectáculo en relación con el hombre activo se hace manifiesta en el hecho de que sus propios gestos dejan de ser suyos, para convertirse en los gestos de otro que los representa para él. La razón de que el espectador no se encuentre en casa en ninguna parte es que el espectáculo está en todas partes.

Guy Debord, en La sociedad del espectáculo (1967)

22.6.16

El amor, el amor

I.

Éramos un grupo de náufragos en procesión curtidos por un mar azulísimo de espuma y coral, que iba cediendo ante una isla con un bosque denso.
Yo sabía que la isla se llamaba Calera y que era un alivio que estuviéramos llegando por fin, aunque me preocupaba un poco que fuéramos los rezagados de la procesión porque el pequeño velero que pechábamos junto con otros dos marineros anónimos se había soltado de la cuerda que unía al convoy.
Mi cabeza es una mezcla extraña de sensaciones en este momento, entre la ansiedad de llegar y la incertidumbre de qué es lo que nos espera. En esa isla vive la Piba. (¿Quién era? Probablemente A. La vi representada de dos o tres formas pero estoy casi seguro — con esa seguridad errática del que sueña—  que la piba me hacía sentir que era A.)
La ansiedad se debía a que estábamos llegando a Calera y dentro de esos bosques, esos extraños bosques que íbamos a tener que sortear a los tumbos, estaba ella, aunque no sabía bien por qué.
La escena del bosque fue más bien breve. Éramos muchos y estaba oscuro. Los árboles eran altos como secoyas, gruesos y húmedos, y la sensación general era la de una procesión que va en silencio por un camino espigado.
Hasta que por fin llegamos a un claro y dentro del claro se erguía una cabaña. A. (o quien fuera) estaba adentro... y lo raro es que seguíamos siendo muchos los que queríamos entrar a esa cabaña. Todos desconocidos caminando sin hablar.
¿Ella era la reina de todo ese palacio estúpido tan atractivo, convocante y remoto? Capaz era huésped. Sabía que estaba ahí. Mi tripulación iba callada flanqueándome sin molestarme hasta el punto en el que hasta ahora no sé quiénes son y cuando crucé la puerta de madera no me sorprendió para nada toparme con un gran escritorio y un recepcionista negro — más precisamente, con la cara del negro que había ido a almorzar al bar y me había dicho que venía de las Bahamas.

II. JOAQUÍN EL NECIO

Si supiera bailar salsa lo que levantaría, pensé. Pero ojo. Lo pensé despierto, lo que hace uno en esos casos con la idea que le toca procesar es simplemente hacer planes de aprender a bailar salsa en el mediano plazo, para después descartar la idea porque en cierto momento se deforma o se desluce. De esas ideas fosilizadas tengo muchas en el haber, como las tres clases de tai chi a las que fui en el verano del '14 o la vez que quise estudiar ruso de autodidacta.
El proceso de realización trae aparejado un premio al esfuerzo que las más de las veces se lleva el otro, que es el que se esfuerza. Así, sabía (y sé, obvio) que no tenía objeción para con el negro que, de golpe, sacó a A. a bailar salsa. Los dos volaban. Era un código hermoso de ver que sólo entendían ellos, con una profundidad que yo no cazo porque mis caderas no responden y soy incapaz de hacer con ellas nada espectacular. Sentí la misma aprensión que siento tantas otras veces, estando enamorado, conforme al horrible espacio para el ¿y si? que guarda, sádico, el cerebro de uno.
Yo sé que ella me ama, pero...
¿Será de verdad impermeable a su encanto? Digo, al encanto del negro que, como canta Albert Plá, parece efectivamente ser mejor que tú.
¿Celos? Sí, ponele. Yo vi Mi Novia Polly. Y no sólo eso. Yo sé que la gente cambia más rápido de lo que uno parece cambiar, y es tan vertiginosa la sensación de un amor llamado a quebrarse de golpe por la estimulación inesperada de un tercero.
El mundo es así, asentado siempre —y a veces sin saberlo— sobre bases frágiles. Y cuando digo el mundo, es literal. Esta tierra que parece tan firme está flotando sobre un magma espeso que mi profesora de Geografía se encargó de explicarme que se llama astenosfera.
La preocupación de fondo que creo haber tenido al ver a mi novia bailando salsa con el negro es lo incierta que puede ser la base sobre la que uno construye un chemin à deux. Perdura incluso un poco después de que ella llega, sonriente y perlada de sudor, a decirme "te amo". Debra Messing.
Sí, esa es mi preocupación. Eso, y que mis sueños sean tan racistas.

III. "THERE WAS MUSIC IN THE CAFÉS AT NIGHT AND REVOLUTION IN THE AIR" (BOB DYLAN)

Fijate como serán de unidos Marcelo y Daniela que le tuve que preguntar a ella, en mi ingenuidad, si eran novios. Su lazo era casi invisible, pero era cuestión de prestar un poco más de atención. Claro, ¿quién no se daría cuenta viéndolos cantar cheek to cheek o cada uno por su lado, pero siempre al unísono?
—Hace quince años estamos juntos— especifica Daniela. Alonso es quien se encarga de preguntarle si nunca se pelean más no sea por definir quién lava los platos. Ella responde que casi nunca.
El amor es para mí como la tierra sobre la que crece uno. Tierra que sabemos, gracias a mi profesora de geografía, que está asentada sobre un magma espeso pero que alberga árboles altísimos que se van conociendo y trenzando entre ellos mientras el agua corre bajo el puente y algunas cosas comienzan y otras terminan. Uno siempre ve desde afuera esas cosas que después, en un texto como este, quiere hacer pasar por testimonios del Amor (eso indefinible y esquivo que se esconde cuando uno termina de decir que lo vio, como si las historias de amor de todo el mundo fueran nada más que relatos de gente que jura por Dios haber visto al monstruo de Loch Ness). Todo está en una mirada o en un chiste irónico o en ese aplauso, casi orgásmico o trascendental, como el que Daniela daba anoche a Marcelo mientras él tocaba solo con su guitarra esos temas que saben cantar de a dos.
Tan distinta a la mirada del que ve pasar un tren o que añora algo o el que revuelve la espuma de su café con leche mientras mira un televisor que repetirá una vez más una noticia de mierda. El amor es una de las pruebas de que nuestras vidas están llamadas a transcurrir como algo más que una página en blanco.

Se ríen, jóvenes, y no se paran de reír. Hasta que Daniela se enoja por algo. Y se enoja mal. Entonces está parada al lado mío fulminando con los ojos a Marcelo que no se da por enterado y yo le digo:
—Parece que está de buen humor.
—Más vale que está de buen humor —me dice—, si es un negro borracho. Miralo, gordo de mierda. Siete dientes tiene. Siete.
Ellos dos se van a morir juntos, pienso, y no lo digo yo. Lo dice Daniela o lo anhela, que preguntó al horóscopo si ellos se iban a morir juntos el mismo día, como en un accidente o algo así. Alonso y yo terminamos con el corazón encendido en una ternura inoxidable, pero sé que si algún día este árbol pierde sus lianas y se destrenza será por ese magma que no perdona y aún así es uno de los árboles más hermosos que me tocó ver en la vida.

14.6.16

O vento lá fora

O binómio de Newton é tão belo como a Vénus de Milo.
O que há é pouca gente para dar por isso.
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Álvaro de Campos

13.6.16

La big data

El aleph aludido por el cuento de Borges es "uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos". Llamativamente, el punto en cuestión no es en realidad un punto, sino, a decir de Borges, una suerte de esfera de "dos o tres centímetros" de diámetro que contiene "todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos". Borges juega con la posibilidad de que una infinita cantidad de visiones sea contenida en una figura geométrica que no es ni infinitamente pequeña ni infinitamente grande.
El gran desafío de big data es que un océano de información quepa en un continente manejable y útil para la toma de decisiones, y este es exactamente el rol que la masividad de la información plantea a la estadística y sus usuarios.

Walter Sosa Escudero,
en La Nación (12/06/2016)